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15 de Octubre
SANTA TERESA DE ÁVILA, virgen y doctora de la Iglesia
(1515-1582)


1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de santa Teresa de Ávila, muerta en Alba de Tormes, Salamanca, la noche histórica del 4 de octubre de 1582 (en la que se pasó del antiguo calendario juliano al gregoriano, de Gregorio XIII), convertida en el 15 de octubre, celebra a esta gran mística, que fue canonizada en 1622 y declarada doctora de la Iglesia en 1970.
Teresa de Cepeda y de Ahumada nació en Ávila en 1515 de una familia de la burguesía media, en una tierra de caballería y en un momento de apogeo de España. Se entusiasmó en su adolescencia por las gestas de los santos (el libro Flos sanctorum de la época), hasta desear el martirio; pero luego también, de los catorce a los dieciocho años, se apasionó con las lecturas de los libros de caballería, hasta experimentar una cierta impetuosidad de sentimientos. Pero quedó impresionada por las Cartas de san Jerónimo, especialmente por la carta XIV, 2, a Heliodoro, decidiendo, a los veinte años, hacerse monja en el Carmelo de la Encarnación de Ávila que contaba con más de ciento cincuenta monjas, y donde permaneció veintisiete años, haciendo una experiencia caracterizada al comienzo por fases de oración intensa, y después relajada. Contrajo una grave enfermedad, a causa de la cual corrió el riesgo de ser enterrada viva (que interrumpió su fervor inicial), y de la que fue curada por intercesión de san José. Hizo otra experiencia de mediocridad, ocupada en conversaciones y brillantes y vanidosas en el locutorio y en las mansiones distinguidas de Ávila; pero con ayuda de la lectura de las Confesiones de san Agustín y un llamamiento del mismo crucifijo, que la iluminó sobre las exigencias del amor de Dios (1557), a los cuarenta años decidió dedicarse más de lleno a la oración.
Así empieza el segundo período de su vida, la vida de Dios en ella, confortada asimismo por dos santos que conoció: san Francisco de Borja y san Pedro de Alcántara. Luego proyectó la fundación del monasterio San José, donde un pequeño grupo de monjas pudiera aplicar la Regla primitiva de la Orden carmelitana a ejemplo de los primeros padres Su visión reformadora despertó ciertas inquietudes en sus superiores (el nuncio apostólico la condenó, llamándola "fémila inquieta y andariega, desobediente...") a causa de los movimientos pseudomísticos del tiempo (especialmente como cómplice de los alumbrados), y también por el hecho de que numerosos sacerdotes habían abrazado ese proyecto de reforma espiritual. Defendida en Roma por Juan de Ávila, por el padre Báñez y por nuevas fundaciones, que llevó a la separación de las carmelitas descalzas de las calzadas, confortada por su cosejero espiritual san Juan de la Cruz (también él fundador de los carmelitas "descalzos"), Teresa pudo realizar su itinerario místico. Está descrito en sus numerosas obras: su Vida (denunciada a la Inquisición), el Camino de perfección, Las moradas del alma o Castillo interior y otros escritos pedagógicos y líricos inspirados por la mística. Logró llevar a cabo su reforma en todas las nuevas fundaciones dentro de la plena fidelidad al espíritu postridentino. Vivió en la oración las pericias tristes y gozosas de su tiempo: la reforma católica, los días de Lepanto, los acontecimientos de España, la evangelización de América, recién descubierta.

Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa configuran tres rasgos de espiritualidad de Teresa.
a ) En la colecta ante todo se pide: "Señor, Dios nuestro, que por tu espíritu has suscitado a santa Teresa de Ávila para mostrar a tu Iglesia el camino de la perfección, concédenos vivir de su doctrina y enciende en nosotros el deseo de la verdadera santidad". El carisma de Teresa se ejercitó en el contexto del siglo XVI, cuando la Iglesia y la cristiandad española estaban cerradas por un cinturón de fronteras semirraciales (islam y judaísmo), laceradas en su interior por la herejía luterana y abiertas, por el contrario, al colonialismo (el descubrimiento de las Américas), animadas por una reforma de calidad y de intensidad más que de número (la contrarreforma). Así abrió un nuevo camino. En efecto, ella supo contraponer la elite al número sin calidad (sus monasterios debían tener un reducido número de miembros, en comparación con las más de ciento cincuenta monjas del monasterio del que provenía), y adoptó el ideal de una oración y contemplación eclesial, contra todo repliegue en la angustia del mundo personal o conventual, contra toda oposición entre la contemplación amorosa en si ("rerum divinarum contemplatio et amor") y la transmisión a los demás de la contemplación misma ("contemplata aliis tradere"). Con razón Pablo VI, al declararla doctora de la Iglesia, dijo que tal mensaje de oración tiene una misión más autorizada que cumplir en su familia religiosa y en la Iglesia orante en el mundo. Y Juan Pablo II, en el clima de renovación posconciliar, proclamó que el cuarto centenario de la muerte de Teresa es un "fuerte llamamiento a los valores supremos por los que se desvivió y que el concilio Vaticano II ha propuesto al mundo de hoy". Dentro de este realismo místico se comprende el porqué ella amoneste contra los riesgos de los carismas, que no han de pedirse ni desearse, porque "en lo que está la suma perfección, claro está que no es en regalos interiores ni en grandes arrobamientos ni visiones ni en espíritu de profecía; sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad".
Este magisterio de perfección de Teresa se expresó también en sus numerosas Cartas, escritas a veces a altos personajes, como Felipe II, para perorar la causa de sus religiosas excomulgadas y del padre Juan de la Cruz encarcelado; o a los superiores carmelitas, donde se revela también su temperamento humano, como cuando pidió que san Juan de la Cruz no fuese confirmado superior en Andalucía, que le era hostil, y fuera reenviado a Castilla ("siempre había rehusado mucho hacer monasterios de éstos en Andalucía"). Su ardiente deseo de santidad que le hacía sufrir como un mal personal las mismas tempestades que agitaban fuertemente a la Iglesia de su tiempo: "... las herejías que muchas veces me afligen, y, casi siempre que pienso en ellas, me parece que sólo eso es trabajo de sentir". Por eso decía que estaba dispuesta a disputar incluso contra todos los luteranos juntos, pronta a sacrificar mil vidas, si las tuviera, con tal de salvar a una sola alma perdida a causa de la herejía protestante.
b) La oración sobre las ofrendas pide al Señor "sean aceptables a tu majestad los dones que te presentamos, como te fue grato el don de sí misma que te ofreció Teresa de Ávila". En efecto, esta mujer fuerte, que decía de sí en las relaciones espirituales: "por grandísimos trabajos que he tenido en esta vida no me acuerdo haberlas dicho, que no soy mujer en esta cosas, que tengo recio corazón", no hizo su opción con facilidad. Huno de luchar contra su padre para entrar en el Carmelo, y declaró que le resultaba difícil que el dolor que experimentaría ante la muerte fuera mayor que el sufrido al dejar la casa paterna; "porque me parece cada hueso se me apartaba por si". Fue Teresa mujer fuerte, hasta el heroísmo en el sufrimiento, que le resultaba delicioso, llegando a exclamar: "señor, o morir o padecer". De 1558 a 1562 sufrió duras tribulaciones y recibió una visión de un ángel que, en forma corpórea, situado a su izquierda e inflamado de amor, la traspasó con un dardo de fuego el corazón: fue el fenómeno de la "transverberación", propio de los místicos que el Señor consagra a si con la unión transformante.
c) Por fin la oración después de la comunión nos invita a "cantar eternamente las misericordias del Señor, como santa Teresa de Ávila". La contemplación de la humanidad de Cristo fue una línea maestra de la vida de oración de Teresa, que en la liturgia de las horas, a través del fragmento del oficio de lectura tomado de su Vida, nos da la justificación teológica de esta experiencia de alabanza perenne al amor: "Muy muchas veces lo he visto por experiencia: hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación".
En las antífonas de entrada y de comunión de la misa se pone de manifiesto el canto de amor que le quemó el corazón: "Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades". La segunda estrofa del himno de las vísperas canta sus místicas nupcias con estas palabras: "Ven hermana, de la cima del Carmelo a las nupcias del cordero; ven a la corona de gloria". Y en el himno de laudes se hace referencia al hecho místico de la transverberación: "Pero te hace vivir una muerte más suave; te demanda la pena más dulce; caes herida por la transfixión de la espada del divino amor".
La actualidad para nosotros de esta figura de mística de humanidad exuberante, propia de una castellana, nos habla de la radicalidad de la dedicación a Dios:
quien a Dios tiene
nada le falta
sólo Dios basta,
hasta persuadirnos de que la elevación contemplativa (elevarse sobre sí mismos, como éxtasis) es un modo natural de oración. El mensaje de Teresa consiste precisamente en recordarnos que la oración debe tener una dimensión eclesial. También nosotros sentimos el gemido interior de la naturaleza, "que no sabe lo que le conviene pedir" porque, como ella dice, "todo es una noche la mala posada".
Pero la vocación bautismal nos estimula también a nosotros a buscar la verdadera perfección (Mt 5,48) hasta poder decir: "que muero porque no muero".
La cumbre de la mística se ofrece a todos. Y no ha de confundirse con ninguna de las experiencias pseudomísticas de modo oriental o de marca inmanente-panteísta, porque brota del amor de la humanidad del Verbo encarnado.
 

 

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