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7 de Diciembre
SAN AMBROSIO, obispo y doctor de la Iglesia
( ca.339-397)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria de san Ambrosio, muerto en Milán la noche pascual del 4-5 de
abril del año 397, es celebrada en Roma solo desde el siglo XI, en la fecha
del 7 de diciembre, en la que fue ordenado obispo (374), según la fecha que
se impuso en la Iglesia bizantina y en otras Iglesias episcopales y
monásticas en la Edad Media (también un calendario milanés del siglo XI cita
el 30 de noviembre para el bautismo y el 7 de diciembre para la ordenación).
Desde 1298 es celebrado como uno de los cuatro doctores de la Iglesia, junto
con san Agustín, Jerónimo y
Gregorio Magno.
Nacido en Tréveris de familia romana cristiana, hacia el 339 (su padre era
prefecto del pretorio de la Galia), Ambrosio era romano de espíritu y por
tradición; por eso al morir su padre volvió a Roma con su familia (su
hermano Sátiro y su hermana Marcelina), donde estudió derecho y retórica,
llegando a abogado de la prefectura del pretorio (365), primero en Sirmio
(Iliria), y después a consularis de la provincia de Emilia-Liguria, que
tenia por capital a Milán. Cuando murió el obispo arriano Auxencio,
intervino para impedir tumultos; pero fue aclamado improvisamente tras su
discurso a favor de la paz. Así, de catecúmeno que era, ocho días más tarde
fue bautizado e instruido por el presbítero Simpliciano y por último
ordenado obispo (tras haber realizado incluso gestos antipopulares para
rechazar este cargo). Por sus dotes personales, fue consejero de los
emperadores Graciano (en Tréveris), Valentiniano II (en Sirmio) y después de
Teodosio I, sabiendo oponerse, empero, con la fuerza incluso a la emperatriz
filoarriana Justina. Reprendió ante el senado al emperador Teodosio, que en
el año 390 había realizado una carnicería por venganza en TesaIónica,
confirmando la libertad de la Iglesia frente al poder imperial y civil,
aunque a veces su intervención a favor de la inmunidad de los cristianos
destructores de la sinagoga (como en el caso del asunto de Calínico, en
Mesopotamia) pudo parecer que iba contra el justo equilibrio entre poder
religioso y civil.
Fue apóstol de la caridad, reformador litúrgico (con sus himnos y sus
sermones sacramentales como medio de catequesis), formador de almas
(convirtió y bautizó a Agustín), promotor y defensor (contra el hereje
Joviniano) de la virginidad (la Exhortación a la virginidad fue escrita en
Florencia para la dedicación de la basílica de San Agrícola) y comentador de
las Escrituras (especialmente de los textos del Antiguo Testamento y del
evangelio de Lucas). Dejó una huella indeleble en la Iglesia de Milán.
Construyó también dos basílicas, añadidas las seis (o siete) ya existentes,
y dio origen al que luego fue llamado rito ambrosiano. En el alto 397, ya
débil de salud, dictó su comentario al salmo 43; y al llegar al versículo 24
escribió sus últimas líneas: "Es duro arrastrar tanto tiempo y por todas
partes este cuerpo, envuelto ya por las sombras de la muerte. Levánte,
Señor. ;¿Por qué duermes? ;¿Quieres seguir rechazándome?"
También hoy es venerado en su basílica de Milán. Su vida fue escrita por el
diácono Paulino.
Mensaje y actualidad
Las oraciones, renovadas en parte, trazan tres rasgos del gran obispo.
a) En la colecta se pone de relieve que "Dios hizo al obispo san Ambrosio
doctor esclarecido de la fe católica y ejemplo admirable de fortaleza
apostólica". Este catecúmeno, que en ocho días fue bautizado y ordenado
obispo, después de haber devorado a los autores cristianos, sobre todo
griegos (Gregorio Nacianceno, Basilio, Orígenes, Filón), sin olvidarse de
los paganos (como Plotino y Porfirio), se convirtió inmediatamente en un
maestro de vida, como lo describe Agustín, que le vio "leer calladamente, y
nunca de otra manera; (...) ¿quién se iba a atrever a molestar a un hombre
tan abstraído? (Conf. 6,3,3).
