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11 de Diciembre
SAN DÁMASO I, papa

( 305 - 384 )



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de este papa, muerto el 11 de diciembre del año 384, como se halla inscrito en el martirologio jeronimiano (ms. de Echternach), ha estado vinculada durante mucho tiempo a su basílica cementerial en la vía Ardeatina, donde fue enterrado (es decir, no lejos de la bifurcación con la vía Apia, donde los fieles podían hacer etapa entre Roma y los célebres cementerios par los que se había prodigado), y a la otra basílica que Dámaso había construido sobre su casa paterna (el titulo de Dámaso fue dedicado por él a San Lorenzo, muerto en el alto 258, que él hizo reconocer coma patrón de Roma), adonde fueron trasladados sus restos. Esta memoria, aun estando presente ya en los sacramentarios francos (siglo VIII), entró en el rito romano sólo en el siglo XI, porque su culto no fue nunca muy popular al no tener ninguna iglesia romana bajo su patrocinio. La basílica de San Lorenzo in Lucina (al fondo del Campo Marzio) recuerda solo su elección por parte de la mayoría del clero y del pueblo (tenía de su parte la nobleza romana) a la Sedes apostólica, que bajo su gobierno tomó este titulo para indicar el primado de la sede romana.
En un tiempo en que el imperio romano había sido repartido (364) entre Valente (para Oriente) y Valentiniano I (para Occidente) y en que había un antipapa (Félix, + 367), este diácono, hijo de un notario de origen hispánico, nacido hacia el 305, había sucedido en la sede de Pedro al papa Liberio (366), a quien había acompañado en el exilio. Hubo de oponerse a otro antipapa, Orsino, que se había establecido en la iglesia de Santa María in Trastévere. Los enfrentamientos entre los defensores de ambos papas, durante las cuales una iglesia (¿Santa María la Mayor en el Esquilino o Santa María in Trastévere?) se convirtió en teatro de luchas, con varios muertos, son el reflejo de esta situación violenta, por la cual no solo fue denunciado y luego absuelto (371) par el prefecto de la ciudad, sino que también fue exiliado a Galia. En el año 371, sin embargo, ya está en Italia, pero lejos de Roma; en el 378 sufrió un nuevo proceso por difamación (adulterio), por instigación de sus enemigos (Orsino y el renegado Isaac).
En estos diez primeros años difíciles de su pontificado, Dámaso tuvo que hacer frente también a las antiguas herejías que tenían en Roma a sus partidarios: arrianos, novacianos, donatistas africanos, luciferanos y apolinaristas; pero Dámaso defendió la fe nicena. En el "tomo de Dámaso", dirigido a Paulino de Antioquia, promulgó las decisiones del concilio romano del año 382 (en el que particip6 también san Ambrosio), pero no logró hacerlo reconocer como ecuménico. En esta ocasión hizo volver a Jerónimo a Roma, nombrándolo secretario suyo para los últimos años de gobierno, y le comisionó la traducción de la Biblia en latín (la Vulgata). A El se le debe la sustitución del griego par el latín (salvo el Kyrie) en la liturgia.
En las relaciones con la autoridad política fue bastante diplomático, si bien defendió los derechos de la fe cristiana: como cuando, por los buenos oficios de Ambrosio, logró obtener del emperador (con sede en Milán) que el altar de la victoria fuera quitado del aula del senado. Mantuvo buenas relaciones también con el conocido prefecto de Roma Prefecto, que un día le diría en broma: "Si me hicieran obispo de Roma, me haría cristiano inmediatamente". No se le puede imputar que fuera fastuoso y mundano, como se lamentaba Jerónimo condenando las costumbres mundanas de cierto clérigo romano, y como el historiador Amiano Marcelino (XXVII, 3,14) censuraba aludiendo al que, llegado al cargo del papado, "gozaba en paz de una fortuna que le garantizaba la generosidad de las matronas" (fue apodado "confidente de las damas"). El dinero que Dámaso solicitó sin duda a la nobleza romana fue empleado para dar un culto digno a los mártires en sus basílicas.
Tampoco fueron fáciles las relaciones con la Iglesia de Oriente, por la cual le había escrito Basilio (en el 371) que interviniese para pacificar aquella región (Ep. LXX), azotada por el cisma de Antioquía (causado por Lucifer de Cagliari). El juicio de Basilio sobre Dámaso es inmerecido. En efecto, lo califica de "hombre altanero, orgulloso, elevado tan alto que es incapaz de escuchar a aquellos que desde la tierra dicen la verdad". Los malentendidos, surgidos a raíz de la crisis arriana, le impedían intervenir a Dámaso; y tampoco el concilio de Constantinopla del año 381 logró resolver el cisma de Antioquía. Dámaso estuvo representado en el mismo por un mandatario, que se opuso al traslado de Gregorio Nacianceno de su sede, en Asia Menor, para ser patriarca de Constantinopla. El principio de la tradición, que hacía valer Dámaso, de impedir una aspiración ambiciosa a una sede obispal mejor le guió también en la oposición al canon 3 del concilio (del año 381), que reconocía al obispo de la nueva capital una posición de primado respecto a las sedes episcopales antiguas de Alejandría y de Antioquia.
En efecto, se debe a este papa, diplomático pero al mismo tiempo decidido, la fijación del nuevo criterio llamado "petrino" (en el sínodo de Roma del año 382) para establecer el orden de preeminencia dentro de la misma Iglesia: Roma, en primer lugar, por la existencia del sepulcro de los apóstoles Pedro y Pablo; Alejandría, en Segundo lugar, porque esta sede fue fundada por Marcos por orden de Pedro, Antioquia, porque en esta ciudad actuaron los dos príncipes de los apóstoles. Se muestra asimismo defensor de los derechos de la Sede apostólica en la carta Ad Gallos episcopos (374) y en la respuesta negativa al asceta Prisciliano, condenado por un concilio de Zaragoza (380), que se había dirigido al papa llamándolo con el título de senior et primus (anciano y primero). Su devoción a los mártires exaltados en los títulos (instaurando el culto en las mismas galerías de sus cementerios), con epigramas (inscripciones grabadas en lápidas con letras capitales, creadas por su amigo Dionisio Filocalo: quedan más de cincuenta), hace perpetua la memoria de este papa. A su obra silenciosa se debe también el cambio de la política imperial, haciendo al catolicismo "religión de Estado" bajo Teodosio 1 (379).

