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    27 de Diciembre
SAN JUAN, apóstol y evangelista
(siglo IV-VI)



1. Nota Histórico-litúrgica
La fiesta de los santos inocentes, celebrada en todas las Iglesias en los días posteriores a navidad ("corta cohors", cortejo nacido con Cristo), es atestiguada en Occidente por primera vez por san Pedro Crisólogo en la primera mitad del siglo v, y después en el calendario de Cartago ("Los santos infantes que Herodes mató") y en el martirologio jeronimiano ("En Belén, el nacimiento de los santos infantes y lactantes que sufrieron por Cristo en tiempo de Herodes"). Por tanto, la fiesta en los libros litúrgicos latinos, después del 450 aproximadamente, es más antigua que su recepción en el sacramentario veronense. En el siglo XII ya tenía una octava propia; y desde 1568, como fiesta solemne, es celebrada como doble de segunda clase. En la tradición constantinopolitana los infantes (nipioi) se encuentran en la fecha del 29 de diciembre. El himno de Prudencio (Cathemerinon XII, 93-140), que se sigue usando en los laudes, no hace, sin embargo, alusión a un oficio litúrgico. El relato de la matanza de los santos inocentes ("innocentes" en la liturgia romana; "pueri" o "parvuli", según san Jerónimo; "bimuli" o de dos alños, según san Ambrosio) lo transmite Mt 2,13-l8), que cita el cumplimiento de una profecía de Jer 31,15: "Raquel flora a sus hijos", que son los hombres deportados par los asirios, de las tribus de Efraín, Manases y Benjamín. No sorprende esta crueldad en Herodes, de quien Augusto decía que "era mejor ser cochinillo (hys) de Herodes que su hijo (hyios)".


Mensaje y actualidad
El texto del misal nos ofrece en las oraciones, derivadas de los sacramentarios romanos, una significativa teología del martirio, porque se concentra en el hecho de que se puede ser mártir incluso de modo inconsciente.
a) En la colecta se pide: "Los mártires inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra". Este martirio es, pues, considerado, antes que un homenaje del hombre a Dios, una gracia; es decir, un don gratuito del Señor. En el himno de Prudencio, en los laudes (cuarta y quinta estrofas), estas flores de los mártires que el perseguidor, en los mismos albores de la luz, arrancó como rosas tempranas, son llamados "primeras víctimas de Cristo y tierna grey de los inmolados, que exultan en su simplicidad bajo el mismo altar con palmas y coronas". En el himno del oficio de lectura (de Beda el venerable) estos mártires son comparados con aquellos de los que habla el Apocalipsis (7,14), es decir, que "han lavado sus rojas vestiduras en la sangre del cordero" (quinta estrofa). En los demás textos litúrgicos (excepto en las dos antífonas de entrada y de comunión en la misa) se ha omitido esta referencia a los mártires escatológicos, para recordar más bien a los mártires de los hebreos en Egipto (Ex 1,8-2,10; 3,10) o a los de la deportación a Babilonia, objeto de la lamentación de Raquel. En efecto, estos mártires inocentes viven un acontecimiento parecido al de los hebreos que, yendo a Egipto, realizaron la profecía de Os 11, 1 (cf Mt 2,15: "De Egipto llama a mi hijo").
b) En la oración sobre las ofrendas se invoca al Señor: "Acepta las ofrendas de tu pueblo, y por estos misterios con los que santificas aun a aquellos que no te conocen, purifica a los que venimos con amor a celebrar la eucaristía". La afirmación de esta gratuidad absoluta del don de la santidad recuerda también el misterio de bautismo de los niños, tan defendido por la tradición patrística después de san Agustín, y nos retrotrae a la gracia de predestinación de María inmaculada, redimida en su misma concepción en previsión de la misión de la maternidad divina. También estos inocentes han sido sacrificados como primicias del martirio del único santo e inocente, que es Cristo.
c) En la oración después de la comunión se invoca al Señor: "Haznos participes de la plenitud de la salvación a los que hemos comido a tu mesa en la fiesta de los inocentes; ellos carecían del uso de la palabra para confesar a tu Hijo, pero fueron, en cambio, coronados de gloria en virtud del nacimiento de Cristo". Esta insistencia en el tema del silencio verbal, sustituido por la sangre, como expresión de la confesión de fe, nos debe hacer comprender que en este martirio Jesús es presentado como el nuevo Moisés, que ya en los acontecimientos de su infancia cumplió las Escrituras con eventos parecidos a sus de Moisés en el éxodo histórico. En este sentido la evidencia dada a su martirio inconsciente adquiere el valor de una afirmación de fe de los designios de Dios que se realizan en el mismo derramamiento de la sangre, incluso sin la respuesta elocuente del hombre.
La actualidad de esta fiesta se nos ofrece en el oficio de lectura, donde el obispo de Cartago (Quodvultdeus), en su célebre sermón, concluye con estas palabras: "¡Oh gran don de la gracia! ¿De quién son los merecimientos para que así triunfen los niños? Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla valiéndose de sus propios miembros, y ya consiguen la palma de la Victoria". Es, pues, la fiesta de la inocencia gratuita lo que hemos de pedir como don siempre nuevo, ya que también nosotros, como los inocentes niños lactantes, que fueron muertos par un rey inicuo, podemos seguir al mismo cordero sin mancha y cantar sin cesar: "Gloria a ti, Señor" (Ap 14,4: antífona del Benedictus de laudes).

 

 

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