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SAN JOSAFAT, obispo y mártir

(1580-1623)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Josafat, asesinado en Vitebsk (Bielorrusia o Rusia blanca) el 12 de noviembre de 1623, canonizado en 1867 e inscrito en el calendario en 1882, nos hace vivir una de las páginas más dramáticas del ecumenismo. En efecto, la venganza del rey por el delito de su muerte, motivado por el odio a su empeño de unir a los eslavo-rutenos a la Iglesia romana, fue despiadada y cruel (veinte decapitaciones de los jefes y condena de otros centenares), en un país como el polaco, bajo el serenísimo y devoto Segismundo III, donde los factores políticos se mezclaban con los religiosos.
Juan Kuncewicz, nacido de familia fiel a la ortodoxia - separada -, se convirtió a la Iglesia católica rutena unida, después de abandonar el comercio en Vilna, centro intelectual y religioso de los rutenos y que habían sido evangelizados por los griegos, los cuales, tras el cisma de Focio en el siglo X y de Miguel Cerulario en 1054, se habían separado de Roma para unirse a Bizancio. Uniéndose a los jesuitas, comprendió que sólo los monjes, como ascetas y cultivadores de la liturgia, podían convertir a los hermanos rutenos, que habrían podido unirse con los católicos, que ya desde el siglo XIV, bajo el dominio de la católica Polonia, habían creado diócesis latinas. En efecto, en un sínodo ruteno, celebrado en Bvzese (Brest-Litovsk), habían decidido la reunión de la Iglesia rutena con Roma (1595) con la probación de Clemente VIII. Juan entró en 1604 en el convento de los basilianos de la Santísima Trinidad en Vilna, tomando el nombre de Josafat, y con su amito Tutski emprendió la reforma de los basilianos.
Se dedicó a la predicación para convertir a los hermanos separados, componiendo un libro apologético que recogía sólo textos eslavos para la defensa de la unidad de la Iglesia (1617). Estamos en un contexto en el que tres Iglesias se repartían los países rutenos: los católicos latinos; los cismáticos griegos con sus poderosas confraternidades, que recibían el apoyo de Constantinopla y Moscú, y los católicos del rito uniata griego (mal vistos por muchos polacos, que desdeñaban las largas ceremonias orientales y al clero casado e ignorante). El nuevo religioso, que era el primer novicio del primer monasterio basiliano unido, el de la Santísima Trinidad, fue luego superior (igúmenos) y archimandrita.
Ordenado coadjutor del arzobispo de Polotsk y luego sucesor en la sede episcopal en 1617, Josafat, que vivía en un país cercano a Moscovia, donde había muchos cismáticos, sintió que su vocación era la de difundir la fe católica entre los rutenos, prodigándose durante diez años de manera incansable, tanto con sínodos y sanciones contra el clero indigno como con catequesis. Por ello suscitó violentas reacciones en la nobleza rutena, suplantada en la nómina de los beneficios eclesiásticos; en la burguesía, apegada al rito nacional, que temía la introducción de los usos latinos (la nobleza rutena se había pasado al rito latino), y también en el pueblo, indiferente a las cuestiones de jurisdicción teórica y refractario a la modificación litñurgica romana, considerada como una traición.
La ofensiva, que partía del patriarca bizantino de Jerusalén Teófanes III, de viaje hacia Ucrania hacia 1621, que había hecho consagrar a un metropolitano y a obispos cismáticos para todas las diócesis rutenas, encontró en el mismo gran canciller de Lituania (León Sapieha) un aliado contra Josafat, acusado de comprometer la paz social en un momento en que también Polonia, amenazada por los turcos y por Suecia, tenía necesidad de la ayuda de sus grandes vecinos ortodoxos. Por esta sospecha, que Josafat trató de disipar con la defensa de los uniatas (el fanatismo cismático se había impuesto también en grupo de facinerosos, instigados por los nobles y por disidentes griegos, cuando, después de haber asistido a los maitines en la catedral, había vuelto a casa. El cuerpo fue arrojado al río Dvina, con su cilicio lleno de piedras al cuello. Su cuerpo es venerado ahora - tras varios traslados - en la basílica vaticana bajo el altar de san Basilio.

