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21 de Diciembre
SAN PEDRO CANISIO, presbítero y doctor de la Iglesia
(1521-1597)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Pedro Canisio, muerto en Friburgo (Suiza) el
21 de diciembre de 1597, canonizado y proclamado doctor de la Iglesia en
1925, inscrito en el calendario en 1926, nos presenta al "segundo apóstol
alemán después de san Bonifacio" (León XIII), ambientado en la historia de
la reforma y contrarreforma, ya que su nacimiento es casi contemporáneo
(1521) de la dieta de Worms contra Lutero. Pedro Kanijs (Canisio), nacido en
Nimega (perteneciente al ducado de Gheldria, entonces del imperio germánico)
en 1521, estudió en Colonia en 1536 y derecho canónico en Lovaina en 1539,
trabando amistad con Lorenzo Surio (que entró en los cartujos en Colonia) y
con Pedro Faber, que, dirigiéndole con los Ejercicios espirituales de la
naciente Compañía de Jesús, le hizo descubrir su vocación. A los veintitrés
años, en 1543, entró a formar parte de la Compañía de Jesús. Magister artium
en Colonia, se dedicó a la publicación de obras patrísticas (dos volúmenes
sobre Cirilo de Alejandría y León Magno), y representó las intereses de su
ciudad en la dieta de Worms, en 1545, ante el emperador Carlos V. En 1546
fue ordenado sacerdote, siendo invitado en 1547 a participar como teólogo
del cardenal de Augsburgo en el concilio de Trento. Llamado a Roma por San
Ignacio, en el concilio se trasladó a Bolonia (donde participó en las
sesiones y enseñó teología), y, por fin, fue a Sicilia (Mesina) a enseñar
retórica. Finalmente, en 1549 (4 de septiembre) hizo solemne profesión
religiosa en Roma como el octavo jesulfa de la Compañía.
Vuelto a Alemania, en los tres decenios siguientes se convirtió en el
principal autor del movimiento católico de renovación en el clima del cisma
protestante: fue nombrado rector de la universidad de Ingolstad (1550) y
luego pasó a Viena (1552), ya que la situación en Austria era peor que en
Baviera. Después de una breve estancia en Roma en 1552, donde emprendió la
edición de San Cipriano (luego interrumpida), volvió a Alemania como
provincial de la Compañía (1556). Su jurisdicción comprendía, además de
Alemania, también Austria y Bohemia (Alta Alemania), fundando colegios en
Ingolstad, Praga, Innsbruck, Tréveris, Maguncia, Dillingen, Spira y Worzburg.
Estos colegios fueron uno de los factores más decisivos de la reforma
católica. Pío IV, en recompensa por su celo de predicador antiprotestante,
le dirigió un breve en 1561; fue encargado por el general de la orden (san
Francisco de Borja), por deseo de Pío V, de confutar la compilación
apologética protestante de las Centurias de Magdeburgo. Alentó la
hagiografía de Surio, la Confessio augustiniana (que exigía la confesión de
Augsburgo) del jesuita Jerónimo Torrensis (apología católica derivada de San
Agustín), la historia de los papas de Panvinio y la difusión de las cartas
desde las misiones (India y Japón). Fue consejero de los príncipes
católicos, como el emperador Fernando I, tratando de arreglar los contrastes
entre éste y el papado, que habían conducido en 1562 a la gran crisis del
concilio: el emperador, que quería que el concilio votase medidas
incompatibles con los derechos de la Santa Sede, necesitada de reforma,
cedió ante el cardenal legado Morone. Nombrado visitador de la Alta y Baja
Alemania de 1565 a 1566, logró impedir una nueva guerra religiosa, después
de que la dieta imperial de Augsburgo (1555) asumiera posiciones
filoprotestantes. Desde 1569 se dedicó, después de haber sido exonerado del
cargo de provincial, a la acción en defensa de la fe católica en la Europa
central, y compuso su Catecismo, que en menos de diez años alcanzó cincuenta
y cinco ediciones, condensando la Summa doctrinae (1555) en catecismos:
grande, medio y pequeño. Con otras muchas publicaciones, coma la respuesta a
los centuriadores protestantes, Canisio quería difundir la genuina fe
católica. Acompañó al cardenal Morone en la dieta de Ratisbona (1576); luego
fue designado para fundar el colegio de San Miguel en Friburgo (Suiza),
donde pudo permanecer desde 1581 hasta el fin de su vida (1597). Murió
plácidamente mientras recitaba la invocac1ón "Ut nobis indulgeas" de las
letanías de los santos.
