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10 de Noviembre
SAN LEÓN MAGNO, papa y doctor de la Iglesia
(+ 461)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria del papa León, muerto en Roma el día 10 de noviembre,
testificada ya por el martirologio jeronimiano, ha sustituido a la otra
fecha del 11 de abril, que, según el Liber pontificalis, sería la de la
"sepultura" al año siguiente de su muerte, y que el martirologio de Beda
había difundido en la Edad Media. La fecha del 28 de junio, que al final del
siglo VIII había sido elegida para el traslado de su cuerpo a la misma
basílica de San Pedro a fin de que estuviera más a la vista, fue suprimida a
causa de un equívoco. En Oriente, la fiesta de santa Sofía de Constantinopla
era celebrada desde la antigüedad el 18 de febrero. El título de doctor de
la Iglesia se remonta sólo a 1754.
León, tal vez de origen toscano (nació entre el 390 y el 400), pero romano
por educación y mentalidad, se distinguió ya como archidiácono en tiempos de
Celestino I en el desempeño de importantes misiones en la Iglesia: tal vez
fuera el acólito que, en el año 418, llevó a Cartago la condena de los
pelagianos de parte del papa Zósimo. Como archidiácono indujo a Casiano a
escribir un tratado doctrinal sobre la encarnación contra los nestorianos,
que está dedicado a él (lo llama "gloria de la cátedra de Roma"). Durante el
concilio de Éfeso es destinatario de una carta de Cirilo de Alejandría que
informaba a la Iglesia romana de las ambiciones de Juvenal de Jerusalén. Por
consejo suyo, el papa Sixto III descubrió los engaños de Juan de Eclana,
abiertamente favorable a los pelagianos (439).
En el año 440, mientras estaba en la Galia, en la corte imperial, para una
delicada operación de reconciliación que evitaría una guerra civil entre
Ezio y Albino, fue llamado a suceder a Sixto III por el clero y el pueblo
romanos. Gobernó la cátedra de Pedro desde el 440 a 461. La obra de su
pontificado puede dividirse en dos períodos, marcados por acontecimientos
importantes. Por las noticias de su secretario, Próspero de Aquitania,
sabemos que fue un defensor de la fe contra los herejes: en el año 443
convocó en Roma una asamblea para desenmascarar los errores de la secta de
los maniqueos y sus libros fueron quemados; lo mismo hizo contra los
pelagianos, ya condenados con los nestorianos por el concilio de Éfeso en el
431; contra los priscilianistas, vástagos de los maniqueos, intervino en el
año 417, pidiendo que fueran condenados por un concilio nacional celebrado
luego en Galicia. También intervino en el ampo disciplinar en África,
azotada por la invasión de los vándalos arrianos, para determinar las
condiciones de las ordenaciones de los obispos. En la cuestión con Hilario
de Arlés, el año 445, transfirió la supremacía de la sede de Arlés a la de
Vienne, haciéndole, empero, justicia más tarde donde llamó a aquel pastor
"hombre de santa memoria".
El segundo período de su pontificado puede resumirse en la defensa del dogma
de la encarnación contra Eutiques, con las vicisitudes ligadas al concilio
de Calcedonia en el 451. Pueden condensarse así estas múltiples iniciativas:
doctrinales por el famoso Tomus a Flaviano; litúrgicas, con bastantes textos
del sacramentario veronense llamado también "leoniano", que se le pueden
atribuir a él; políticas, en las dos embajadas (a Atila, rey de los hunos,
en el 452, en Mantua; a Alarico, rey de los vándalos, en el 455, en Roma);
literarias y oratorias: noventa y seis tractacus o sermones en los primeros
cinco años de ministerio, y ciento setenta y tres cartas incluidas las
composiciones de la cancillería de Próspero de Aquitania. Por eso este papa
es sin duda el más importante del siglo V. En efecto, en un momento en que
el vetusto imperio romano estaba a punto de derrumbarse y nuevas doctrinas
seducían a los espíritus, dando vigor a las antiguas herejías, ejerció una
acción decisiva en el destino de la Iglesia y del Imperio, plenamente
convencido de su papel de sucesor de Pedro.
Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa que derivan del sacramentario veronense, configuran
tres aspectos de esta gran personalidad.
a) La colecta, remitiéndose al texto del evangelio (Mt 16,18: "Tú eres
Pedro") tantas veces comentado en sus sermones pide: "Oh Dios, tú que no
permites que el poder del infierno derrote a tu Iglesia, fundada sobre la
firmeza de la roca apostólica, concédele, por los ruegos del papa san León
Magno, permanecer siempre firme en la verdad para que goce de una paz
duradera". Ante todo, León, en un período calamitoso en que el imperio de
Occidente seguía disgregándose interna y externamente, cayendo en manos de
poderes regionales bárbaros, y en una época de la antigüedad que estaba a
punto de concluir, desarrolló la teología del primado, como subraya la
antífona del Benedictus en las laudes, defendiendo la continuidad y
soberanía de la función de Pedro en la sede romana. En este sentido, en el
oficio de lectura, podemos interpretar el discurso para el aniversario de su
ordenación episcopal, en el que León nos presenta una doctrina muy
desarrollada y casi moderna de su conciencia de ser heredero del primado de
Pedro pese a la consideración de su poquedad: "Habiendo sido el único
(Pedro) que recibió en su persona tanta abundancia de dones, nada pasa a los
demás si no es a través de él".
Ya se ha visto que intervenía con veredictos decisivos en las cuestiones no
sólo de las Iglesias de Occidente, incluso en el campo disciplinar, con sus
respuestas a consultas en caso de disputa, sino también de Oriente. Así, en
el caso del vicario apostólico con sede en Tesalónica, que gobernaba en
parte la Iliria oriental, aunque unida en algún modo al imperio de Oriente
(379), a quien León confirmó en sus poderes (que habían sido impugnados por
abusos de autoridad, pidiendo reunirlos con el patriarcado de
Constantinopla). Más tarde le reprenderá severamente Anastasio por su
conducta. Prescribió asimismo a los obispos que asistiesen sin hacerse
dispensar a un concilio al que habían sido convocados, salvo casos
justamente motivados. Su defensa de la ortodoxia contra las herejías, que a
pesar de las condenas seguían vivas (pelagianos, semipelagianos:
massilienses, arrianos, maniqueos, priscilianistas y paganos con creencias y
cultos, testimonia, por otra parte, su misión de garante de la tradición
católica.
Así actuó sobre todo en la controversia contra Eutiques, de la que son
prueba estos hechos: su carta dogmática (Tomus) al patriarca de
Constantinopla, con la afirmación de que "en Cristo hay una persona en la
duplicidad de la naturaleza divina y humana", subrayando también su carácter
soteriológico; su correspondencia con Flaviano, patriarca de Constantinopla,
que recurría a él para restablecer la paz tras la condena de Eutiques en el
concilio de Constantinopla de 448; el concilio de los obispos occidentales
reunido en Roma, después del rechazo de los legados enviados a Éfeso con la
protesta al emperador; las condiciones puestas para la convocación de un
concilio en Oriente reunido por Marciano (que había casado con la emperatriz
Pulqueria), para que se desarrollase ante sus legados (el papa estaba
amenazado por Atila en Italia) y evitara cualquier discusión sobre la fe,
limitándose a confirmar el concilio de Nicea y de Éfeso, dado que su tomo
había sido aceptado por todos; su petición de que el concilio, trasferido de
la hipotética sede de Nicea o Calcedonia, fuera presidido por Pascasio junto
con sus legados; por fin, la lectura de la famosa carta de León con la
acogida aclamatoria: "Es la fe de los apóstoles, es la fe de los padres, así
creemos todos... Pero ha hablado por boca de León"; su inflexibilidad contra
el patriarca monofisita de Alejandría, Timoteo. Son, todas, expresiones de
esta firmeza en la verdad de la fe.
Pero también en la cuestión del canon 28, que los orientales habían hecho
votar por instigación del ambicioso Anatolio, en que se concedían a la nueva
Roma privilegios iguales a los de la antigua, juzgando que debía tener la
misma importancia en el orden eclesiástico y conservar en todas las cosas el
segundo rango tras la antigua Roma. León, aunque había aprobado el concilio,
resistió a las diferentes catas que querían hacerle aceptar las pretensiones
de la nueva Roma, y afirmó la supremacía de la sede de Pedro, fundada en la
autoridad divina.