Sentía como deber primordial de obispo el anuncio y la interpretación de la
palabra de Dios (cf el comentario al evangelio de Lucas y las numerosas
homilías sobre los personajes del Antiguo Testamento: Noé, Abrahán y Jacob,
Job, David, Tobías, Elías, Nabot); por eso recordaba a sus clérigos que
dedicaran a la lectura el tiempo que los dejaba libres (cf De off. ministr.
1, 88). Hacia el alto 390 escribía: "Bebe ante todo el Antiguo Testamento
para que puedas beber también el Nuevo Testamento; sin el primero no podrás
beber el segundo; bebe el primero para apagar tu sed y el segundo para
saciarla" (In Ps. 1,33).
También escribe al obispo de Constancio de Ímola en la carta presentada por
el oficio de lectura: "Recoge el agua de Cristo, esa agua que alaba al
Señor. (...) Llena el seno de tu mente, para que tu tierra se esponje y
tengas la fuente en tu propia casa. Quien mucho lee y entiende se llena, y
quien está lleno puede regar a los demás".
Es indudable que Ambrosio, como escritor, es inferior a Jerónimo o Agustín,
contemporáneos suyos, ya que él fue un hombre de acción; pero sigue siendo
un maestro por haber sabido adaptar la doctrina cristiana a la tradición
clásica y al espíritu romano. Pese al dilema de Jerónimo (Ep.
22,30:"ciceroniano o cristiano"), era ciceroniano y cristiano, logrando
hacer una síntesis viva y armoniosa entre el estilo helenístico y oratorio y
la sustancia viva del evangelio, dejando vislumbrar siempre la impronta de
su orientación preferentemente platónica en su pensamiento teológico (por
influjo de su maestro Simpliciano). La enseñanza de este maestro de vida es
siempre fundamentalmente cristocéntrica, como El mismo escribe: "Lo tenemos
todo en Cristo, todo está en poder de Cristo y Cristo es todo para nosotros.
Si quieres curar de tus heridas, El es el médico; si ardes de fiebre, El es
la fuente; si temes la muerte, El es la vida; si deseas el cielo, El es el
camino; si buscas nutrición, es el alimento". Es sin duda este magisterio
doctrinal el que me ha hecho denominar a Ambrosio, por parte del doctor de
Hipona, doctor meus, mi maestro (PL 44,671).
La segunda nota mencionada en la colecta es su fortaleza apostólica. En
efecto, Ambrosio defendió con fuerza la libertad de la Iglesia del poder
político, sin ceder a compromiso alguno, ni siquiera ante Teodosio el Grande
para la cesión de una basílica de Milán a los arrianos; aunque, escribiendo
a su hermana Marcelina, le recordó cómo "lloró con amargura, temiendo una
matanza, y suplicó a Dios para que en una causa concerniente a su Iglesia no
se derramara la sangre de nadie, sino que más bien se derramara la suya por
la incolumidad no solo de su pueblo, sino de los mismos impíos". Cuando
Teodosio, tras la matanza de Tesalónica (siete mil personas), se atrevió a
entrar en la iglesia, Ambrosio se lo impidió. Y más tarde, cuando el
emperador, para excusarse, adujo el ejemplo del rey David, respondió con
valentía: "Si has imitado a David en el pecado, imítalo también en la
penitencia". En efecto, en la noche de navidad del alto 390 fue reconciliado
el emperador penitente.
Palabras no menos resueltas le dirigió al emperador Eugenio, a quien
recordaba que, "confiando en Dios, no temía decir a los emperadores lo que
pensaba, y lo que no habia callado a los emperadores tampoco se lo callaría
a él" (Ep. 57).
