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31 de Diciembre
SAN SILVESTRE, papa
(1335)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Silvestre (trigésimo cuarto papa), muerto el
31 de diciembre del año 335 y sepultado en el cementerio de Priscila, en la
vía Salaria, ya esté inscrita en el calendario más antiguo del año 354
(Depositito episcoporum) y, después de los siglos IV-V, incluso fuera del
culto en su basílica cementerial (señalada en los itinerarios del siglo VII),
entrando en los sacramentarios romanos en la fecha de su dies natalis (el
sacramentario veronense da, a finales de octubre, dos oraciones, en las que
se pide la bienaventuranza eterna para San Silvestre). También la trae el
martirologio jeronimiano; en los sinaxarios griegos se encuentra el 2 de
enero, así como en los siriacos y armenios. Poco sabemos de este papa, fuera
de su vida legendaria, antes de su elección para la cátedra de Pedro en el
alto 314, sucediendo al papa Melquiades, que había aprovechado la tolerancia
de Majencio para reorganizar la Iglesia romana y luego la ayuda de
Constantino (tras la victoria del Puente Milvio). En efecto, el titulo de
Equitius, llamado en el siglo VI con el nombre de San Silvestre junto a las
termas de Trajano), ya existía en el siglo III, y no sufrió transformaciones
importantes hasta el siglo IV. Se puede suponer por ello que el motivo
histórico de esta atribución, favorecida por el papa Simaco, que situó dos
concilios romanos presididos por San Silvestre (del que forma parte el
Constitutum Silvestri citado en el decreto de Graciano) junto al título de
Equitius, se debe a que Silvestre atendía este titulus cuando era sacerdote.
Tal vez se hiciera cristiano durante la última gran persecución de
Diocleciano, porque de lo contrario no se explica su elección al papado (los
obispos, en general, eran elegidos entre los confesores de la fe).
En su largo pontificado, del 314 al 335, vivió un período muy importante de
la historia de la Iglesia, ya que comenzaba el desarrollo del cristianismo
tras la paz constantiniana. Está comprobada su ausencia en los primeros
concilios. Ante todo en el de Arlés, del año 314, que queda revisar la
decisión tomada por el papa Melquiades en el concilio de Letrán (313) contra
los donatistas, y al que el papa, invitado lo mismo que los demás obispos,
se limita a enviar cuatro delegados. Luego en el concilio ecuménico de Nicea,
del año 325, donde se hizo representar por sus legados. La reticencia del
papa Silvestre no puede considerarse como una escasa conciencia del carisma
del primado, ya que tal vez creía por prudencia que no debía presidirlos, al
haber sido convocados por el poder político (ambos por Constantino), y que
el obispo local estaba obligado a presidirlos según la antigua costumbre.
Ciertamente, estos hechos son problemáticos para el historiador.
Durante la construcción, iniciada por Constantino, de iglesias y basílicas
sobre la memoria de los mártires y en lugares preferidos por la familia
imperial, la parte de Silvestre hubo de ser determinante, sin duda, a la
hora de localizar las sepulturas de los mártires.
En cuanto a su Vita legendaria, puede resultar útil, con fines informativos,
observar que se le atribuyen hechos que colman el vacío histórico de este
pontificado: antes de ser sacerdote había sufrido durante la persecución
hasta llegar a ser encarcelado por haber dada sepultura a un mártir
(Timoteo); más tarde, de sacerdote, había organizado el servicio de los
pobres. Por fin, coma papa, había publicado varios reglamentos: prescribió a
los sacerdotes y a los diáconos el colobium (significa sin mangas);
sustituyó los nombres paganos de los dioses en los días feriales; hizo
festivos los domingos y los jueves; fijó coma días de ayuno el miércoles,
viernes y sábado. Perseguido par Constantino, se había refugiado en el monte
Soratte; y Constantino, mientras era atacado por la lepra y proyectaba,
aconsejado por los sacerdotes paganos, bañarse en la sangre de los niños
degollados, había recibido en sueños un aviso en el que los apóstoles Pedro
y Pablo le invitaban a acudir a Silvestre para que le mostrara la fuente de
salvación. El emperador había pedido el bautismo y, una semana más tarde,
había sido bautizado en el baptisterio de Letrán, donde también fue curado
de su lepra. De aquí habrían salido las leyes constantinianas favorables a
la Iglesia y a los cristianos.