La oración recuerda asimismo el tema de la paz, que León promovió tanto en
el caso del metropolitano de Arlés como en el del patriarca de Jerusalén, el
usurpador Teodosio, contra el legítimo Juvenal, amenazado de muerte, pero
luego restablecido y confirmado por el papa, que le reprendía por su pasado
culpable y se mostraba indulgente de cara a un porvenir de penitencia; en el
caso del vicario Anastasio de Tesalónica, que fue privado de su cargo,
aunque había sido reconfirmado antes por él; y, por fin, en el caso del
citado canon 28, para evitar peligrosas rivaliades entre las sedes
patriarcales más importantes. También en sus embajadas a los reyes que
amenazaban a Roma: logró, en Mantua, por ejemplo, que Atila se retirase
pacíficamente de Italia (452), y que Genserico, que ya se había apoderado de
Roma en el 455, no matase a nadie ni incendiara la ciudad.
b) En la oración sobre las ofrendas rogamos al Señor que ilumine a su
Iglesia, "para que su rebaño se multiplique en todo el mundo y sus pastores,
conducidos por ti, actúen siempre según tu corazón". León fue modelo de su
grey también defendiendo a los débiles y ultrajados. Tal es el caso del
obispo Flaviano de Constantinopla, pisoteado por los monofisitas hasta
hacerlo sangrar, y el de otros obispos sufragáneos despojados por los
bárbaros. Su primera preocupación fue que las Iglesias no se desviaran de la
fe; sin embargo, se mostró como un pastor condescendiente y dispuesto a
retractarse, como en el caso de Hilario de Arlés, y en la carta escrita a
los monjes palestinos, que habían apoyado al ambicioso Teodosio contra
Juvenal por ser autiquianos, invitándoles al arrepentimiento. Asimismo se
mostró como pastor conciliador en la cuestión de la fecha de la pascua,
celebrada el 24 de abril por el obispo de Alejandría y por los demás
orientales, mientras que el papa prefería que fuese el 17 de abril, cediendo
por motivos de paz, pese a que Próspero de Aquitania, en su Crónica, lo
censurara por su condescendencia, motivada sólo por la importancia atribuida
a la celebración en un mismo día de la fiesta de la resurrección en todos
los lugares (las reglas del concilio de Nicea del año 325 encontraban
dificultades en su aplicación).
c) El tercer tema expresado en la oración después de la comunión está
centrado en la petición: "Gobierna, Señor, a tu Iglesia..., para que,
dirigida por tu mano poderosa, tenga cada vez mayor libertad y persevere
firme al servicio de la fe". León instituyó nuevas fiestas cristianas para
sustituir a las antiguas, paganas, entre ellas la fiesta de la cátedra de
Pedro. Sobre todo dio gran relieve a la fiesta de navidad, que él, casi
cincuenta años después de que Agustín en la carta 55 a Jenaro declarara que
no se celebraba in sacramento, consideró, en cambio, como un "misterio de
luz", porque nos pone en contacto con las primicias del sacramentum paschale.
En lo que concierne a los ayunos de las "cuatro temporas", León confirma su
significado, que distribuye a lo largo de todo el año estas penitencias y
abstinencias según las cuatro estaciones, que debía invitar a la austeridad
de la vida cristiana.
Por esto este papa, además de ser hombre de la tradición doctrinal y
promotor de la paz, fue también asertor de perfecta libertad, manteniendo,
empero, la integridad de la fe. En el caso de Timoteo Eluro, que había
provocado una rebelión, llegando a apoderarse de la sede de Alejandría en el
457, León, al escribir al emperador León el Tracio, exponía de nuevo una
clara y completa doctrina sobre el dogma de la encarnación, defendiéndola
contra los ataques tanto de los eutiquianos como de los nestorianos,
alegrándose después en sus últimas tres cartas de respuesta los diez obispos
que habían ordenado al sucesor ortodoxo de Eluro, con himnos de gracias y
con prudentes consejos para el porvenir. Precisamente, en virtud de esta
acción de libertad pacífica, la Iglesia llegaría a gozar de un período de
paz de dieciséis años.
La actualidad de este mensaje para nosotros y para nuestro tiempo está
expreada en la antífona del Magníficat en las vísperas, donde se canta: "En
toda la Iglesia, Pedro afirma cada día: ´Tú eres el mesías, el hijo de Dios
vivo´" . El testimonio de este papa, promotor de la unidad eclesiástica en
torno a la fe del misterio cristológico, es creador de paz y de fidelidad si
también nosotros escuchamos a Pedro, que sigue proclamando la fe en el
magisterio de sus sucesores. "Como vale para siempre lo que Pedro creyó de
Cristo, así dura para siempre lo que Cristo depositó en Pedro" (sermón del
día de la elección).
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