Mensaje y actualidad
La colecta, con una significativa variante de tipo ecuménico, delinea la
fisonomía de este santo, llamado "el martillo de los herejes". Se invoca:
"Señor, Dios nuestro, que fortaleciste a san Pedro Canisio con la virtud y
la ciencia para salvaguardar la unidad de la fe". En efecto, fue hombre de
acentuada eclesialidad en la defensa de la fe, que sacaba de su gran
conocimiento de la Sagrada Escritura y de los Padres, hasta inspirar una
recopilación de fuentes y textos (P. Buys, 1569-1570) con el título de
Autoridad de la Sagrada Escritura y de los santos Padres que son citados en
la Suma de la doctrina cristiana del doctor de teología Pedro Canisio sj. Si
no es el inventor de los catecismos, es, sin duda alguna, el perfeccionador
de este género literario, que exponía la fe católica recurriendo
directamente a las fuentes bíblicas (en el Gran catecismo hay más de mil
cien lugares bíblicos y varios centenares de lugares patrísticos), de modo
no polémico ni agresivo, sino demostrativo, evitando polémicas contingentes
y renunciando sobre todo a citar los nombres de los reformadores.
Una sola vez se dejó escapar, en un tratado sobre la Virgen (1577), la
reproducción de una injuria de san Jerónimo a Joviniano (PL XXW), para
llamar a Lutero con un nombre animal ("subantem porcum", verraco en celo).
Pero también a él se le debe la distinción, absolutamente desconocida y
audaz en aquella época de contrarreforma, entre la apostasía consciente de
la Iglesia y la separación puramente material, y por ende no culpable. Es
verdad que en sus obras hagiográficas e históricas no siempre demostró el
sentido de la crítica histórica de las fuentes (incluso en el caso de
revelaciones privadas y de otros fenómenos extraordinarios); que no aceptó
ciertas instancias de los nuevos principios científicos del humanismo (se
pronunció contra la licitud del préstamo con intereses), y que por ello se
le revocó el encargo recibido del papa, en 1578, de la obra De verbi Dei
corruptelis, que debía ser una réplica a las Centurias de Magdeburgo. No
obstante, se puede decir que la fidelidad a la tradición medieval en la
defensa de la doctrina católica, en aquel particular momento de imperante
humanismo con todas las consecuencias espirituales de la reforma, siempre
estuvo puesta al servicio de la catequesis en favor de todas las categorías
sociales: desde los niños hasta las escuelas medias inferiores y la
universidad, con criterios didácticos modernos, esto es, constructivos de la
exposición de la verdad. En esto estuvo lleno de prudencia y caridad.
Merecen mención aparte asimismo tanto su equilibrio, demostrado en 1566, con
el que obtuvo la abstención de una protesta formal del legado papal contra
la paz religiosa de Augusta (1555), como su valor al proponer la anulación
de los privilegios nobiliarios para las canonjías y sedes episcopales. Su
influjo en las disposiciones dictadas, en la dieta de Augusta (1576), desde
Roma, bajo Gregorio YIII, para promover una relación más estrecha entre la
iglesia alemana y la sede apostólica, es la expresión de su iluminada
catolicidad. La parte final de la colecta pide para "la comunidad de los
creyentes perseverar en la confesión del nombre de Dios, y a todos los que
buscan la verdad, el gozo de encontrarla". Con una incansable actividad de
predicación vivió una experiencia de piedad religiosa que se ha desarrollado
en la devotio moderna, conforme al espíritu del humanismo cristiano sacado
de la revelación biblica y de la tradición patrística. Como demuestra su
experiencia mística, narrada en el oficio de lectura, donde describe la
aparición del corazón de Jesús el día de su profesión de los votos (4 de
septiembre de 1549): "Tú, Señor, me ordenaste, finalmente, beber del caudal
que manaba de tu santísimo corazón, invitándome a sacar las aguas de mi
salvación de tu fuente, salvador mío. Lo que yo más deseaba es que de ahí
derivaran torrentes de fe, esperanza y caridad en mi persona. Tenía sed de
pobreza, castidad y obediencia, y te pedía que me purificaras y vistieras
por completo. por eso, tras haberme atrevido a acercarme a tu dulcísimo
corazón, calmando en él mi sed..."
La actualidad de este mensaje, prescindiendo de la importancia de esta
visión, particularmente relevante no solo por el significado que la
atribuyó, sino también por la historia religiosa de la veneración del
corazón de Jesús, hoy ha de valorarse a la luz del reciente concilio, que ya
no tiene carácter defensivo-apologético (como el antiprotestante de Trento).
En efecto, Pedro Canisio no fue un apóstol polémico ni fanático, sino más
bien moderado en el lenguaje y en su obra de conciliador. Así se muestra en
su teoría de la diferencia entre rebelión consciente, y por ende culpable, y
la simple separación de hecho, y por tanto inocente. Este estilo, por el que
fue obediente, pero sin renunciar a quejarse de las discordias en la Iglesia
("Pedro duerme, ¡Judas vela!", solía decir), es siempre una advertencia
magistral para todos los tiempos.
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