En el himno de laudes, cantado en la Iglesia milanesa (desde el siglo XVI) y
recogido en nuestra liturgia de las horas, la segunda estrofa celebra "a
aquel que, perseguido, no temió los cetros ni a la emperatriz, cerró el
templo y rechazó al César sanguinario". También enseñó Ambrosio la libertad
de la riqueza con gran valor (cf la homilía sobre el pobre Nabot) contra las
prácticas, muy difundidas entonces, del acaparamiento, de la acumulación de
bienes y de la usura, hasta poder decir "vosotros mismos recordáis cuantas
veces hemos luchado contra los ataques imperiales en defensa de los
depósitos de las viudas: más aún, de todos" (De off. 2,29). Y añade: '[Tú no
das al pobre de lo tuyo, sino que le das lo que es suyo". El, que había
enunciado el principio de que "el emperador está en la Iglesia
y no sobre ella", teniendo en cuenta que antes había sido un funcionario
estatal, sabia proclamar también su humildad ante Dios y los hombres:
"Señor, dame compasión en toda caída que me testimonia cómo cae un pecador;
que yo no lo castigue lleno de presunción y de orgullo, sino que llore y me
aflija por él".
b) En la oración sobre las ofrendas se pide al Señor "que el Espíritu Santo
nos ilumine con la misma fe que infundió a San Ambrosio para propagar sin
descanso tu gloria". En esta referencia pneumatológica está implícito el
recuerdo de las catequesis mistagógicas de este obispo, que nos ha dejado
dos grandes tratados litúrgicos: Sobre los misterios y de los sacramentos, y
que creó la himnología litúrgica para un culto renovado (cf la cuarta
estrofa del himno citado: "Con la fe que animaba su espíritu, compuso cantos
maravillosos"). A Ambrosio le gustaba el lenguaje simbólico, alegórico,
inspirado en las obras de los Padres griegos. Por eso dice en la carta a
Constancio, que tenemos en el oficio de lectura: "Sujeta el timón de la fe,
para que no te inquieten las violentas tempestades de este mundo. El mar es,
sin duda, ancho y espacioso, pero no temas: él la fundó (la Iglesia) sobre
los mares, él la afianzó sobre los ríos". El "cónsul de Dios" se ha
convertido en maestro de itinerarios en la fe, a través de la participación
profunda en los sagrados misterios, especialmente con los himnos que
escribió, inspirados en cantos griegos (también compuso las melodías de los
mismos).
c) En la oración después de la comunión se pide al Señor "seguir las
enseñanzas de tu obispo san Ambrosio; haz que siguiendo fielmente tus
senderos vayamos preparándonos a participar en los gozos del banquete del
reino". Este catecúmeno elegido obispo contra su voluntad (que para evitar
este cargo había llegado, con fines disuasivos, a hacer torturar a algunos
prejuzgados y a introducir en su casa a mujeres de mala fama), sentía
fuertemente la relación con su grey; hasta el punto de escribir a su
neoelecto obispo Vigilio: "Ante todo conoce la Iglesia del Señor que se te
ha confiado". Y en una serie de exhortaciones a los clérigos escribe que "no
se busque la propia popularidad, sino el bien de los demás" (De off. 3,2),
porque "en el oficio sacerdotal se debe observar la norma de no perjudicar a
nadie, ni aun cuando se nos provoque y ofenda injustamente" (De off. 3,9).
La actualidad de Ambrosio puede ser ilustrada también por su mensaje de
exaltación de la virginidad consagrada, que en aquel tiempo era asimismo una
defensa de la emancipación social de la mujer; en ella encontraba su
libertad de elección del estado de vida, independiente de la determinación
paterna por el matrimonio. Tal defensa de la virginidad se asocia a la
teología mariana con estas palabras, que resultan también hay muy inspiradas
en la eclesiología: "Cristo encontró en la Virgen lo que él quería hacer
propio y asumir como soberano de todas las cosas: la virginidad. La carne,
que fue arrojada del paraíso en un hombre y una mujer, fue nuevamente
vinculada con Dios mediante una virgen".
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