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17 de Octubre
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA, obispo y mártir
(ca. 50-107)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Ignacio, martirizado en Roma el año 107 en el
anfiteatro durante los juegos para las grandes solemnidades, es celebrada en
la fecha antioquena fijada por el calendario de Nicomedia, que es la que
festeja la Iglesia siriaca. Ésta veneraba ya su sepulcro a las puertas de la
ciudad de Antioquía, como atestiguan Jerónimo en el año 392 y Crisóstomo en
el panegírico del mártir (suponiendo el traslado de sus reliquias a la
ciudad episocopal, donde, bajo Teodosio el Joven, se había levantado la
basílica sobre un templo de la Fortuna). Las Iglesias bizantinas, en cambio,
celebran la memoria el 20 de diciembre, que es la presunta fecha de esta
traslación y que luego fue adoptada también por los calendarios occidentales
antiguos, de conformidad con el martirologio jeronimiano. En cambio, la
fecha del 1 de febrero, adoptada por el calendario de Adón y luego por el
tridentino, es debida a un error de traducción de las Actas de Ignacio, por
lo que se trasladó la fecha del 1 de julio al 1 de febrero. La variación de
las fechas es debida también a las distintas traslaciones de los restos del
mártir dejados por los dos leones que lo devoraron el el circo. Así, la
tercera traslación de Antioquía a Roma, a la iglesia de San Clemente, se
habría hecho en el tiempo de Cosroes, cuando la ciudad siria cató en manos
de los sarracenos. El culto en Roma fue introducido sólo en el siglo XII
(Orden de Letrán), porque los sacramentarios ignoran a los mártires
anteriores al siglo III.
Ignacio el Teóforo ("Portador de Dios"), como él mismo solía autodefinirse,
tal vez después de haberse convertido del paganismo, fue el tercer obispo de
Antioquía, después de san Pedro y san Evodio, que era la ciudad de la Siria
proconsular donde los discípulos de Cristo, considerados primero como una
secta judía, fueron llamados cristianos. Sufrió la primera persecución de
Dominiciano contra los judíos y cristianos, pero luego fue condenado a
muerte en tiempos de Trajano; el obispo Ignacio fue una de sus pocas
víctimas. Fue llevado a Roma con una escolta militar de diez soldados
("leopardos"). En su viaje hacia Roma, a través del Asia Menor, llegó a
Filadelfia (Lidia), donde constató divisiones entre el clero; luego, a
través de Sardes, llegó a Esmirna, donde fue acogido en su prolongada
estancia por Policarpo. Desde aquí escribió tres cartas a las tres
comunidades cuyos delegados habían acudido a venerarlo; Éfeso, Magnesia y
Tralles. Escribió también a la "Iglesia de Roma, que preside la caridad y
que ha recibido la ley de Cristo y el nombre del Padre, y que ha recibido
las órdenes de los apóstoles", rogando a aquellos cristianos que no
intervengan para evitar que se convierta en pasto de las fieras.
Embarcado en Tróade, donde escribió otras tres cartas a Filadelfia, a
Esmirna y a Policarpo, el ilustre prisionero llegó a Egnatia, donde los
fieles escoltaron a estos prisioneros, que se embarcaron para Durazzo, en el
Adriático. A la vista de Pozzuoli, donde a Ignacio le hubiera gustado
desembarcar para seguir las huellas de san Pablo, la nave fue empujada por
el viento hacia la desembocadura del Tíber. Desde aquí Ignacio se dirigió al
anfiteatro, donde le esperaban los espectadores. Aquí, según Ireneo y
Orígenes, fue arrojado a las fieras en lugar de los "gladiadores para los
juegos públicos".
