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19 de Octubre
SAN JUAN DE BRÉBEUF y SAN ISAAC JOGUES, sacerdotes, y COMPAÑEROS, mártires
(1593-1649; 1607-1646)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de los ocho mártires jesuitas franceses, martirizados
en los confines de los Estados Unidos y Canadá por los indios iroqueses,
enemigos de los hurones (pieles rojas supersticiosos y volubles, y por ello
presa de los tros, más inteligentes y feroces), ha sido fijada en el día
libre, a saber: el 19 de octubre, siguiente al martirio de Isaac Jogues en
1646, en territorio americano. Fueron canonizados en 1930. Esta misión en la
América septentrional, a final del siglo XVI, comenzó de modo sistemático
después del tratado de Saint-Germain-en-Laye (1632), cuando el impulso dado
a las misiones de la Francia católica (en tiempos de Luis XIII) les permitió
a los jesuitas fundar una estación misionera que trataba de familiarizarse
con las costumbres de estos pueblos primitivos y que era muy rudos. Estos
atroces martirios se sitúan entre los años 1642 y 1649.
El padre Isaac, nacido en 1607 en Orleans, durante una expedición de
abastecimiento a Quebec fue capturado y torturado; pero, habiendo
sobrevivido, pudo volver, después de tres meses de la repatriación, donde
sus hurones, que le destrozaron el cráneo juntamente con otros (Juan de La
Lande) en Ossernenon (hoy Auriesville, en USA).
Juan de Brébeuf, nacido en 1593, también normando, fue enviado a misiones
desde 1625 entre los hurones, cuya lengua y costumbres aprendió con otro
compañero con quien descubrieron las cataratas del Niágara.
En 1649, mientras estaba en la lejana misión, fue sorprendido por la llegado
de los iroqueses -éstos lograron exterminar en una guerra de casi veinte
años a la etnia de los hurones- y llevado con los demás a la misión de San
Ignacio, donde después de diversas torturas murió de un golpe de cuchillo
que le arrancó el corazón. Era el 16 de marzo de 1649. El relato de tal
martirio fue transmitido por un hermano laico que le acompañaba.
Mensaje y actualidad
La colecta recuerda el sentido de esta memoria dedicada a los primeros
mártires del gran continente americano: "Oh Dios, tú quisiste que los
comienzos de tu Iglesia en América del Norte fueran santificados con la
predicación y la sangre de san Juan y san Isaac y sus compañeros mártires".
En efecto, son los primeros que se han introducido en el calendario romano,
porque menos de un siglo después del descubrimiento de Canadá los misioneros
jesuitas, que habían venido acompañando a los franceses que fueron a fundar
la Nueva Francia (1611-1614), evangelizaron las poblaciones indígenas,
defendiéndolas de la especulación de los colonos europeos, representados por
los ingleses - que en 1629 tomaron Quebec - y por los holandeses - que
propagaban la herejía protestante -.
El padre Isaac, que recordaba aún las torturas sufridas tres meses antes de
parte de los iroqueses, pese al natural terror, sabía exclamar: "Sí, padre
mío (su superior), yo quiero todo lo que quiere nuestro Señor, al precio de
mil vidas". En efecto, había escrito en sus relatos misioneros: "Estos
tormentos son muy grandes; pero Dios es mucho más grande, es inmenso".
La intercesión final de la colecto invoca a Dios: "haz que, por su
intercesión, crezca de día en día, y en todas las partes del mundo, una
abundante cosecha de nuevos cristianos". En efecto, su sacrificio no fue
vano. A pesar del aniquilamiento de la nación huronesa, los iroqueses, que
fueron sus verdugos, se convirtieron más tarde y recibieron a otros
misioneros. Además, esta pequeña colonia de lengua francesa, en medio de los
protestantes anglosajones, logró hacer fecundar el germen de la Iglesia
canadiense y americana. En el oficio de lectura, la página de Juan de
Brébeuf comienza con una frase desconcertante: "Durante dos años he sentido
un continuo e intenso deseo del martirio y de sufrir todos los tormentos por
que han pasado los mártires.... Me comprometo además a recibir de tu mano el
golpe mortal, cuando llegue el momento, con el máximo contento y alegría.
Dios mío, ¡cuánto me duele el que no seas conocido, el que esta región
extranjera no se haya aún convertido enteramente a ti, el hecho de que el
pecado no haya sido aún exterminado de ella!".
La actualidad de este testimonio, que en el responsorio de la lectura
hagiográfica es atribuido sólo a la fuerza de la fe en el nuevo contexto
ecuménico, donde ya no vale tanto la contraposición apologética de la fe,
nos invita a poner en primer lugar aquel celo misionero, a fin de que Cristo
sea conocido por todos los pueblos. Hay que invocar al Espíritu de Dios para
que la nueva evangelización de las tierras lejanas, como la de las
poscristianas de nuestros países, sea igual de valerosa y heroica que la de
los mártires americanos de la primera época colonial y misionera francesa.
Cabe anotar que Juan de Brébeuf, que fue un modelo de sensibilidad
inculturadora (fue lengüista y etnólogo), toleró con paciencia el nuevo
superior de la misión (inspirado en el modelo de las "reducciones"
latinoamericanas), donde, en lugar de las numerosas viviendas de los
hurones, fue elegido un solo centro. También en este respeto de las
costumbres indígenas nuestro mártir es una advertencia contra todo método
erróneo de inculturación de la fe. En efecto, intuyó, más allá de las
costumbres corrompidas y de las prácticas mágicas, la sensibilidad religiosa
de los "salvajes".
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