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3 de Diciembre
SAN FRANCISCO JAVIER, presbítero

(1506-1552)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Francisco Javier, muerto en la isla de Sanchón (no lejos de Cantón, gran puerto chino) el 3 de diciembre de 1552, canonizado en 1662, inscrito en el calendario romano en 1663 y declarado patrono de la India y de todo el Extremo Oriente en 1748, y por fin de todas las misiones católicas, junto con santa Teresa del Niño Jesús, en 1927, celebra al gigante de la historia de las misiones. En doce años recorrió miles de kilómetros para implantar el cristianismo en la India, en Indonesia y en el Japón.
Francisco de Jasu y Xavier nació en 1506 de noble familia vasca de Navarra. Su padre era consejero del rey de Navarra y murió cuando Navarra fue invadida por los castellanos. Sus hermanos defendieron con los franceses esta tierra, logrando conquistar Pamplona (defendida por Ignacio de Loyola). Estudió en París desde 1525, llegando a magister artium y enseñando filosofía. Pero en 1534, el día de la asunción, después de haber sido tocado por la gracia junto con san Ignacio y algunos otros - entre ellos su amigo Pedro Favre -, emitió los votos religiosos en la iglesia de Montmartre, con el voto de ir a Tierra Santa. Bloqueado en Venecia porque Palestina resultaba inaccesible a causa de los turcos musulmanes, se dirigió a Roma en 1539 con sus compañeros, donde se pusieron a disposición del papa para ser enviados en misión. Ignacio y Francisco, ya habían sido ordenados sacerdotes en Venecia (1537), donde Francisco contribuyó a la redacción de las constituciones de la Compañía de Jesús. Así, cuando el rey de Portugal pidió misioneros para las Indias, Francisco pudo partir en lugar de un cohermano enfermo, zarpando desde Lisboa con el nombramiento del legado pontificio para Extremo Oriente.
En 1552 llegó a Goa, capital de la India, donde se dedicó a la catequesis de aquella colonia portuguesa. Más tarde se trasladó hasta los pescadores de perlas paravas, en el cabo Comorín, donde halló unos veinte mil bautizados entre 1535-1537, sin ninguna instrucción cristiana. También en Travancore pudo bautizar a unos diez mil pescadores macuas. Pero hubo de partir pronto, porque su misión de legado pontificio se extendía desde el cabo de Buena Esperanza hasta la extrema China. En 1545 fue a Malaca, donde encontró a los primeros japoneses; y desde allí, a las islas Molucas; desde aquí proyectó lanzarse hacia Japón. Desde Goa, en 1549, se embarcó para la gran isla, acompañado por tres japoneses convertidos y por dos hermanos. Las dificultades de la lengua provocaron no pocos equívocos en su evangelización, pero no obstante logró crear una pequeña comunidad en Yamaguchi, que fue "la delicia de su alma". En estos dos años de estancia en Japón bautizó a mil quinientas personas. Y pensando que no podría proseguir su obra misionera sin visitar la cuna de la cultura japonesa, proyectó ir a China.
Después de hacerse a la vela para Goa en 1551, donde debía dirigir a la neoprovincia india, partió para Malaca, y en Singapur escribió varias cartas. Por último, en la isla de Sanchón esperó el momento favorable para zarpar, incluso solo ya que el chino en quien confiaba lo abandonó y todos los mercaderes portugueses habían abandonado la isla, aunque el invierno estuviera a las puertas. Atacado por la fiebre y exhausto de fuerzas, invocando a la santísima Trinidad y el nombre de Jesús, murió a la edad de cuarenta y seis años, con una vela en la mano. Después de haber convertido a unos treinta mil paganos, recorriendo distancias inmensas (en once años y ocho meses, más o menos ochenta mil kilómetros, con una media de sesenta al día) entre miles de dificultades culturales y lingüísticas, abrió nuevas vías a las misiones jesuíticas. Fue enterrado en Goa, adonde había llegado una carta de Ignacio, que le reclamaba temporalmente en Europa.

