|
|
7 de Octubre
NUESTRA SEÑORA LA VIRGEN DEL ROSARIO
(siglo XVI)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de Nuestra Señora la Virgen del Rosario deriva de la
fiesta de Santa María de la Victoria, instituida por san Pío V tras la
victoria obtenida en Lepanto entre los golfos de Corinto y de Patrás, sobre
la flota turca el 7 de octubre de 1571, y que Gregorio XIII había hecho
obligatoria para la diócesis de Roma y para las Confraternidades del Santo
Rosario en 1573, bajo el título del Santísimo Rosario de Nuestra Señora la
Virgen María. Solamente en 1716 inscribiría Clemente XI la fiesta en el
calendario romano el primer domingo de octubre, en agradecimiento a la
victoria (en 1683, tras la liberación de Viena) obtenida por el príncipe
Eugenio contra los turcos en Peterwardein (Austria), con la liberación de
Chipre.
La corona del rosario, como serie de cuentas engarzadas para contar las
oraciones, parece muy antigua (la usan musulmanes e hindúes); pero el uso de
repetir el avemaría se remonta al siglo XII, donde en el clima de la cultura
profana la piedad cristiana se complacía en trenzar coronas de ave en honor
de la "rosa mística". Hacia 1328, un Rosarius atribuía a santo Domingo la
salvación del mundo gracias a su predicación de las ave, meditadas o
repetidas tanto en los salterior como en las canciones. Pero fue el dominico
B. Alano de la Roche, en 1745, el gran propagador del "salterio de Nuestra
Señora", término preferido al de rosario. El cambio de título, de fiesta del
santo rosario por fiesta de Nuestra Señora la Virgen del Rosario realizado
en 1960, orienta hacia el sentido personal y no objetivo.
Mensaje y actualidad
a) La colecta de la misa recupera la antigua oración de la anunciación, con
el recuerdo de la intercesión de María. Se pide: "Derrama. Señor, tu gracia
sobre nosotros, que, por el anuncio del ángel, hemos conocido la encarnación
de tu Hijo, para que lleguemos por su pasión y su cruz, ... a la gloria de
la resurrección". Esta orientación cristológica de los misterios de la vida
del Señor para una fiesta que nace en una época en la que la oración no
siempre hacía referencia a la liturgia, en la que la mariología era todavía
a menudo más bien una devoción o teología del corazón, es muy importante
cuando permanece fiel al espíritu de celebrar los misterios de Cristo
(gozosos, dolorosos, gloriosos), que son evocados por las antífonas de las
laudes: nacimiento de Cristo, maternidad espiritual de María a los pies de
la cruz, asunción al cielo) y de las vísperas (anunciación de María, su
maternidad a los pies de la cruz, alegría por la resurrección de Jesús.
b) En la oración sobre las ofrendas se nos indica también la espiritualidad
de tal conmemoración oral y meditativa de los misterios de Cristo: se pide
al Señor que nos disponga "para celebrar dignamente este sacrificio, y por
la meditación de los misterios de tu unigénito concédenos ser dignos de
alcanzar sus promesas". El modelo es la misma virgen María, que en la
antífona del Magníficat de las vísperas es evocada en su actitud más
profunda: "conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón".
c) En la oración después de la comunión se recuerda que la esencia del
rosario está en el memorial de la eucaristía; es una anamnesis meditativa de
los misterios celebrados a través de María (Marialis cultus, n.47). Así,
cuando "anunciamos la muerte y resurrección de Cristo, debemos estar unidos
siempre a su pasión, para compartir la alegría inmensa de su reino". El
misterio pascual está, pues, en el centro de los misterios de la vida de
Cristo y de María; y las alabanzas que se le tributan a la Virgen en el
responsorio de la lectura patrística ("Tú eres la madre del rey de los
reyes, tú la señora de los ángeles, tú la reina de los cielos"), tomadas del
propio de los servitas, y en el himno con una serie de verbos que evocan los
misterios ("tú concibes, visitas, eres convidada, ofreces, encuentras,
sufres, resplandeces de gloria"), no se agotan en sí mismas, sino que forman
"esta corona de rosas sacadas de los misterios mismos que nosotros
entretejemos a la ínclita madre del amor hermoso". La espiritualidad
auténtica del rosario y su perenne actualidad las encontramos en el sermón
de san Bernardo, en el oficio de lectura, que lleva por título De aquaeductu
(María es el acueducto que nos lleva al manantial): "Ha acampado... por la
fe en nuestros corazones, ha acampado en nuestra memoria, ha acampado en
nuestro pensamiento y desciende hasta la misma imaginación". Se trata, pues,
del método activo de la meditación contemplativa del rosario, donde el
ejercicio devocional es llevado a sus verdaderos orígenes: aprender con
María a revivir aquellos misterios que nos han salvado. Sólo así podremos
experimentar su ayuda al celebrar esta santa festividad. Al final del año
litúrgico, esta síntesis del misterio total de Cristo tiene un sesgo
mariano.
|