Otros relatos prodigiosos enmarcan esta Vita legendaria, a los que dos
siglos más tarde se añadió el último, falso: "la donación de Constantino',
en la cual, después de haber recordado la concesión de otros privilegios a
Silvestre (la supremacía sobre los cuatro patriarcas de Antioquia,
Alejandría, Constantinopla y Jerusalén), se concede al papa de Roma Italia y
las regiones occidentales para que la dignidad pontifical no sufriera
menoscabo; y se tomó la decisión de trasladar la sede imperial a Bizancio,
porque no era justo que un emperador terreno ejerciera su dominio donde el
emperador del cielo había establecido al jefe de la religión cristiana. La
"donación", insertada en las falsas decretales pseudoisidorianas y defendida
en el medievo, fue desautorizada en el siglo XV y declarada apócrifa par el
mismo Baronio. Tal leyenda, que quería legitimar un estado de hecho, se
remonta al tiempo del papa Esteban (752-757), que había ido a Francia a
pedir la protección del rey Pipino. El Liber pontificalis había recogido la
fundación del titulus de Equitius de parte de san Silvestre; y el mismo papa
Simaco (498-514) la acreditaba para apelar a la tradición y superar así las
oposiciones enfrentadas, imaginándose los dos concilios romanos (presididos
por Silvestre) justamente en los dos edificios antiguos más suntuosos
próximos al título susodicho. Estos hechos han contribuido a la difusión del
culto de san Silvestre, eternizado en el antiguo mosaico mandado ejecutar en
Letrán par León III. Aquí, en ambos lados y en la representación central de
Cristo rodeado par los apóstoles, se admira en una escena a Jesús que
entrega con una mano las llaves a san Silvestre y con la otra el estandarte
a Constantino; y en la otra escena, a san Pedro que entrega el palio a León
III y el estandarte a Carlomagno.
Muchos se atribuyeron la poses1ón de reliquias de este santo. Es célebre en
este sentido la abadía de Nonantola (cerca de Módena), que creyó haberlas
recibido de la Santa Sede, mientras que de hecho Pablo I (+ 767) las
depositó en un oratorio de un monasterio de la vía Lata, desde donde más
tarde fueron trasladadas a la basílica que tomó el nombre de San Silvestre
in Capite. Fue el primer santo no mártir venerado en la Iglesia romana, como
en Galia lo fuera san Martín de Tours. Las representaciones de la leyenda en
la sala de Constantino, en el Vaticano, recuerdan hoy a todos los peregrinos
la importancia de la conversión de Constantino para la Iglesia, conversión
atribuida al papa Silvestre.
Mensaje y actualidad
La nueva colecta haciendo una alusión discreta el final del año, con el que
coincide su dies natalis (cf la noche de san Silvestre para clausurar el año
civil), evita delinear los caracteres de un pontificado que, a falta de
noticias históricas, ha sido relativizado ("¡el más vacío del siglo!") por
una cierta pasividad, manifestada tras los siglos de las persecuciones, en
que el papel público del papado frente al emperador, que se consideraba
legislador y defensor de la ortodoxia, no parece muy claro. En efecto, se
pide al Señor: "Socorre a tu pueblo que se acoge a la intercesión del papa
san Silvestre primero, para que, pasando esta vida bajo tu pastoreo, pueda
alcanzar en la gloria la vida que no acaba". La alusión al final del año
(pasando esta vida; alcanzar en la gloria la vida que no acaba) no puede
ignorar la referencia al gobierno de este papa, bajo el cual la Iglesia
conquistó, tras siglos de persecución cruenta, su libertad religiosa además
de un estatuto judaico. La leyenda según la cual Constantino promulgó la ley
en cuya virtud "los sacerdotes de todo el mundo y los funcionarios del
emperador debían tener como jefe al obispo de Roma", ha contribuido sin duda
a la fama de este papa, que había coadyuvado prodigiosamente a la conversión
del emperador (a quien se le atribuyen más de trescientas leyes de
inspiración cristiana), con las enormes consecuencias que de ello se
siguieron para la historia de la Iglesia. La liturgia, recordándonos
brevemente su intercesión, pretende, al fin de un año civil, hacernos
reflexionar sobre estas misteriosas aunque reales y providenciales
conexiones, pese a los límites y condicionamientos, entre la historia civil
y la historia de la Iglesia, en la unidad de un solo designio de salvación,
al que somos encaminados para llegar a la gloria de la vida que no acaba.
La actualidad de este mensaje nos la ofrece el oficio de lectura en la
página triunfal de Eusebio de Cesarea. En su Historia de la Iglesia describe
así este despertar a la luz de la Iglesia de la oscuridad de los cementerios
catacumbales: "Veíamos los templos levantarse de sus ruinas hasta una altura
infinita y resplandecer con un culto y esplendor mucho mayor que el de
aquellos que habían sido destruidos... Los obispos celebraban ceremonias y
los sacerdotes ofrecían los puros sacrificios, conforme a los augustos ritos
de la Iglesia; se cantaban los salmos, se escuchaban (as palabras que Dios
nos ha transmitido, se ejecutaban los divinos y arcanos misterios y se
comunicaban los místicos símbolos de la pasión salvadora".
Independientemente del lenguaje triunfalista y oriental, se puede vislumbrar
la lección de la historia, que la antífona de laudes, en el Benedictus, ha
querido personalizar: "No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de
vuestro Padre hablará por vosotros". La Iglesia necesita libertad para
promover el progreso humano y la civilización del evangelio; pero el
testimonio más auténtico nace del poder del Espíritu, que actúa por medio de
los mismos acontecimientos históricos y de la fidelidad de los mensajeros de
la buena nueva.
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