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SAN MARTÍN DE TOURS, obispo

(317-397)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Martín de Tours, muerto en Candes (cerca de Tours) el 8 de noviembre del año 397 y enterrado en su ciudad episcopal, se difundió en Roma desde el siglo VIII y en toda la alta Edad Media el día de su sepultura (11 de noviembre), con un culto tan extendido en Galinaria que, en tiempo de san Gregorio de Tours, era el único patrono de Francia.
Martín, nacido en el año 317 (sólo tres años después del edicto de Milán), según la Vida escrita por Sulpicio, en Panonia (Sabaria, Hungría), de un tribuno romano, fue educado en Pavía; luego hubo de enrolarse en la guardia imperial. En el año 334 se recuerda su gesto más conocido: la entrega de la mitad de su capa a un pobre en la puerta de Amiens. En el año 337 fue bautizado, después de seis años de catecumenado. Atraído por Hilario de Poitiers, aceptó ser únicamente exorcista y no diácono. Durante el destierro de Hilario a causa de los arrianos, Martín volvió a Panonia, donde convirtió a su madre. Fue primeramente a Iliria, y después a las cercanías de Milán; por último, a la isla de Gallinara, para entrar en la vida monástica, pero lo rechazó el obispo arriano. A la vuelta de Hilario, regresó a Pitiers, y después hizo vida eremítica en un eremitorio, que se convirtió en el monasterio de Ligugé, el más antiguo de toda Europa, al objeto de conciliar la vida eremítica con la evangelización de la campiña.
Tras resucitar a un catecúmeno, hecho que le ganó fama de taumaturgo, fue elegido obispo de Tours en el año 371, dedicándose, con el apoyo del emperador Graciano (375-383), a la evangelización misionera incluso en las regiones más distantes de su Iglesia; demoliendo los templos paganos y enviando monjes sacerdotes del monasterio que había fundado en el año 375 en Marmoutiers, junto a la sede episcopal. Convirtió a Paulino de Bordeux, Sulpicio Severo y muchos otros, atraídos a su monasterio, que fue siempre el lugar ideal de su vida monástica y centro del movimiento monástico galo-franco a lo largo de los siglos.
Por sus valiente intervenciones ante los agentes imperiales, Martín contribuyó, como Ambrosio en Milán, a establecer un derecho de control por parte de la Iglesia sobre el Estado en nombre del evangelio. Tuvo que sufrir perversos ataques de obispos por su capitulación hecha en Tréveris, comulgando con los obispos perseguidores que habían hecho asesinar a algunos priscilianos recurriendo al poder civil, y de sus sacerdotes, que no compartían el estilo de vida austero del clero formado por él, así como por las rivalidades de supremacía entre las diferentes Iglesias. Mientras se dirigía a una parroquia rural a pacificar al clero dividido, fue sorprendido por la muerte. Con los brazos elevados al cielo en actitud de plegaria pronunció estas palabras: "Tú (demonio), maldito, no encontrarás en mí nada que te pertenezca; el seno de Abrahán está por recibirme".
La iconografía y el folclore de la tradición agrícola han contribuido a hacer de Martín uno de los santos más populares y amados. En su fiesta, que se celebra ya avanzado el otoño (en el hemisferio norte), con un recuerdo implícito del período en que el imperio romano estaba para desaparecer, cuando el sol está cubierto por las nieblas, la tradición popular agrícola ha inventado un milagroso verano de san Martín, porque en la naturaleza que se despoja de árboles y hojas el vino nuevo degustado tras la vendimia simboliza el fruto de las virtudes cristianas.

Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa son en parte nuevas, porque las anteriores, que eran propias, se habían convertido en comunes para los confesores.
a) La colecta, elaborada en base a los pasos de la Vita Martini, que se usan también en las antífonas de la liturgia de las horas, pone de relieve ante todo que "Dios ha sido glorificado con la vida y la muerte de san Martín", y ruega que renueve también "en nuestros corazones las maravillas de su gracia, para que ni la vida ni la muerte puedan apartarnos de su amor". En efecto, Martín (quizá diminutivo de Marte, dios de la guerra) aparece como el tipo completo de la santidad, porque fue monje y al mismo tiempo obispo, misionero y taumaturgo, que proponía que el modelo de la vida ya no era el mártir, sino el confesor, cuyo testimonio consistía en la ascesis monástica vivida entre el pueblo. En esta "vida confesora", que es la nueva forma de martirio, el primer acto simbólico es el gesto realizado por Martín camino de Amiens: Cristo, cubierto con la mitad de la capa militar dada al pobre, le hizo oír en sueños estas palabras: "Martín, todavía catecúmeno, me ha cubierto con esta capa". Su acción misionera se extendió más allá del país de los turones, especialmente en el campo, hasta el punto de que en las tradiciones del alto medioevo su presencia es señalada en todos los rincones de Francia. Así, fundando monasterios en general pequeños, que se convirtieron en hogares de vida cristiana para aquellos que deseaban vivir conforme a sus ejemplos, contribuyó a la evangelización de la Galia rural en los siglos IV y V.
El tema del descubrimiento de Cristo en los hermanos pequeños, evocado por el evangelio y la antífona de la comunión (Mt 25,31-40), se asocia al otro tema del testimonio de la muerte, relatada por su biógrafo según el modelo de la vida de Pablo, "gloria de los sacerdotes", frente al clero y al pueblo apenados por su partida y temerosos de los lobos rapaces para la grey, no hizo ninguna opción para sí, porque "no tembló ante la muerte ni rechazó la vida"; y, a punto de morir, dijo: "Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad". Por eso Martín, "con los ojos y las manos continuamente levantados hacia el cielo, pobre y humilde, entró en el cielo cargado de riquezas". Por eso mismo la antífona del Magníficat en vísperas puede cantar: "¡Oh bienaventurado pontífice, que amaste con todo tu corazón a Cristo rey y no temiste los poderes de este mundo! ¡Oh alma santísima, que, sin haber sido separada de tu cuerpo por la espada, has merecido, sin embargo, la palma del martirio!". Justamente su vida, encerrada entre estos dos momentos: el inicial del catecúmeno y el terminal de la muerte, es el prototipo del confesor en un tiempo de libertad religiosa en que el testimonio pasaba del martirio a la vida entera.
b) La oración sobre las ofrendas nos hace pedir: "Santifica, Señor, los dones que te presentamos con gozo en la fiesta de san Martín; que ellos orienten nuestra vida en medio de los bienes y males de este mundo". Se evocan aquí los viajes de aquel que, contemporáneo de san Ambrosio, emuló su celo, convirtiéndose en uno de los fundadores de la Iglesia de la Galia. En efecto, con valentía de estilo militar luchó contra la herejía, la idolatría y cualquier otra forma de superstición, encontrando obstáculos y fracasos. Por ejemplo, cuando, al volver a Panonia, logró convertir a su madre y no a su padre, que permaneció pagano, y hubo de abandonar su pueblo tras muchas humillaciones, incluida la fustigación por parte de los arrianos; cuando en Milán, proponiéndose llegar vida eremítica en la periferia de la ciudad, fue expulsado por el obispo arriano Auxencio. En el oficio de lectura, donde se lee el relato de Sulpicio Severo sobre su muerte, somos invitados a admirar esta paz incluso ante la muerte, narrada en una dimensión eclesial: no se negó a partir para aquello embajada de paz a Candes, aunque no desconociese el fin de sus días, y dialogaba con su pueblo y con su clero: "Dejad, hermanos, dejar que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor".
c) Así este santo obispo, que en el himno de laudes es llamado "igual que los apóstoles" y que fue "famoso por sus milagros", es invocado en la oración después de la comunión para que "también nosotros vivamos el gozo de ser verdaderamente de Dios". Martín fue un monje perfecto, porque estaba totalmente dedicado a la lectio divina, que es la obra principal de la vida monástica. En el responsorio de la lectura hagiográfica se lee: "¡Oh tú, verdaderamente dichoso, en cuyos labios no hubo engaño, que a nadie juzgaste, a nadie condenaste! Nunca se encontró en su boca otra cosa que Cristo, la paz y la misericordia".
Este asceta y apóstol, hombre de oración, que cumplió el precepto evangélico dando parte de su capa a quien no la tenía; que mientras celebraba la misa se despojó rápidamente para vestir a un mendigo; que condenó las tesis priscilianistas, pero fue comprensivo con los descarriados; que hizo innumerables milagros por ejemplo, el beso con que curó a un leproso en París, pero siempre por caridad, se nos presenta también hoy como un modelo actual. "Soldado a la fuerza, obispo por deber, monje por elección", nos recuerda que abandonarse a la voluntad de Dios significa arrepentirse siempre de las propias debilidades. Así hizo Martín cuando se reprochó toda la vida al compromiso de haber comulgado con aquellos obispos indignados y crueles; temiendo que se promulgaran otras sentencias capitales, cedió al emperador, que no quiso revocar los decretos de muerte a menos que participara en la consagración del nuevo obispo, Félix. En los comienzos del período constantiniano de la Iglesia imperial y de la religión de Estado, Martín es un ejemplo de coherencia: sentado a la mesa con el emperador, prefirió pasar el cáliz a un sacerdote antes que al mismo emperador.

 

 

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