Mensaje y actualidad
Los textos litúrgicos están tomados de las Cartas de Ignacio, que son una
ilustración de la tradición de la era apostólica (él conoce todas las cartas
paulinas), especialmente con dos temas principales: la jerarquía
eclesiástica y la realidad de la naturaleza humana de Cristo, contra los
gnósticos.
a) La colecta invoca a "Dios, que ha querido que el testimonio de sus
mártires glorificara a toda la Iglesia, cuerpo de Cristo; para que nos
conceda que, así como el martirio que ahora conmemoramos fue para san
Ignacio de Antioquía causa de gloria eterna, nos merezca también a nosotros
tu protección de gloria eterna, nos merezca también a nosotros tu protección
constante".
El tema eclesiológico ya está puesto de relieve en conformidad con la
terminología ignaciana, que califica por primera vez con el nombre de
catholica a la Iglesia que tiene su manifestación local en la comunidad
eucarística, reunida en torno al obispo para la celebración eucarística (de
ahí el calificativo de "cuerpo de Cristo" en la oración), y cuya presidencia
emblemática está en la Iglesia de Roma que, como Iglesia de Pedro y Pablo,
preside la caridad: carta a los Romanos. La Iglesia, que es comunión porque
nace de la unión de Cristo con el Padre (Flp 7,2), forma, por ende, una
realidad mística en cuanto es también jerárquica, es decir, por estar
presidida por el obispo que legitima la eucaristía: "Donde está el obispo,
que esté la comunidad; así como donde está Cristo está la Iglesia católica"
(Esmir. 8,1-2)
b) En la oración sobre las ofrendas, el segundo tema enlaza el sacrificio de
Ignacio con la eucaristía, según su misma frase, retomada en la antífona de
comunión. Se pide: "Señor, tú que aceptaste a san Ignacio de Antioquía,
trigo de Cristo, como pan inmolado por los dientes de las fieras, acepta,
igualmente complacido, la oblación que ahora te presentamos". Ignacio vive
en la Iglesia, donde el testimonio de la sangre por el martirio es una
manifestación del cristianismo, que no puede ser demostrado, sino sólo
"mostrado", porque es obra de poder cuando el mártir es odiado por el mundo
(Rom 3,3), no de persuasión racional. En este sentido el martirio, como
representación de la muerte de Cristo en la historia, se vincula con la
eucaristía, que es su memoria sacramental. Y para defender contra el
docetismo de los judaizantes tal realismo, que es también simbólico, en la
antífona del Magníficat de las vísperas se recuerda la frase de Rom 7,3: "Lo
que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la
descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad
incorruptible". También en el oficio de lectura, el fragmento de la carta a
los Romanos, que es como su testamento, pone de manifiesto el ardor de
Ignacio, que suplica a los cristianos de la ciudad de los apóstoles Pedro y
Pablo que le dejen imitar la pasión, para ser alimento de las fieras, por
cuyo medio podrá llegar a Dios: porque "trigo de Cristo soy: seré molido por
los dientes de las fieras, a fin de llegar a ser blanco pan" (Rom 4,1)
c) En la oración después de la comunión se alude al tercer tema de la
teología ignaciana cuando se pide, con referencias a Rom 5,3, que el Señor
"nos otorgue nuevas fuerzas y nos ayude a vivir como cristianos de palabra y
de obra". En efecto, si, mediante la muerte, el mártir empieza a ser por fin
discípulo de Cristo, Ignacio, recordando el título antioqueno dado a los
discípulos de Cristo (cristianos), insiste en afirmar que, por encima de un
puro nominalismo, nos hacemos verdaderamente cristianos con las obras; y tal
realismo operativo está expresado en el responsorio de la lectura patrística
del oficio con la mención de las dos virtudes: "Nada os es desconocido si
mantenéis de un modo perfecto, en Jesucristo, la fe y la caridad, que son el
principio y el fin de la vida: el principio es la fe, el fin la caridad" (Ef
14,1)
Para una actualización de este mensaje se puede recurrir nuevamento a los
textos ignacianos que tenemos en el oficio: en el versículo citado del
responsorio se concreta nuestra tarea, simbólico-sacramental.
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