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3 de Noviembre
SAN MARTÍN DE PORRES, religioso
(1579-1639)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Martín de Porres, muerto en Lima (Perú) el 3
de noviembre de 1639 y canonizado en 1962, fue introducida en el calendario
en 1969.
Nacido en Lima en 1579 de un noble caballero español perteneciente a la
orden de caballería de Alcántara y de una liberta negra con la que no se
casó (Ana Velázquez), este hijo natural (Martinico) era considerado como
"mulato" por el color de su piel. Fue educado cristianamente por su madre y
aprendió el oficio de practicante, con amplios conocimientos de farmacia y
cirugía. La madre se quedó en Lima con los dos hijos, porque el padre se fue
como gobernador a Panamá. Martín ejerció su profesión, con gran admiración
de todos los enfermos que curaba en su ambulatorio, antes de decidirse a
entrar en el convento de los hermanos predicadores con la demanda de
permanecer como simple hermano lego. En 1603, después de nueve años, fue
confirmada su admisión en la orden, y se dedicó, como enfermero, al servicio
de la comunidad conventual y de los enfermos que acudían a él, primero en el
convento y luego en un hospital apropiado en casa de su hermana. Instituyó
asimismo un orfanato, una mesa para pobres en el convento y otras obras
caritativas en toda la ciudad. El mismo virrey del Perú le ayudaba,
visitándolo en su celda. Murió consumido por la penitencia, atacado por el
tifus en 1639. Inmediatamente fue venerado por todos como un santo.
Mensaje y actualidad
La colecta, procedente del propio de los dominicos, caracteriza a este
santo: "Señor, Dios nuestro, que has querido conducir a san Martín de Porres
por el camino de la humildad a la gloria del cielo". El ejemplo de humildad
es sobresaliente en este laico, que, aun sintiendo correr sangre noble
española por sus venas y consciente de sus conocimientos y capacidades
profesionales, aceptó la humillación de ser un simple hermano lego, pues,
como mulato, ocupaba el último puesto en la jerarquía de la sociedad de su
tiempo, ya que en su misma orden el estado de mulato venía tras el de los
españoles, indios y negros. Por eso renunció a ser hermano coadjuntor o
sacerdote. En esta voluntaria humillación de hermano perteneciente a los
laicos de tercer orden (que eran considerados como verdaderos servidores y
no pertenecían a título pleno a la orden), Martín prefirió las tareas más
humildes, protegió a los esclavos y transformó su pobre enfermería en un
verdadero centro de pobres, hasta ser llamado por el pueblo "Martín de la
caridad". Su vida humilde y escondida no consiguió, sin embargo, evitarle la
fama de santo, por lo que muchos recurrían a él no sólo en busca de ayuda
médica, sino también de consejo. Incluso el virrey del Perú lo visitaba con
frecuencia en su celda, donde aprovechaba la ocasión para pedirle ayuda en
favor de los más pobres.
La oración alude a la visión de la gloria de Dios, en paralelismo antitético
con la vida humilde y escondida de este hermano converso. En efecto, era un
hombre de gran penitencia y de vida contemplativa, ya que rezaba largo
tiempo por la noche, disciplinándose tres veces, durmiendo en el claustro
del convento y llevando el cilicio incluso cuando le prescribieron una cama.
La interseción invoca que también a nosotros se nos conceda "la gracia de
seguir sus ejemplos, para que merezcamos ser coronados con él en la gloria".
En estas frases se siente la influencia del clima de la fiesta de todos los
santos y de la memoria de los difuntos; su muerte, que sigue a estas dos
celebraciones litúrgicas, recuerda la grandeza de este santo, que ya ha sido
proclamado "patrono de la justicia social" y "patrono de las semanas
sociales" del Perú. Fue honrado públicamente, en 1939, como el primer
ciudadano que asumió la tarea de resolver la cuestión social. En efecto,
Martín fundó un hospital donde no se hacía ninguna distinción de razas o de
clases, mientras que en los hospitales públicos de la capital se reservaba
un ala del edificio para cada clase social. Además logró crear el primer
colegio exclusivamente para niños pobres en América.
La actualidad de este ejemplo, independientemente de los episodios
prodigiosos que lo hicieron popular, se puede resumir de la homilía
pronunciada por el papa Juan XXIII el día de su canonización, que se
encuentra en el oficio de lectura: "Amaba a sus prójimos, porque los
consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más
qua a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y
perfectos que él". Es un programa de vida para todo cristiano que quiera
imitar a este santo, aprendiendo, como concluye la homilía del papa, "la
dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la
sumisión a sus divinos mandatos".
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