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23 de Octubre
SAN JUAN DE CAPISTRANO, presbítero
(1386-1456)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Juan de Capistrano, muerto en Ilok, Villaco,
junto a Sirmio, en Austria, el 23 de octubre de 1456, canonizado en 1690 e
inscrito en el calendario en 1890 en una fecha arbitraria (28 de marzo), nos
remite al corazón de la Iglesia y de la Europa en el siglo XV, atormentada
por el gran cisma y por la amenaza de los turcos.
Nacido en Capistrano, cerca de L´Aquila en el reino de Nápoles en 1386, tal
vez originario de familia nórdica inmigrada con Luis de Anjou, tras la
muerte de su padre y los estudios jurídicos en Perugia ejerció el arte
forense, convirtiéndose durante doce años en el príncipe de los
jurisconsultos de la ciudad, de la que luego fue nombrado gobernador en
1412. Hecho prisionero cuando Perugia fue derrotada por los Malatesta de
Rímini, por haberle traicionado mientras estaba para negociar la paz entre
las ciudades, tuvo una visión de san Francisco, que lo invitaba a entrar en
su orden. Abandonó a su prometida y sus bienes y, después de una prueba de
vocación, fue aceptado en los observantes del Monte de Perugia. En 1416
vistió el hábito franciscano e hizo la profesión religiosa, cursando los
estudios teológicos con Juan de la Marca, luego santo, y tuvo por primer
maestro a san Bernardino de Siena. Ordenado sacerdote en 1418, se dedicó a
la predicación, recorriendo las provincias italianas para combatir todos los
errores e invitar a la conversión, conviertiéndose también en legislador de
la renovación franciscana de la observancia.
Su apostolado en Italia se desarrolló en la lucha contra los "Fraticelli",
para la que Martín V le dio, junto con Juan de la Marca, plenos poderes.
También Eugenio IV, cuya elección había predicho, le encargó, con Lorenzo
Giustiniani, examinar la causa de los jesuatos, discípulos del beato Juan
Colombini, atestiguando su inocencia ante el mundo católico, Fue enviado a
Oriente como visitador de la Orden en 1439; luego, tras el concilio de
Florencia, en que sus esfuerzos ecuménicos fueron coronados por el éxito,
fue nombrado nuncio apostólico en Sicilia y legado en Francia ante Carlos
VII. Fue misionero en Alemania, Austria (Baviera, Sajonia. Silesia), Polonia
y por fin Hungría, donde, con el favor de Nicolás V y después de Calixto III,
predicó la cruzada contra los turcos, que, tras la conquista de
Constantinopla en 1453, asediaron la fortaleza de Belgrado en la frontera de
Hungría, rodeada por las aguas del Sava y del Danubio.
A su celo se debió la victoria que el general Juan Hunyadi, secundado por la
fuerza de las oraciones hechas en el nombre de Jesús, según el símbolo de
san Bernardino, y de la santa cruz, obtuvo en 1456. Poco después de esta
victoria murió Juan, a la edad de setenta años. Ha dejado muchos
manuscritos, fuente histórica del primer Renacimiento.
Mensaje y actualidad
La nueva colecta, sin hacer referencia a la predicación de Juan en la
cruzada contra los turcos, recuerda ante todo su misión: "Oh Dios, que
suscitaste a san Juan de Capistrano para confortar a tu pueblo en las
adversidades". En efecto, a este infatigable predicador se debe la victoria
de Belgrado, que salvó en 1456 a Europa de la amenaza turca. Entrado en
Hungría, fue recibido triunfalmente, animando la resistencia que se había
organizado en Buda. Juan, al bajar a Peterwardein para celebrar la misa,
tuvo una visión en la que se le garantizó la victoria sobre los turcos, y
que los cristianos lograrían por la virtud del nombre de Jesús y de la santa
cruz. Desde este lugar sobre el Danubio escribió a Juan Hunyadi para
persuadirlo a que tomara el mando de la defensa, que en un determinado
momento, pese a la ruptura del asedio por mar, parecía insostenible. Pero
por las oraciones de Juan, que no cesaba de invocar el nombre de Jesús
enarbolando el estandarte, con el monograma de san Bernardino, y las de los
cuatro mil cruzados, que también lo imitaron, la ciudad fue salvada y los
enemigos se retiraron. Se le acusó de haberse atribuido a sí mismo esta
victoria, pero hoy sabemos , por las cartas que dirigió a Calixto III, que
dijo bastante menos de los que había hecho.
Su actividad de predicador fue coronada por numerosas conversiones, no sólo
en el ambiente universitario donde más de cien jóvenes se hicieron
franciscanos después de una prédica suya, en el territorio danubiano, sino
también en la religión judía: convirtió a un jefe de la sinagoga y a grupos
de judíos. Tal obra era respaldada por un asiduo ministerio de la confesión
y por obras de caridad (transformó la tercera Orden franciscana en una
asociación caritativa), organizadas sobre todo en hospitales, y por la lucha
contra la usura y los altos intereses.
En la colecta se pone de relieve también un segundo aspecto, pidiendo a Dios
"que reafirme nuestra confianza en su protección y conserve en paz a su
Iglesia", Juan fue consejero de papas que lo eligieron sobre todo como
legado en misiones distintas a Nápoles, Milán, Roma, adonde acudió para
defender la causa de su maestro san Bernardino, perseguido por motivo de la
devoción al santísimo nombre de Jesús, ante Martín V, y a Sicilia. Fue
igualmente instrumento de reunión de los armenios, a cuyos representantes
logró llevar al concilio de Florencia. Por fin, dentro de la Orden
franciscana, después de haberlo intentado todo para evitar la separación de
la rama de los observantes de los conventuales, se vio obligado a aceptar
tal situación con tal de salvar la reforma fiel al espíritu de san
Francisco. En esta obra pacificadora, por la que fue denominado "apóstol de
Europa" por reconstituir su unidad religiosa y política en la común
tradición cristiana, adolecía del celo intransigente en la elección de los
medios, tanto de conversión como de persuasión: así en el caso de los
enérgicos procedimientos contra los judíos, no coronados con los resultados
apetecidos; en cambio fueron eficaces contra la secta de los Fraticelli,
sectarios religioso-socialistas.
En el oficio de lectura, tomado de su tratado Espejo de los clérigos,
dirigido a aquellos que son invitados a predicar, podemos descubrir la
actualidad de este ejemplo de celo incansable por la causa de la fe
cristiana. "El que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí
mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios". Como reformador
de la Orden franciscana en la observancia y predicador ambulante europeo,
Juan nos enseña a ser siempre coherentes con la fe.
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