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13 de Diciembre
SANTA LUCÍA, virgen y mártir
(comienzos del siglo IV)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria de santa Lucia mártir en Siracusa, donde la celebración de su nacimiento es atestiguada hacia el siglo IV, ya está inscrita en esta fecha del 13 de diciembre en el martirologio jeronimiano, y es representada, a mitad del siglo VI, en la procesión de las vírgenes en San Apolinar Nuevo de Rávena. Una inscripción sepulcral griega, descubierta en 1894 en Siracusa en la catacumba de santa Lucia, donde la tumba de la mártir ocupa el loculus más antiguo (sobre ella se levanta una iglesia octagonal, puesta bajo el patronato de santa Águeda hasta el siglo XVII), testimonia que, a fines del siglo IV o a comienzos del V, una habitante de Siracusa tenía devoción por la santa, celebrada en el aniversario de la fiesta litúrgica. Es un hecho que ya en el siglo VI es venerada en Roma, por lo que san Gregorio Magno conservó el recuerdo de dos monasterios (uno en Siracusa y el otro en el este de Roma, Santa Lucia Renati) y quizá introdujo su nombre en el canon romano. Además, su passio fue traducida también en griego y resumida en los sinaxarios. Esto comprueba la historicidad del martirio, probablemente en la persecución de Diocleciano. En Roma se le han dedicado también dos iglesias que se convirtieron en diaconías (instituciones religiosas y caritativas) típicas de la Roma del alto medievo): una fundada por el papa Honorio I (+ 638), denominada Santa Lucía in Selce (cerca de San Pedro in Vincoli), y la otra, desaparecida, ya es atestiguada desde el siglo VIII (Santa Lucía nelle Sette Vie).
De la pasión del siglo V o VI deriva la leyenda de los ojos que se habría arrancado por amor de Cristo, que tiene origen seguramente en la etimología popular del nombre de Lucía (de luxcrucis). Según este relato, en una peregrinación a la tumba de santa Águeda, patrona de Catania, junta con su madre enferma, recibió de la santa, que se le apareció en sueños, la promesa de que el Señor glorificaría su ciudad de Siracusa, lo mismo que la de Catania, en vista del amor virginal de Lucia. Esta obtuvo de su madre, curada en el viaje de vuelta, el poder destinar el patrimonio familiar que le correspondía coma dote nupcial a la asistencia de los pobres, provocando la venganza de su prometido abandonado, que la hizo arrastrar ante los jueces para ser sometida a la profanación violenta de su cuerpo. Pero no lo consiguió par virtud del Espíritu Santo, que la hizo tan pesada que no hubo manera de moverla; después de otras torturas, Lucía, herida en la garganta y pese a tenerla destrozada, siguió rezando y predicando al pueblo que asistía al martirio, muriendo solo después de haber recibido el viático. Sus restos mortales habrían sido trasladados de Constantinopla (siglo IV) a Venecia, donde son venerados en su iglesia. En Nápoles, en la iglesia de San Juan el Mayor, se veneran sus ojos.


