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29 de Diciembre
SANTO TOMÁS BECKET, obispo y mártir
(1118 ca.-1170)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria de santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, asesinado el 29
de diciembre del año 1170 en la catedral y canonizado en 1173, es celebrada
en Roma desde el siglo XII y cae en la octava de navidad.
Tomás, nacido en Londres hacia el año 1188 de familia normanda (los
normandos habían conquistado Inglaterra unos cincuenta años antes), después
de haber estudiado en París hasta 1139, volvió a casa (muerta su madre) y
vivió tres años (decepcionantes) como contable. A los veinticinco años se
hizo clérigo del arzobispo de Canterbury, su compatriota, normando, y pudo
ir a Italia: primero a Roma, después a Bolonia y por último se trasladó a
Auxerre para asistir durante un año a las clases locales de derecho.
Mientras hacía la carrera de magistratura en la curia del arzobispo Teobaldo
y llegaba a archidiácono a los treinta y seis años, fue elevado a canciller
del reino de Enrique II en 1154. En este siglo XII, bajo Enrique II
Plantagenet, la monarquía feudal inglesa era una gran potencia, que dominaba
desde Escocia a los Pirineos y había reintroducido costumbres del imperio
carolingio y del imperio romano que prefiguraban los métodos tendencialmente
autoritarios de un Estado moderno. Gozó de los favores del rey por siete
años, apoyando asimismo sus intereses. Le gustaba el boato y la vida
brillante, sin renunciar a la generosidad con abundantes limosnas. Participó
en la guerra del rey contra Luis VII de Francia, distinguiéndose en el
asedio de Tolosa. A la muerte de Teobaldo, que había intentado apartarlo de
la carrera política debida a la amistad con el rey, éste le hizo nombrar
arzobispo, pese a la oposición de Tomás, y fue ordenado sacerdote y obispo
(1162), siendo el primero que celebró en Inglaterra la fiesta solemne de la
santísima Trinidad.
Desde este momento cambió su conducta, haciéndose más austera. Después de
dejar el cargo de canciller y predecir que su amistad con el rey se
convertiría en el odio más violento, empezó a sufrir las hostilidades
regias, aconsejado por el obispo de Londres (Gilbert Foliot), que antes
había sido su adversario por celos en el tiempo de su elección. El odio
estaba motivado también por la resistencia a las reivindicaciones reales
contra la Iglesia, codificadas en las Constituciones de Clarendon (1164),
que restablecían los derechos consuetudinarios de oposición a la ley
canónica, tanto en relación a la reducción de las relaciones del alto clero
con Roma como en materia de jurisdicción penal para los delitos de los
religiosos.
A pesar del consenso de los obispos ingleses en el sínodo de Westminster de
1163, Tomás se quedó aislado y casi abandonado por los obispos, que
prefirieron reconciliarse con el rey, "deseoso de tener poder sobre la
Iglesia anglicana". También el papa, mal informado, le aconsejaba que se
sometiera al rey, que exigía, empero, una sumisión pública. En un nuevo
sínodo celebrado en Clarendon, Tomás se negó a rubricar estos derechos, que
limitaban las libertades esenciales de la Iglesia. También el papa Alejandro
III se negó a confirmar la Constitución de Clarendon. Tomás, convocado en el
sínodo de Northampton (1164), fue condenado por su desobediencia al rey y
sometido a vejaciones, incluida la amenaza de destitución. Animado a
resistir por su confesor, Tomás prohibió a sus obispos (de diecisiete
diócesis) participar en este proceso de su condena; y, disfrazado, huyó a
Francia. Aquí se entrevistó con el papa en Sens, poniendo en sus manos el
cargo de metropolitano, por temor de que su elección no hubiera sido
perfectamente libre (había sido impuesto por el rey, pero con el consenso de
la mayoría) y de que su conducta no estuviera a la altura de la situación.
El papa lo confirma en su cargo, enviándolo a la abadía cisterciense de
Pontigny, para que en la pobreza y sencillez pudiera hacer la experiencia de
convertirse en un verdadero "consolador de los pobres". El papa, enredado
con el cisma del antipapa Víctor IV, apoyado por Federico Barbarroja, tenía
necesidad tanto del apoyo del rey de Francia como de Enrique de Inglaterra.
