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24 de Octubre
SAN ANTONIO MARÍA CLARET, obispo
(1807-1870)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Antonio María Claret, muerto en la abadía
cisterciense de Fontfroide (Languedoc) el 24 de octubre de 1870 y canonizado
en 1950, fue introducida en el calendario romano en 1960.
Antonio María Claret y Clará, nacido en Sallent, diócesis de Vich, en
Cataluña, el mismo año en que Napoleón I invadía España en 1807, después de
una instrucción juvenil de tipo técnico-profesional conforme a la actividad
de su padre, que era tejedor, entró en 1829 en el seminario de Vich, donde
se encontró con Jaime Balmes, que llegaría a renovar el pensamiento
cristiano en España, y trabó amistad con él, aunque la orientación de
Antonio sería mas bien práctica. Ordenado sacerdote en 1835, a los
veintiocho años, en el momento en que empezaba la guerra carlista, fue
nombrado vicario de su parroquia natal. Luego se fue a Roma para ponerse a
disposición de la Congregación de Propaganda Fide. Tras abandonar el
noviciado de la Compañía de Jesús por una grave enfermedad, volvió a
Cataluña, donde fue nombrado párroco. Pero más tarde se dedicó a las
misiones rurales y a la predicación al clero, después de organizar su gran
apostolado por medio de la prensa (escribió más de ciento cincuenta libros).
El éxito de su apostolado (estaba dotado del carisma de la adivinación) le
ganó no pocos adversarios. Abandonó Cataluña, recristianizada por él durante
siete años, por las islas Canarias en 1848, donde transcurrió el año de las
revoluciones europeas (1848). A su vuelta se dedicó a la predicación durante
quince años, en un momento en el que la legislación revolucionaria había
disuelto las congregaciones y las órdenes religiosas. Mientras tanto, en
1849, reunió en Vich a cinco sacerdotes, sentando así las bases de la nueva
Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María.
Nombrado improvisamente arzobispo de Santiago de Cuba por sugerencia de la
reina de España Isabel II en 1850, se dedicó infatigablemente a su
ministerio episcopal: con visitas pastorales (cuatro en seis años); con la
condena de la esclavitud de los negros por parte de los patronos españoles;
con la regularización de los matrimonios irregulares, suscitando la reacción
tanto de los nacionalistas cubanos como de los propietarios conservadores.
Sufrió muchos atentados, salvándose una vez por milagro de una herida mortal
en la cara. En 1857 hubo de renunciar a la diócesis por haber sido llamado a
Madrid como confesor de la reina Isabel de España. Así, sin residir en la
corte, pudo influir en la elección de buenos obispos, organizar un centro de
estudios eclesiásticos en El Escorial. Aprovechando las ocasiones de los
viajes de la reina, pudo dedicarse a restablecer los religiosos en España y
a hacer reconocer sus fundaciones. Durante la revolución de 1868, en que fue
expulsada la reina, se refugió en Francia y se ocupó de la colonia española
en París. En 1869 participó en Roma de modo activo en los trabajos
preparatorios del concilio Vaticano I. Por haber seguido a la reina en el
exilio fue perseguido también más allá de la frontera, y el embajador
español demandó el internamiento de Antonio, que logró refugiarse en la
abadía cisterciense de Fontfroide, donde murió a la edad de sesenta y tres
años. Sus restos mortales fueron llevados más tarde a Vich.
Mensaje y actualidad
La nueva colecta pone en evidencia dos aspectos de esta catalán que fue uno
de los apóstoles del siglo XIX. En primer lugar se invoca: "Oh Dios, que
concediste a tu obispo san Antonio María Claret una caridad y un valor
admirables para anunciar el evangelio a los pueblos". En efecto, la caridad
misionera de Claret brilló desde los primeros años, cuando abandonó su
ministerio parroquial en Viladrau para seguir la vocación misionera,
recorriendo Cataluña y las islas Canarias, y durante la presidencia del
seminario de El Escorial, componiendo obras literarias relativas a su
actividad. Fundó la librería religiosa, que desempeñó una actividad
extraordinaria en la difusión de libros e impresos; y también la Academia de
San Miguel, para artistas y literatos. Especialmente en su ministerio
pastoral cubano, en un país explotado por los extranjeros, con graves
consecuencias para la población, que se había quedado prácticamente sin
pastor durante catorce años, se interesó por la formación y promoción civil
de la población, escribiendo incluso tratados de agricultura, pero no pudo
realizar su proyecto de una escuela de agricultura por la oposición de los
poderes públicos. Fundó también, con la ayuda de una religiosa, Antonia
París y Rivera de Tarragona, el Instituto Apostólico María Inmaculada, con
la Regla de san Benito.
En la colecta se aludo asimismo a su valor, en un tiempo en el que la
Iglesia sufría no pocas hostilidades por parte de las corrientes políticas
(especialmente del partido liberal de entonces), que le obligaron a
abandonar El Escorial; y luego en Cuba, por parte de los nacionalistas
cubanos con cuatro atentados. Las razones de tal hostilidad, en un tiempo en
el que reinaba la guerra civil y se agitaban las pasiones, eran no sólo de
oposición a sus reformas o al clero para asegurar la enseñanza religiosa de
la juventud, sino también porque había censurado al gobierno español, que
había reconocido la unidad del reino de Italia, con la supresión del Estado
pontificio.
En la intercesión final de la colecta se pide a Dios nos conceda, "por su
intercesión, que, buscando siempre su voluntad en todas las cosas,
trabajemos generosamente por ganar nuevos hermanos para Cristo". Una lección
se desprende de la meditación de la obra religiosa de este gran apóstol de
la Iglesia española del siglo XIX, tan celoso de la defensa de los
oprimidos, aunque algunas de sus posiciones fueran ciertamente de
conservadurismo político: en 1865 se había resignado, obligado por los
acontecimientos, a reconocer la supresión del poder temporal del papa; nos
la ofrece la página del oficio de lectura tomada de un opúsculo suyo: "Aquel
que tiene celo desea y procura, por todos los medios posibles, que Dios sea
siempre más conocido, amado y servido en esta vida y en la otra, puesto que
este sagrado amor no tiene ningún límite".
La actualidad de este maestro espiritual del pueblo, que con su obra
maestra, El camino recto, difundida en millones de ejemplares, acercó la
práctica evangélica y apostólica a todos los estados de vida y profesión,
están en aprender de él esta promoción de la espiritualidad de los laicos y
de la vida religiosa para toda clase y profesión, como el concilio Vaticano
II (verdadero complemente del Vaticano I, en el que participó Claret) nos ha
recomendado.
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