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4 de Diciembre
SAN JUAN DAMASCENO, presbítero y doctor de la Iglesia
(650-753)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Juan , celebrada ahora el mismo día en que el
rito bizantino conmemora la inhumación en la laura de San Sabas (cerca de
Jerusalén), que se hizo probablemente el 4 de diciembre del 749/50, entró en
el calendario romano en 1890, cuando León XIII declaró a san Juan Damasceno
"doctor de la Iglesia".
Nacido en Damasco hacia el 650 de una familia árabe cristiana (su padre se
llamaba Yahia ibn Sargun Mansûr; Constantino Coprónimo le cambió el nombre
por el término infamante de Manzer, o sea, bastardo), apenas veinte años
después de la muerte de Mahoma, fue educado probablemente por un monje
siciliano llevado prisionero por los sarracenos a Damasco (donde su padre
ocupaba un alto cargo al servicio del califa), junto con su hermano adoptivo
Cosme, luego obispo de Mayuma. Al morir su padre, Juan le sucedió en el
cargo, llegando a gran visir, es decir, ministro de las finanzas de la corte
del califa. Pero éste, hacia el fin del siglo, negó sus favores a la familia
de Juan, de modo que tuvo que alejarse de Damasco. Recalando en Jerusalén,
entró en la cercana laura de San Sabas, donde se practicaba una vida
monástica considerada típica por el monaquismo bizantino. Fue ordenado
sacerdote por el patriarca de Jerusalén, Juan V, que se sirvió de él como
predicador y escritor, especialmente durante la polémica inoclasta suscitada
por León III Isáurico en el 730, tal vez influido también por el edicto del
califa Yadiz del 720, en el que condenaba como idolatría el culto de las
imágenes de los cristianos.
Junto con Germán, patriarca de Constantinopla, y con el papa Gregorio II,
Juan se convirtió en uno de los principales defensores del culto de las
imágenes. La leyenda dice que León III, haciendo falsificar una carta de
Juan, en la que se tramaba la entrega de Damasco por traición al califa, le
hizo cortar la mano derecha pero la Virgen se la restituyó integra por la
noche. Su vida monástica en San Sabas fue al principio muy severa por las
pruebas a las que fue sometido. Ciertamente pudo dedicarse a sus estudios,
componiendo obras. Es probable que muriera en su celda monástica, aunque
otros biógrafos digan que recorrió las provincias de Oriente para fortificar
a los cristianos contra los iconoclastas, hasta que sucumbió mártir de su
fe. Sin duda alguna murió en edad muy avanzada. Su iconografía sigue ligada
a la leyenda de la "mano cortada", según la cual habría colgado de una
imagen de la Virgen un brazo de plata (la Virgen con tres manos). Una de
estas imágenes fue entregada por el higúmeno de la laura de San Sabas al
metropolitano de Servia, haciéndose muy famosa entre los serbios (monasterio
de Chilandarii).
Mensaje y actualidad
La nueva colecta quiere focalizar el mensaje de este último gran teólogo
universal de la Iglesia en su obra principal: La fe ortodoxa. En este manual
de dogmática, la primera parte introductiva de tipo filosófico (dialéctica),
extraída de Aristóteles y de los Padres, hace un compendio de toda la
tradición doctrinal de la Iglesia, mientras que la segunda traza la historia
de las herejías. En efecto, en la oración se pide al Señor "que nos ayude en
todo momento la intercesión de san Juan Damasceno, para que la fe verdadera
que tan admirablemente enseñó sea siempre nuestra luz y nuestra fuerza".
Ante todo Juan fue un maestro de teología, expuesta con método racional,
pero siempre con fidelidad a la tradición patrística, anticipándose a la
auténtica escolástica tomista. No sólo Teófanes el Confesor, a comienzos del
siglo XII, lo llama "distribuidor de oro", sino que también más tarde, desde
el siglo XII, su obra fue consultada con gran cuidado por Tomás de Aquino y
sirvió en las discusiones entre occidentales u orientales en los siglos XIII
y XIV en la reunión entre las Iglesias en los concilios de Florencia y
Ferrara.
La colecta, según hemos visto, apela a la fe como "nuestra luz y nuestra
fuerza", refiriéndose no sólo a la ortodoxia defendida por Juan en la lucha
contra las herejías del nestorianismo, monofisismo, monotelismo y
teopasquismo, como él expone en sus tratados, sino también a la defensa del
culto de las imágenes. Ésta le costó la excomunión del sínodo iconoclasta
del 754, siendo más tarde rehabilitado por el séptimo concilio de Nicea del
año 787, que proclamó su santidad y su ciencia llamándolo chrysorrhoas, es
decir " río de oro". Su defensa del tal culto se resume en la frase: "No es
la materia lo que nosotros veneramos, sino lo que ella representa; el honor
que se tributa a la imagen se trasmite a su ejemplar". Las tres oraciones
por las sagrada imágenes son la ilustración de esta verdad, fundada en la
distinción entre adoración (a Dios solo) y veneración (a los santos).
Contrapone el cristianismo fundado en el dogma de la encarnación (es decir,
de la presencia visible de Dios entre nosotros en el Verbo encarnado) al
hebraísmo e islamismo donde no sólo se prohíbe cualquier culto de la imagen,
sino también toda representación.
La verdadera fe defendida por este padre, que fue llamado también
impropiamente el santo Tomás oriental, no fue expuesta sólo en la trilogía
teológica (dialéctica, historia de las herejías, fe ortodoxa) o en las obras
exegéticas (comentario a las cartas paulinas y a los sagrados paralelos),
sino también en sus homilías. Entre éstas, tres tratan de la muerte y
asunción de María; este testimonio tradicional se encuentra en el menologio
bizantino del 15 de agosto y en la constitución apostólica de Pío XII
Munificentissimus Deus para la definición del dogma de la asunción. Por fin,
también sus obras poéticas, que son llamadas "cánones" (himnos) en el oficio
bizantino de las horas, hacen célebre a este doctor de la fe, que expresó
con firmeza su sentido de la Iglesia en un tiempo sectario; pero él se
consideraba, en su humildad, como "un inútil y mínimo esclavo, para quien
hubiera sido mejor reconocer sus propios pecados ante Dios que intervenir en
los problemas teológicos y políticos". Justamente la oración subraya que
enseñó también con su vida la verdadera fe, considerada por él como un
patrimonio heredado de la tradición que había que conservar y defender.
En el oficio de lectura se expresa para nosotros la actualidad de este
magisterio ortodoxo, común a Oriente y a Occidente, con este elogio tomado
del prólogo de su obra maestra "Declaración de la fe": "Y tú, cima preclara
de la más íntegra pureza, excelente congregación de la Iglesia, que esperas
la ayuda de Dios; tú, en quien Dios descansa, recibe de nuestras manos la
doctrina inmune de todo error, tal como nos la transmitieron nuestros Padres
y con la cual se fortalece la Iglesia".
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