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24 de Noviembre
SAN ANDRÉS DUNG-LAG, presbítero, y COMPAÑEROS, mártires
(+ 1839)
1. Nota Histórico-litúrgica
Esta memoria obligatoria de los ciento diecisiete mártires vietnamitas de
los siglos XVIII y XIX, proclamados santos por Juan Pablo II en la plaza de
San Pedro el 19 de junio de 1988, celebra a mártires que ya habían sido
beatificados anteriormente en cuatro ocasiones distintas: setenta y cuatro
en 1900 por León XIII; ocho, por Pío X en 1906; veinte en 1909 por el mismo
Pío X; veinticinco, por Pío XII, en 1951. No sólo son significativos el
número insuperado en la historia de las canonizaciones, sino también la
calificación de los santos: ocho obispos, cincuenta sacerdotes y cincuenta y
nueve laicos; la nacionalidad: noventa y seis vietnamitas, once españoles,
diez franceses; el estado religioso: once dominicos, diez de la Sociedad de
las Misiones Extranjeras de París, otros del clero local, más un
seminarista; el estado laical: muchos padres de familia, una madre,
dieciséis catequistas, seis militares, cuatro médicos, un sastre, además de
campesinos, pescadores y jefes de comunidades cristianas. Seis de ellos
fueron martirizados en el siglo XVIII; los demás entre 1835 y 1862, es
decir, en el tiempo del dominio de los tres señores que gobernaban Tonkín,
Annam y Conchinchina, hoy integradas en la nación de Vietnam. En gran parte
(setenta y cinco) fueron decapitados, los restantes murieron estrangulados,
quemados vivos, descuartizados, o fallecieron en prisión a causa de las
torturas, negándose a pisotear la cruz de Cristo o a admitir la falsedad de
la fe.
De estos ciento diecisiete mártires, la fórmula de canonización ha puesto de
relieve seis nombres particulares, en representación de las distintas
categorías eclesiales y de los diferentes orígenes nacionales. El primero,
del que encontramos una carta en el oficio de lectura, es Andrés Dung-Lac.
Nació en el norte de Vietnam en 1795; fue catequista y después sacerdote.
Fue muerto en 1839 y beatificado en 1900. Otros dos provienen del centro y
del sur del Vietnam. El primero, Tomás Tran-Van-Thien, nacido en 1820 y
arrestado mientras iniciaba su formación sacerdotal, fue asesinado a los
dieciocho años en 1838; el otro es Manuel Le-Van-Phung, catequista y padre
de familia, muerto en 1859 y beatificado en 1909. Entre los misioneros
extranjeros son mencionados dos españoles y un francés. El dominico español
Jerónimo Hermosilla, llegado a Vietnam en 1829, vicario apostólico del
Tonkín oriental, fue muerto en 1861 y beatificado en 1909; el otro dominico,
el obispo vasco Valentín de Berrio Ochoa, que llegó a Tonkin en 1854, a los
treinta y cuatro años, fue muerto en 1861 y beatificado en 1906. El francés
Jean-Théphane Vénard, de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París,
llegó a Tonkín en 1854 y fue asesinado a los treinta y dos años y
beatificado en 1906; sus cartas inspiraron a santa Teresa de Lisieux a rezar
por las misiones, de las que fue proclamada patrona junto con san Francisco
Javier.
Mensaje y actualidad
a) La colecta de la nueva misa se dirige a Dios, "origen y fuente de toda
paternidad, que hizo fieles a la cruz de su Hijo hasta el derramamiento de
su sangre a los santos mártires Andrés y compañeros". Estos mártires, de
condición tan diversa, permanecieron fieles a la cruz de Cristo, hasta
soportar tormentos inenarrables: a algunos, atados a un poste se les arrancó
la lengua con un lazo; otros fueron decapitados, condenados a morir de
hambre, aserrados de modo horrendo o descuartizados; otros, por fin,
encerrados en cavernas como fieras, o bien expuestos al ardor del sol y de
la sed, o sometidos flagelaciones, cadenas y desolación de la cárcel. Como
dice san Cipriano, fueron más fuertes que los tormentos.