Mensaje y actualidad
La colecta de la misa tiene solo una referencia indirecta al nombre de Lucía en la intercesión, a través de un verbo de visión (conspiciamus), que en español suena así: "para que... en el cielo participemos de su gloria".
Conviene, empero, recordar que su relato legendario se ha prestado en el pasado para justificar el valor moral de la libertad frente al mal; como hizo santo Tomás, que poco partidario de citar las "pasiones" de los mártires, recurrió a esta passio, que tiene rasgos originales en dos casos. Ante todo, nunca está permitido el suicidio, incluso por el deseo de huir de un mal, coma podría ser la misma violencia carnal. En efecto, como decía santa Lucia, "el cuerpo no se mancha si el alma no acepta el mal" IS. Th., II-II, q. 64, a. 5, ad 3). También en el caso de la virginidad violentada par la brutalidad humana, el doctor angélico apela al ejemplo de santa Lucía para citar la frase que dirigió al cónsul Pascasio (perseguidor): "Si me haces violentar contra mi voluntad, mi castidad me proporcionará una doble corona". No porque (comenta el doctor) ella tenga dos aureolas de virginidad, sine porque recibió una doble recompensa: una por la virginidad que ha conservado y la otra par la injuria que ha sufrido (Suplemento, q. XCVI, a. 5, ad 4). La virginidad que brilla, junta con el martirio, en esta santa (como en las demás: Águeda, Lucía, Cecilia, Inés, celebradas por las pasiones legendarias de los siglos V-VI), nos invita a desentrañar el significado teológico de este tema, que ya desde el siglo III, con Orígenes, deviene relevante: la virginidad es colocada en tercer lugar (tras los apóstoles y los mártires). En efecto, con la aparición y expansión del monaquismo en el siglo IV, tras el cese de las persecuciones, la virginidad, al convertirse en la forma más alta posible de la vida cristiana, asume el reflejo de la luz heroica y agonística atribuida al martirio. Si para el cristiano el martirio asume el valor cristológico de revelación del poder de Dios, que vence a través de la cruz de Cristo a las potencias satánicas desencadenadas contra él y con la resurrección manifiesta la gloria de Dios, la virginidad, asociada al martirio, asume el significado de una réplica de la dinámica de la persecución, que tiende a la apostasía de la fe: los asaltos violentos a la virginidad corpórea equivalen a los asaltos contra la fe, y las torturas físicas forman una sola cosa con las tentaciones contra la castidad; hasta el punto de que a los dos tipos de pasión corresponden idénticamente resistencias prodigiosas, castigo de los tentadores y admiración de sus presentes.
En la conjunción de virginidad y de martirio en una mujer joven como Lucía, la comunidad cristiana además, a través de la passio, logra superar la concepción difusa de la mujer como criatura débil y frágil. Es esta misteriosa fuerza del Espíritu la que impide el desplazamiento de Lucia, aunque la arrastren un par de bueyes, superando la misma fuerza de sus hombres más fuertes, hasta el punto de hacer pensar a sus verdugos que se trataba de maleficios misteriosos. "¿Cuál es la razón par la que una frágil muchacha no puede ser desplazada cuando es arrastrada por mil hombres?", pregunta Pascasio a Lucia. Ella responde con estas palabras inspiradas: "Y si me enviases otros diez mil, escuchen por media de mí al Espíritu Santo, que dice: 'A tu lado caen mil, y diez mil a tu diestra' (Sal 90,7)".
El texto de las dos antífonas: de laudes en el Benedictus y de vísperas en el Magníficat, tomadas de la passio (son sus únicos textos que quedan del antiguo oficio medieval compuesto de ocho antífonas y de tres responsorios), nos sugiere que consideremos no tanto el aspecto histórico y dramático de la pasión de Lucia, en el sentido de manifestación de valor que constituye una empresa apologética a favor de la verdad cristiana, cuanto más bien la más alta forma de salvación otorgada por Dios: "Yo, humilde esclava, no he hecho otra cosa que ofrecer sacrificios al Dios viva; coma ya no me queda nada, me ofrezco a mi misma" (en el Benedictus).
La actualidad de esta memoria se parte en evidencia con el texto de San Ambrosio, en el oficio de lectura, que trata de la virgen preocupada en buscar al esposo: "Tú, una mujer del pueblo, una de entre la plebe, una de las vírgenes, que con la claridad de tu mente iluminas la gracia de tu cuerpo (tú que eres la que más propiamente puede ser comparada a la Iglesia), recógete en tu habitación y, durante la noche, piensa siempre en Cristo y espera su llegada en cualquier memento... Échate en brazos de aquel a quien buscas; acércate a él, y serás iluminada". La fe en el vínculo esponsal que liga a estas vírgenes a Cristo-esposo sostiene a esta virgen y mártir Lucia: "esposa de Cristo; has superado las cosas del mundo y brillas con los ángeles; has vencido al enemigo con tu propia sangre" (antífona del Magníficat).
 

 

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