Mensaje y actualidad
La colecta, que se inspira en el sacramentario veronense, ha focalizado el principal aspecto de este papa, que fue "cultor et amator martyrum". Por ello se invoca: "Concédenos la gracia, Señor, de glorificarte siempre por el triunfo de tus mártires, a quienes profesó devoción entrañable el papa san Dámaso primero". Si desde el tiempo de Constantino habían sido construidas las suntuosas basílicas de San Pedro, San Pablo, San Lorenzo y Santa Inés... y en la vía Apia una "basílica ad catacumbas", Dámaso, con idea original, en lugar de construir otras basílicas en honor de todos los mártires (excepto el nuevo título en el centro de la Roma papal, San Lorenzo in Lucina), transformó las catacumbas en santuarios, tratando de hacer accesibles a los fieles estos lugares de culto. El Liber Pontificalis lo elogia así: "Hic multa corpora sanctorum requisivit et invenit", que significa que fue bastante más que un simple arqueólogo o un cronista ideal (cf el Catálogo Liberiano). Una inscripción original, conservada en las grutas vaticanas, nos recuerda también los grandes trabajos realizados para drenar el subsuelo de la basílica vaticana. Encauzó las aguas que manaban en la colina del vaticano hacia la fuente bautismal (en la parte derecha de la nave transversal) para impedir que deteriorasen los cuerpos de los mártires, él puso aquí sus famosas inscripciones, tres de las cuales (copiadas posteriormente) nos han llegado intactas: de san Eutiquio, en San Sebastián Extramuros; de Santa Inés, en la vía Nomentana; de Proyecto, hoy en el museo Lateranense.
No contento con haber dotado estos lugares de inscripciones, de carácter más bien popular que histórico (como, por ejemplo, las dos del cementerio de Calixto en la vía Apia), mereciendo ser llamado "el papa de las catacumbas", Dámaso fue también un apasionado buscador de tumbas de mártires olvidados. Tal es el caso de los santos Proto y Jacinto, en la catacumba de San Hermes, en la vía Salaria en el caso de san Eutiquio, en las catacumbas de San Sebastián, expresa la alegría de su descubrimiento con estas palabras: "Se busca, se encuentra, se le honra, y él protege y presta ayuda". Estas palabras indican la intención no solo arqueológica de quien esta preocupado por salvar del olvido todo lo que podía de la antigua Roma cristiana, sino también de ofrecer a la piedad popular modelos de vida, en un tiempo en el que los mártires, como héroes de la fe, ya no eran contemporáneos de la nueva cristiandad. También se le debe a él que los títulos, primero señalados con los nombres de los fundadores, fueran posteriormente provistos de santos patronos, a quienes fueron dedicados, que hicieron olvidar más tarde los nombres de sus fundadores: como en el caso de su titulo de Dámaso in Campo Marzio, en el que introdujo la memoria de san Lorenzo mártir.
El culto de los mártires, en el que también nosotros somos invitados a participar, es expresado por el texto del Tratado contra Fausto, de san Agustín, en el oficio de lectura: "El pueblo cristiano celebra la conmemoración de sus mártires con religiosa solemnidad, para animarse a su imitación, participar de sus méritos y ayudarse con sus oraciones; pero nunca dedica altares a los mártires, sino solo en memoria de los mártires. (...) La ofrenda se ofrece a Dios, que coronó a los mártires, junto a los sepulcros de aquellos a los que coronó, para que la amonestación, por estar en presencia de los santos lugares, despierte un afecto más vivo para acrecentar la caridad con aquellos a los que podemos imitar y con aquel cuya ayuda hace posible la imitación".
 

 

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