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23 de Noviembre 
SAN CLEMENTE I, papa y mártir

(siglos I-IV)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Clemente, venerado ya a fines del siglo IV, según Jerónimo (392), en el "titulus Clementis", y denominado "sacerdos et martyr" en los distintos formularios del sacramentario veronense, perpetúa un culto muy difundido no sólo en Roma, sino también en África, Galia, España e incluso en Bizancio. El misal tridentino hacía memoria de la passio romana de san Clemente, compuesta a finales del siglo V en latín, que coloca a Clemente en tiempos de los emperadores Nerva y Trajano. En esta segunda pasión, independiente de la primera, de origen sirio, se hace de Clemente el sucesor inmediato de san Pedro. Se trataría del papa condenado al destierro en la península de Crimea. Muchos detalles legendarios han sido reflejados en el ábside de su basílica, donde Clemente aparece junto a san Pedro con el ancla con la que habría sido arrojado al mar para que no lo repescaran los cristianos.
Según el testimonio de Ireneo (AH III,3,3), Clemente sería el tercer sucesor de san Pedro y testigo de la tradición de los apóstoles, como puede argüirse de su carta escrita desde Roma a los Corintios para reconciliarlos en la paz en un momento de grave disensión interna en la comunidad. Es seguro que Clemente no se identifica con el mártir Tito Flavio Clemente, miembro de la casa imperial de los Flavios. Tampoco es cierta, si bien verosímil, la identificación con el Clemente que Pablo llama colaborador suyo, identificación que Orígenes y luego Eusebio y Jerónimo aceptaron como auténtica, aun ignorando su martirio. Pero el documento de la carta citada por Irineo, así como por Hegesipo y Dionisio de Corinto, testimonia la autoridad del obispo de roma, entre el 92 y el 101, que interviene por vez primera en las contiendas de otra Iglesia y trata de conciliar los ánimos recomendando el respeto de la jerarquía eclesiástica en la diversidad de cada una de sus funciones. Una inscripción en la basílica de San Clemente, contemporánea de Rufino, mandada poner por el papa Siricio (+ 399), sería una noticia cierta de su martirio, que al menos a finales del siglo IV era compartida en Roma, aunque la tumba sea conocida al fin del siglo V. En cambio, la fecha del 23 de noviembre se remonta al martirologio jeronimiano, que atestigua su aniversario litúrgico desde una época muy antigua, y cuyo centro era el título de Clemente.

Mensaje y actualidad
La colecta retoma el texto solemne del sacramentario veronense, donde, tras un preámbulo en el que "Dios es celebrado como admirable en la gloria de sus santos", se hace memoria del papa san Clemente I, "sacerdote y mártir de tu Hijo, que dio testimonio con su muerte de los misterios que celebraba y confirmó con el ejemplo lo que predicó con su palabra". No se da crédito alguno al relato de la passio legendaria, según el cual el primer discípulo de Pedro y su sucesor en la cátedra romana habría resistido en la persecución de Trajano y habría sido condenado a trabajos forzados, trabajando en las canteras de mármol con muchos prisioneros (hizo brotar para ellos agua de la roca), y luego habría sido arrojado al mar con un ancla atada al cuello (la prosecución del milagro hace ir el cuerpo por sí solo a descansar en la tumba marmórea aparecida en el mar, que se retiraba todos los años durante siete días). El texto, en cambio, nos insta a comprender el vínculo existente entre los misterios litúrgicos y el anuncio del evangelio. En efecto, la carta de Clemente, que tenemos en el oficio de lectura, el primer documento papal que poseemos, escrito quizá mientras vivía aún el apóstol Juan, nos da fe de la solicitud de este papa por devolver la unión a la Iglesia de Corinto, fundada por Pablo. Podemos considerar este mensaje como dirigido a nosotros: "Los miembros más ínfimos de nuestro cuerpo son necesarios y útiles a la totalidad del cuerpo; más aún, todos ellos se coordinan entre sí para el bien de todo el cuerpo. Procuremos, pues, conservar la integridad de este cuerpo que formamos en Cristo Jesús, y que cada uno se ponga al servicio de su prójimo según la gracia que le ha sido asignada por donación de Dios".
Éste es el "hombre apostólico", como lo llama Ireneo, porque "escuchó directamente la doctrina de los apóstoles", que, aunque sólo sea en el contexto de una guía colegial de la Iglesia romana, es presentado con finalidad apologético como el único obispo de Roma. Éste es el escritor al que se le atribuyen algunas obras antiguas, además de la llamada Segunda carta de Clemente, que es la homilía más antigua de la Iglesia subapostólica, como las Constituciones apostólicas, es decir, la más grande compilación litúrgica y canónica de la antigüedad. Sigue siendo también para nosotros el maestro de la verdadera sabiduría evangélica, porque nos enseña que el testimonio de Cristo exige la concordia con el ministerio eucarístico de los apóstoles. En efecto, en su carta 44,4 declara que la "presentación de las ofrendas" es la función m´sa importante de los presbíteros, que han recibido sus poderes de los apóstoles y no de la comunidad; y que los apóstoles actuaron en conformidad con las indicaciones de Cristo, el enviado de Dios; más aún: que los numerosos mártires que, junto con los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo, fueron sacrificados en Roma "estuvieron acordes con ellos y no sólo simplemente asociados en el suplicio".
El hecho de que la leyenda se haya convertido en parte de la iconografía en la iglesia inferior de San Clemente, construida sobre la antigua domus-ecclesia, que llevaba el nombre de un Clemente, no puede ser separado del relato del descubrimiento de las reliquias de este santo por parte de San Cirilo, enviado como misionero a Crimea por el emperador bizantino. Él llevó esas reliquias a la basílica de san Clemente, que se convirtió en su mismo sepulcro. Roma y el mundo greco-eslavo parecen así ecuménicamente unidos en este culto, ya que a la primera intervención de un papa en la Iglesia de Oriente se asocia también la primera misión autorizada por Roma para la conversión del mundo eslavo a través de los apóstoles griegos Cirilo y Metodio. Literatura, arte sacro y liturgia contribuyen a dar relieve a este tercer sucesor de Pedro.
 

 

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