Mensaje y actualidad
Las tres oraciones ponen de relieve el sacrificio de este mártir de la unidad de los cristianos, denominado por sus mismos adversarios "ladrón de almas".
a) La colecta invoca al Señor para que "avive en su Iglesia el Espíritu que impulsó a san Josafat, obispo y mártir, a dar la vida por su rebaño, y nos conceda, por su intercesión, que este mismo Espíritu nos dé fuerza a nosotros para entregar la vida por nuestros hermanos". Este mismo valor en ofrecer su vida fue el distintivo de toda su obra, acompañada por sermones y escritos. Además de la formación del clero, con frecuencia ignorante y venal (o casado en segundas o terceras nupcias), por el que hacía una apasionada súplica "Por el Dios inmortal, nosotros suplicamos a nuestros sacerdotes...", compuso un Catecismo elemental para su pueblo: promulgó cánones sinodales, restauró monasterios, persiguió a los detentores de los bienes eclesiásticos y defendió la ortodoxia con gran celo, hasta recurrir al poder temporal para tutelar los derechos de los rutenos unidos a la Iglesia católica. Cuando los bandidos allanaron su casa, defendió a sus familiares amenazados y golpeados, diciendo a sus verdugos: "Dios esté con vosotros, hijos míos; ¿Porqué herís a mis siervos? Si tenéis algo contra mí, aquí estoy". Y antes de morir, cuando cayó bajo los golpes del hacha y de la espada, dijo a los cismáticos: "Vosotros me odiáis a muerte, y yo os llevo en mi corazón y me alegraría mucho el morir por vosotros".
b) En la oración sobre las ofrendas el acento se desplaza sobre nosotros, para que "Dios fortalezca a su pueblo en la fe, que confirmó a san Josafat con el derramamiento de su sangre". En efecto, fue mal interpretado por sus adversarios, que creían latinizar a los rutenos uniatas, cuando de hecho, conocedor sólo de las lenguas eslavas y no del latín, no quiso jamás renunciar para sí y para sus fieles a las costumbres eslavo-bizantinas y a la religiosidad oriental. La verdadera fe, pues, defendida en aquel contexto histórico difícil, en el que muchos creían que lo católico y latino eran la misma cosa. Su obra sobre la defensa de la unidad de la Iglesia (1617) era la expresión de la justa concepción de la ortodoxia, que no estaba ligada a la cultura latina con preferencia a la griega o eslava. El fragmento de la encíclica Ecclesiam Dei, de Pío XI, para el tercer centenario del martirio de Josafat (1923), que nos ofrece el oficio de lectura, recuerda esa justa posición ecuménica: "... entretanto, preocupado principalmente por la unión de sus conciudadanos con la cátedra de Pedro, buscaba por doquier toda clase de argumentos que pudieran contribuir a promover y confirmar esta unidad, sobre todo estudiando atentamente los libros litúrgicos que, según las prescripciones de los santos Padres, usaban los mismos orientales separados".
c) La oración después de la comunión hace referencia explícita al tema ecuménico, pidiendo "que, a ejemplo de san Josafat, gastemos generosamente nuestra vida por la extensión y la unidad de la Iglesia". Este ladrón de almas, aunque sin violencia, que defendió la Iglesia uniata mal vista por la nobleza por considerarla demasiado democrática, con su utopía de querer unir a griegos y latinos de todas las clases, frente a la actitud permisiva del gran canciller de Lituania supo defender a su Iglesia con valentía, sabiendo perfectamente que su fidelidad al rito oriental era interpretada como un hipocresía, siempre con el recelo de aquella latinización que sin duda algunos fautores de la unión podían buscar. El hecho de que él, desde el tiempo en que se trabajaba como aprendiz de comerciante en Vilna, frecuentara el mísero monasterio de la Trinidad, en lugar de la iglesia ortodoxa, mucho más frecuentada y organizada, y de que luego pidiera entrar en este monasterio casi en estado de total abandono, demuestra su preferencia no sólo por el tipo de vida monástica oriental, sino también por la fe católica, considerada por él como único camino hacia Dios. Quiso instaurar un método más fácil para hacer participar a los fieles en prescripciones del rito oriental, que habían de observarse incluso si no había un solo fiel en la iglesia. Un monje que se resistió tenazmente a la elección episcopal, querida por su amigo Rutski, por espíritu de humildad, y que llegó a empeñar el palio obispal para socorrer a una viuda, no puede ser tachado de anticumenismo; tanto más cuanto que, poniendo en práctica la idea de la colegialidad episcopal, cuidó los intereses religiosos incluso más allá de los confines de sus obispos reunidos (Polotks, Witebs, Mstislaw). Si acudió a la ayuda de la autoridad secular, no abusó nunca de este derecho considerado por él como deber; más aún, no cesó jamás de amar a sus adversarios.
La actualidad ecuménica de este mártir de la unidad católica que, remitiéndose a la doctrina de los Padres (Ambrosio y Crisóstomo), luchó contra toda tentativa de ceder las iglesias católicas a los ortodoxos, debe prescindir de las lamentables reacciones a la hora de su muerte, que llevaron a la feroz represión que privó a su ciudad de sus derechos y de sus privilegios; por ello no puede ser valorada con los criterios de su tiempo, en el que el sínodo ruteno de 1595, en el que estaban presentes observadores ortodoxos de Moscú, no parecía animado por ese espíritu ecuménico que nosotros hemos restablecido hoy con el concilio Vaticano II. Mas sigue siendo válida para nosotros su aspiración a la unidad de las Iglesias, buscada con el diálogo entre hermanos separados, en el respeto absoluto de la diversidad de los ritos y tradiciones, afirmando con humildad pero sin concesiones que la fe católica nos exige a nosotros los occidentales, la relativización del rito romano, así como a los ortodoxos el reconocimiento de que la liturgia oriental no es un monopolio de las Iglesias ortodoxas ahora separadas.
 

 

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