b) La pasión de estos mártires que, como prosigue la oración sobre las
ofrendas en la petición por nosotros, demostraron "una intrépida fortaleza
en medio de las adversidades del mundo", recibe un conmovedor testimonio en
el oficio de lectura de la liturgia de las horas, en el que la carta de uno
de ellos, Pablo Le-Bao-Tinh, enviada a los alumnos del seminario de Ke-Vinh
en 1843, nos desvela tanto las atrocidades de los suplicios sufridos como un
heroísmo humanamente inexplicable. En efecto, afirma que "la cárcel en que
se halla encerrado es realmente la imagen del infierno eterno: a los crueles
suplicios de todo género, como los cepos, las cadenas de hierro y las
cuerdas, se añaden el odio, las venganzas, las calumnias, las palabras
obscenas, falsas acusaciones, maldades, juramentos inicuos, maldiciones y,
por fin, angustia y tristeza".
Frente a un cuadro tan tenebroso, que él mismo llama más adelante "horrendo
espectáculo, viendo todos los días cómo emperadores, mandarines y sus
cortesanos blasfeman contra el santo nombre de Dios", este mártir tiene el
valor de decir: "En medio de estos tormentos, que en general doblegan y
destrozan a los demás, por la gracia de Dios, estoy lleno de gozo y alegría
porque no estoy solo; Cristo está conmigo". El texto, salpicado de citas
bíblicas de gran eficacia, justifica la petición que expresa la colecta en
la parte conclusiva. También nosotros, por la intercesión de estos mártires,
pedimos poder convertirnos en "misioneros y testigos del amor de Dios entre
los hombres por llamarnos y ser hijos tuyos". La alusión, en la invocación
inicial, a la paternidad de Dios y a nuestra filiación en la frase final
subraya que algunos de estos mártires han engendrado en la fe a los demás
hermanos.
c) Pero, como sigue explicitando en la parte final de la oración después de
la comunión sólo "la fuerza del Espíritu Santo puede sostenernos también a
nosotros, para que podamos luchar y sufrir por la fe y merecer así el premio
eterno".
El valor de actualidad de este extraordinario testimonio en un país
martirizado, que cuenta hoy con seis millones de católicos, el diez por
ciento de la población, y veintiocho diócesis regentadas por obispos
nativos, nos lo ofrece la homilía del papa en la canonización: "Los mártires
vietnamitas, sembrando entre lágrimas, en realidad iniciaron un diálogo
profundo y liberador con la población y la cultura de su nación, proclamando
ante toda la verdad y la universalidad de la fe en Dios y proponiendo,
además, una jerarquía de valores y de deberes particularmente adecuada a la
cultura religiosa de todo el mundo oriental... Ante las imposiciones
coactivas de las autoridades acerca de la práctica de la fe, ellos afirmaron
su libertad para creer, sosteniendo con humilde valentía que la religión
cristiana era la única cosa que no podían abandonar, pues no podían
desobedecer al supremo soberano: el Señor. Además afirmaron con vigor su
voluntad de lealtad a las autoridades del país, sin contravenir a todo
aquello que fuera justo y recto, y enseñaron a respetar y venerar a los
antepasados, según las costumbres de su tierra, a la luz del misterio de la
resurrección. La iglesia vietnamita, con sus mártires y mediante su
testimonio, ha podido proclamar su voluntad y su compromiso de no rechazar
la tradición cultural y las instituciones legales del país; al contrario, ha
declarado y demostrado que quiere encarnarse en ella, contribuyendo con
fidelidad a la verdadera edificación de la patria".
También hoy se trata de conciliar nuestra tradición cultural y la fidelidad
cívica con la profesión de una vida inspirada en el evangelio de la cruz,
sin concesiones y, si es necesario, hasta el heroísmo.
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