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16 de Noviembre
SANTA GERTRUDIS, virgen
(1256-1302)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de santa Gertrudis, muerta en la abadía de Helfta
(junto a Eisleben, en la Turingia septentrional) el 17 de noviembre de
1301/2 y que sin canonización formal fue inscrita primero en el martirologio
en 1678 y después en el calendario romano en 1738, ha sido anticipada por la
coincidencia con la memoria siguiente.
Nacida en 1256, Gertrudis entró a los cinco años en el monasterio de Helfta
fundado en 1229, que tenía la regla benedictina con la adopción de algunos
usos cistercienses, donde fue educada en todas las artes del tiempo (letras
clásicas, canto, bordado y miniatura) bajo la dirección de la abadesa
Gertrudis de Hackeborn (hermana de santa Matilde). a los veintiséis años,
por intervención divina, fue introducida en la vida contemplativa y mística,
atraída por la espiritualidad litúrgica propia de la regla benedictina y por
la espiritualidad de san Bernardo; en el amor hacia el misterio de la
encarnación bajo la imagen del sagrado corazón, y hacia la eucaristía, donde
aconsejó la comunión frecuente. Sus obras son: el "Legatus divinae pietatis",
en cinco libros, de los que sólo el segundo es de su mano, y los "Exercitia",
que son meditaciones sobre las grandes horas de la vida cristiana y
monástica. Sólo en 1536 fueron redescubiertas sus obras y la piedad
gertrudiana fue dada a conocer en Europa; dos siglos más tarde fue
reavivada, en concomitancia con la difusión del culto del sagrado corazón.
En una carta de indulgencia colectiva para san Ansgario de Brema, en 1360,
se hace mención de la fiesta de santa Gertrudis.
2. Mensaje y actualidad
a) La colecta, modificada en la parte final de la intercesión, hace
referencia a dos temas esenciales que configuran a esta gran mística
medieval alemana. En la primera frase se pide: "Oh Dios, que hiciste del
corazón de tu virgen santa Gertrudis una gozosa morada para ti, por su
oración y sus méritos, ilumina las tinieblas de nuestro corazón". La
experiencia que ella hizo de unión tan íntima con Cristo fue tal, que Jesús
mismo declaró a la maestra de noviciado (santa Matilde): "Si me quieren
hallar, buscadme en el corazón de Gertrudis". En la visión que tuvo a los
veintiséis años, cuando se convirtió, despidiéndose incluso de sus estudios
y del arte para abandonarse al amor de Dios, cuenta que Cristo,
apareciéndosele, le dijo: "Te quiero salvar y liberar. Hasta ahora has
comido con mis enemigos el polvo de la tierra y absorbido de las espinas
terrenas algunas gotas de miel. Ven a mí, que te quiero embriagar en el río
de mis divinas delicias". Y como entre ella y el Señor se hubiera
interpuesto un espeso seto de espinas, Jesús lo levantó y le hizo ver de
cerca las heridas de las manos, resplandecientes como joyas, tomándola
después por la mano. "Desde entonces en adelante mi alma se sintió alegre y
serena, y empecé a seguir el perfume de tus bálsamos, y comprendí pronto que
el yugo de tu amor, que antes me parecía insoportable, es suave y ligero".
Esta monja, que fue justamente llamada "la Grande", por las revelaciones que
el Señor le hizo de su corazón se anticipó, ya en el siglo XIII, a los
grandes apóstoles de la devoción al corazón de Jesús, como san Juan Eudes y
santa Margarita de Alacoque.
La segunda parte de la colecta ruega a Dios nos conceda "experimentar con
alegría su presencia y su acción entre nosotros". Desde el mismo momento de
su conversión, Gertrudis hizo un continuo progreso hacia el goce de Dios,
dejando sus curiosidades profanas para vivir la Escritura, de los Padres
como Bernardo, Agustín y Gregorio Magno, y sobre todo la liturgia, como nos
confirma en sus siete "Ejercicios", que son meditaciones distribuidas según
las horas del oficio divino. El primer ejercicio es para recuperar la
inocencia bautismal; el segundo, para la conversión espiritual; el tercero,
para los desposorios y la consagración; el cuarto, para la renovación de la
profesión religiosa; el quinto, para el ejercicio en el amor de Dios; el
sexto, para la alabanza y acción de gracias; el séptimo, para la expiación
de los pecados y la preparación para la muerte.
b) La oración sobre las ofrendas, tomada del común de las vírgenes, pide al
Señor "hacer fruto de esta ofrenda para que, a ejemplo de santa Gertrudis,
libres de la decrepitud del hombre viejo, recomencemos una nueva vida en
continuo progreso espiritual". En este texto se subraya la conversión que
caracterizó la vida de esta santa. En efecto, ha escrito que "primero se
preocupaba de su alma lo mismo que de sus pies, viviendo como una pagana
entre paganos". Aunque tales frases parezcan exageradas, porque el ambiente
monástico en que vivió no era ciertamente mediocre (algunos dominicos
instruidos se cuidaban de la dirección espiritual), es verdad, no obstante,
lo que dice la misma Gertrudis. "Dios muestra una paciencia infinita para
soportar a los imperfectos, hasta que convierte su libre arbitrio". Es,
pues, lo que pedimos en esta oración. Lo mismo puede encontrarse también en
la oración que trae el oficio de lectura para alabar a Dios por tan profunda
conversión. La orgullosa literata de un tiempo se convirtió en una humilde
escolar.
c) Finalmente, en la oración después de la comunión, tomada del común de las
vírgenes, se pide al "Señor que la comunión del cuerpo y de la sangre de tu
Hijo nos aparte de las cosas caducas, para que... crezcamos, a lo largo de
la vida, en caridad sincera y podamos gozar en el cielo de la visión
eterna". La gran devoción de Gertrudis a la eucaristía, hasta exhortar a
hacer la comunión frecuente, junto con la gracia de los estigmas invisibles,
son un testimonio de esta continua experiencia de lo sobrenatural; tanto que
los ángeles, los santos y Cristo mismo parecían estar en contacto continuo
con ella y le hablaban como amigos y hermanos, anticipando así en algún modo
la dicha de la visión eterna.
La actualidad de la enseñanza mística de este "heraldo del amor divino",
según el título que le diera Cristo, se puede deducir del fragmento que nos
ofrece el oficio de lectura, tomado del segundo libro de las "Insinuaciones
de la divina piedad", en el que da gracias por haber sido atraída desde los
veintiséis años (de los cuarenta vividos en su abadía) a la intimidad con el
Señor: "No te contentaste con esto, sino que me hiciste el don inestimable
de tu amistad y familiaridad, abriéndome el arca nobilísima de la divinidad,
a saber: tu corazón divino, en el que hallo todas mis delicias". Es fácil
comprender que esta espiritualidad resulte siempre moderna y actual.
Gertrudis permanecía sentada muchas horas ante la reja del locutorio para
dar consejos. El Señor le declaró: "Quiero que tus escritos sean para los
últimos tiempos un testimonio irrecusable de mi divino amor".
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