Mensaje y actualidad
Las nuevas oraciones configuran mejor la actividad misionera de este vasco navarro, enamorado de su tierra y de su cultura, que fue uno de los misioneros más grandes de la época moderan.
a) La colecta contiene en la primera parte la invocación a Dios: "tú has querido que numerosas naciones llegaran al conocimiento de tu nombre por la predicación de san Francisco Javier"; y termina con la intercesión "infúndenos su celo generoso por la propagación de la fe, y haz que tu Iglesia encuentre su gozo en evangelizar a todos los pueblos". La vocación misionera de Francisco se remonta a la primera fase de su vida, como se narra en las fuentes ignacianas: "En el tiempo en que los padres recorrían Italia sirviendo en los hospitales, Francisco y Laínez dormían uno junto al otro y muchos veces Francisco se despertaba de improviso y decía:´¿Sabéis qué he soñado? Llevaba a las espaldas a un indio, y su peso era tan grande que no podía soportarlo´. Como Pablo, Francisco creyó que la salvación venía únicamente de Cristo; por eso se dedicó al anuncio misionero condenando la idolatría pagana, y atacó con páginas de fuego incluso a los bonzos y bramanes; pero supo asimismo dialogar con la gente, aunque no se preocupara demasiado por la inculturación de la fe. En las costas de Malabar afirmaba que los habitantes de aquellas tierras le comprendían tanto como él a ellos: "Yo vago entre este pueblo solo, sin intérprete; los pobres me hacen comprender sin intérprete sus necesidades y yo, al verlos, los comprendo sin intérprete". No dejaba de aprender lenguas, y llegó a confesar que, aprendiendo japonés, necesitó cuarenta días para conseguir recitar en lengua local los diez mandamientos. La adaptación inteligente a las distintas condiciones en la evangelización consistía, para él, en bautizar tras una breve preparación, reservando para después del bautismo una larga instrucción sistemática.
b) En la oración sobre las ofrendas se repite el tema de que san Francisco "partió a lejanos continentes impulsado por el celo de la salvación de los hombres". Por esto se invoca del Señor nos conceda también "a nosotros que, dando testimonio eficaz del evangelio, sintamos la urgencia de llegar a ti en unión de todos los hermanos". Devorado por una inquietud que se había fijado como confines el mundo, preocupándose más por aquellos que estaban lejos que por los que estaban cerca, Francisco hubo de hacer frente a los reproches de sus mismo co-hermanos, que lo acusaban de no cuidar los intereses de la Compañía, cuya responsabilidad había recibido. En el oficio de lectura, el santo misionero expone a san Ignacio en una carta la inmensidad de la tarea que le incumbe, y auspicia que muchos jóvenes vayan a ayudarlo: "Y así como van estudiando en letras, si estudiasen en la cuenta que Dios, nuestro Señor, les demandará de ellas, y del talento que les tiene dado, muchos de ellos se moverían, tomando medio y ejercicios espirituales para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina, conformándose más con ella que con sus propias afecciones".
c) En la oración después de la comunión se invoca: "El sacramento que hemos recibido, Señor, despierte en nosotros el amor ardiente que inflamó a san Francisco Javier en el celo por la salvación de las almas; así... conseguiremos el premio que tú has prometido a aquellos que te sirven con un corazón generoso". Es la última instancia que se deriva de esta memoria, que nos actualiza el anhelo apostólico de este misionero infatigable, devorado por la impaciencia de los límites. Sin duda que hubo de contar con la tarea colonial de los pueblos europeos, en la que los portugueses no habían hecho a Cristo amable ni atrayente para los indígenas, ya que su dominio era con frecuencia duro y cruel, "contando los bastonazos con las cuentas del rosario". En Goa le llamaban "el gran padre", porque instruyendo a los chicos que recogía por las calles al son de una campanilla lograba hacerles aprender el catecismo a base de canciones. Asó se ganó la simpatía del obispo de Goa y del rey de Portugal, que esperaban se abrieran por doquier escuelas catequísticas "al estilo de Javier" en aquel ambiente donde la vida de los portugueses era poco digna del nombre cristiano.
Podemos reflexionar sobre una frase de Francisco Javier, modelo extraordinario de celo misionero, que en su boca resuena como una significativa advertencia: "Recordad que Dios hace más caso de la buena voluntad llena de humildad con la cual nos ofrecemos a él, dando por amor toda nuestra vida al servicio de su gloria, que aprecia y estima los servicios que le hace, por grandes que sean" (Mons. Xav. II, 191).

 

 

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