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17 de Noviembre
SANTA ISABEL DE HUNGRÍA, religiosa
(1207-1231)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de santa Isabel, muerte en Marburgo (Turingia) el 16
de noviembre de 1231 y canonizada en 1235 en Perugia, inscrita en el
calendario en 1474, ha sido trasladada al día de su sepultura, por la
coincidencia con la de santa Gertrudis.
Nacida en 1207 en el castillo de Saros Patak, en Hungría, Isabel, hija de
Andrés II, rey de Hungría, es decir, perteneciente al país desde el que
durante siglos partieron las hordas que devastaron a Europa, fue prometida
en matrimonio a los cuatro años a Ludovico IV, landgrave de Turingia, del
cual, tras la celebración de las nupcias a los catorce años, tuvo tres
hijos. En 1227 perdió al marido, que durante la cruzada, en la comitiva de
Federico II, murió viajando por Italia a causa de una epidemia, dieciocho
días antes del nacimiento de su última hija, Gertrudis. Entonces la duquesa,
que se quedó viuda con apenas veinte años, dejado el castillo de Wartgurg,
de la corte ducal, se dedicó a una vida extraordinaria de caridad, fundando
un hospital en honor de san Francisco de Asís en Marburgo, después de haber
rechazado las segundas nupcias, aconsejadas por su tío, obispo de Bamberg.
La leyenda dice que fue expoliada de todas sus posesiones por el hermano de
su marido. Lo cierto es que renunció al derecho de sustento por temor a
recibir su alimento de la odiosa exacción de los pobres, tal como se
practicaba en la corte de los príncipes de su tiempo. Bajo la rígida
dirección del maestro Conrado de Marburgo, luego arzobispo de Bamberg,
vistió el hábito gris de las terciarias de la orden de san Francisco,
renunciando por obediencia a entrar en un monasterio. No obstante, vivió los
últimos cuatro años en el hospital mantenido por ella con los bienes que se
le habían adjudicado de nuevo, prestando su humilde servicio a los enfermos
con el despego más absoluto, después de haber confiado a Dios sus hijos,
ante todo porque no podía educarlos según el rango noble, afrontando
maledicencias y desprecios. Murió a los veinticuatro años, siendo venerada
inmediatamente por el pueblo.
La iconografía ha divulgado su culto en el arte, entre otras cosas con una
imagen donde aparece con una corona en la cabeza y con el manto real; así la
pinta, en la basílica de Asís, Simone dei Martini. La leyenda la representa
asimismo mostrando un ramo de rosas a su marido, en virtud de una
metamorfosis de los dones o panes para los pobres ocurrida milagrosamente
para permitirle salir airosa del paso. Como en la biografía de Conrado de
Marburgo no se hace mención de este prodigio, cabe suponer que pertenece a
la biografía de la otra homónima Isabel, reina de Portugal, donde
encontramos una situación del tipo descrito por la leyenda. Desde el siglo
XIII es patrona, con san Luis IX, de la tercera orden franciscana.
Mensaje y actualidad
La nueva colecta evidencia, a diferencia de la anterior, que estaba centrada
en el tema del desprecio del mundo, el carácter principal de esta duquesa.
En efecto, se invoca a "Dios, que concedió a santa Isabel de Hungría la
gracia de reconocer y venerar en los pobres a su Hijo Jesucristo". En pleno
invierno, voluntariamente errante, llamó a la puerta del convento
franciscano de Eisenach, pidiendo que se cantara el Te Deum por haber sido
digna de participar en la pobreza de Cristo. Después de haber agotado las
provisiones para sostener su hospital y ayudar a los pobres, el viernes
santo de 1228, con la mano sobre el altar desnudo en una capilla de la
ciudad de Eisenach, en presencia de algunos religiosos "renunció a sus
parientes, a sus hijos, a su propia voluntad, a todas las pompas del mundo y
a las cosas que el Señor aconseja abandonar". El agudo sentido que tenía de
los derechos del pueblo y de las injusticias señoriales le hacía observar
ayunos hasta pasar hambre. En la carestía de 1225 estuvo al lado de los
pobres, distribuyendo incluso las reservas de trigo de su ducado y vendiendo
sus propios ornamentos principescos. La buena gente la llamaba "mamaíta",
entre otras cosas porque soportaba todos los disgustos y tribulaciones con
alegría. Hoy se cree que la reina, sin formar siquiera parte de la tercera
orden franciscana, es digna de admiración por haber tenido el valor de
practicar la pobreza y caridad heroicas, contra el parecer de su confesor,
que le prohibía tales gestos.
La intercesión de la colecta pide que también nosotros sirvamos "con amor
infatigable a los humildes y a los atribulados". Seducida por la pobreza
franciscana, a esta princesa de Turingia le gustaba vestirse de mendiga y
decía: "Así iré cuando mendigue, y sufriré las adversidades por amor de
Dios". En efecto, visitaba a los indigentes en sus mismos tugurios, haciendo
los vestiditos para los niños pobres que ella amadrinaba en el bautismo; y
con sus propias manos vestía a los desventurados difuntos. En un mandatum
del jueves santo reunió a algunos leprosos y les besó los pies.
b) En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión,
se evidencian de nuevo estos temas. Isabel es también un modelo de la
espiritualidad de las cruzadas (de las que eran excluidas las mujeres),
tomando la cruz al dedicarse a las obras de caridad: "hostiatim mendicare"
(mendigar casa por casa) era un "officium humanitaris".
La actualidad de esta duquesa terciaria franciscana puede redescubrirse en
las palabras del oficio de lectura, escritas por su confesor, Conrado, que
la dirigió con mano férrea, y quizá también inflexiblemente severa, en este
camino de desprendimiento de si, para reprimir cualquier tendencia natural
que descubría en ella, hasta privarla incluso de las dos amadas sirvientas
que le habían quedado: "Afirmo ante Dios que raramente he visto una mujer
que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que
algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la
intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de
sus ojos salían como rayos de sol". Esta franciscana en el espíritu y en la
vida es el símbolo perenne de la conciliación aparentemente imposible entre
la práctica de la pobreza evangélica y la vida aristocrática, que hoy
llamaríamos de alto rango.
El acontecimiento de su canonización por parte del mismo papa Gregorio IX,
que tres años antes (1228) había canonizado a san Francisco, representa no
sólo la exaltación del ideal franciscano en el corazón de la vida cortesana,
sino también del valor de una viudez abrazada como respuesta franciscana a
la "misericordia Providencia" en el servicio de los humildes. También
nosotros podemos unirnos no sólo por memoria histórica, sino por una toma de
conciencia de la radicalidad evangélica, a la celebración de sus virtudes,
como hizo Federico II, que presidió el cortejo imperial para la sepultura de
Isabel. Él escribió a fray Elías, sucesor de san Francisco: "La verdadera
Isabel, tan amado de Dios, de estirpe ilustre, iluminó la oscuridad de este
mundo como la estrella matutina".
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