Esto explica el porqué, durante los seis años de exilio, Tomás en tres
cartas (de 1165) intentara reanudar el diálogo con el rey, pero sin recibir
respuesta. En 1166 Tomás promulgó en Vdzelay varias excomuniones contra los
colaboradores de Enrique II. La reacción del rey fue violenta, y Tomás hubo
de trasladarse al monasterio de las benedictinas de Sens; mientras,
tentativas de mediación, por iniciativa del papa en 11 70, terminaron en una
reconciliación. Esta resultó solo parcial, porque el rey, con ocasión de la
coronación de su hijo (Enrique el Joven), hecha ilegalmente por el arzobispo
de York, le negó el beso de la paz. Tomó entonces la decisión de volver a su
patria, desafiando la aversión del rey y conminando bulas de suspensión
contra los prelados que se aprestaban a oponerle resistencia (suspendió de
su cargo al arzobispo de York y excomulgó de nuevo a Foliot). Aunque el rey
de Francia le aconsejó que permaneciese en este país, Tomás resolvió
continuar por su camino, convencido de que defendía la causa de Dios contra
César, previendo incluso su muerte.
El odio implacable de Foliot y de otros (el obispo de Salisbury) había
llegado a instigar a cuatro caballeros a asesinar a Tomás en su catedral.
Rechazando defenderse v oponiéndose a la tentativa de los monjes que querían
barrear las puertas de la iglesia, prefirió dejarse matar, pronunciando
estas palabras: "Estoy dispuesto a morir por el nombre de Jesús y por la
defensa de la Iglesia". Herido, cayó junto a los altares de la Virgen y de
san Benito, con las manos elevadas como en la plegaria litúrgica (1170).
Enrique II, objeto del entredicho personal del papa, fue absuelto después de
su arrepentimiento en 1172. Muerte tan heroica produjo la reconciliación del
rey de Inglaterra con la Iglesia romana, con el rey de Francia, con la
Iglesia de Canterbury y sus exiliados. La fama de este martirio, difundida
por Europa y Oriente (en el sinaxario armenio de Cilicia), incluso con
representaciones iconográficas de su holocausto (en un mosaico de la
catedral de Monreal y en la catedral de Chartres), ha sido asimismo objeto
de una reciente dramatización teatral en la obra de T. S. Eliot (Asesinato
en la catedral).
Mensaje y actualidad
La colecta, que deriva del propio de la Iglesia de Inglaterra, pone de
manifesto el valor de este sacrificio, pidiendo: "Señor lo que has dado a
santo Tomás Becket grandeza de alma para entregar su vida en pro de la
justicia, concédenos, por su intercesión, sacrificar por Cristo nuestra vida
terrena para recuperarla de nuevo en el cielo". Tomás es, sin duda, el
modelo de esta coherencia con su misión de obispo. En efecto, como canciller
había defendido primero los derechos del rey, incluso contrarios a la
Iglesia; pero tras su elección se convirtió en paladín tanto contra la
reivindicación de las cortes seculares de juzgar y sancionar a los
eclesiáisticos por causas ya tratadas por los tribunales de la Iglesia como
a favor de la exención de los impuestos de los eclesiásticos y, por fin, de
la libertad de apelar a Roma en los casos contenciosos. Esta firmeza, aunque
tuviera algunos momentos de vacilación a la hora de aceptar las
Constituciones de Clarendon, fue cada vez más irremovible, hasta el punto de
quedarse solo, abandonado hasta par los demás obispos. No se trataba tanto
de una lucha político-religiosa, sine de una verdadera defensa de la
libertad de la lglesia, como él mismo dijo antes de morir, mientras lo
apuñalaban.
La intercesión de la colecta, que nos invita a nosotros también a optar por
un heroismo semejante hasta perder la vida en este mundo par mantenernos
fieles al evangélico (Mc 8,35), recuerda otra frase pronunciada coma
testamento par el obispo mártir ante los monjes que le disuadían de que
permaneciera en su puesto: "Hemos venido para sufrir y no para luchar, y
venceremos a nuestro enemigo más con el dolor que con la lucha".
La actualidad del ejemplo de coherencia entre la fe y la vida de este mártir
nos la ofrece su carta, que tenemos en el oficio de lectura. En ella rinde
homenaje a la Iglesia de Roma coma "cabeza de todas las Iglesias y fuente de
la doctrina católica": "En la consagración prometimos ser solícitos en el
deber de enseñar, de gobernar y de ser más diligentes en el cumplimiento de
nuestra obligación, y así lo profesamos cada día con nuestra boca; pero ¡ojalá
que la fe prometida se desarrolle por el testimonio de las obras!"
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