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 6 de Octubre
SAN BRUNO, presbítero

(ca. 1035-1101)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Bruno, muerto en la localidad solitaria de La Torre, en la diócesis de Squillace (Calabria, Italia), el 6 de octubre de 1101, sin haber sido canonizado jamás oficialmente, entró en el culto local de los cartujos en 1514, por autorización verbal de León X; luego en el romano en 1584, y por fin en los libros litúrgicos romanos por un decreto de la Congregación de los Ritios de 1622.
Nacido en Colonia, Alemania, en 1035 y de una familia noble, cursó los estudios primero en la escuela de San Cuniverto en Colonia, y después en la célebre escuela de la catedral de Reims donde había enseñado Gerberto, el futuro papa Silvestre II, de la que llegó a ser su director y maestro. Tras la ordenación presbiteral, fue nombrado canónigo de la catedral y canciller arzobispal. De este tiempo son sus dos comentarios a los Salmos y a las epístolas de san Pablo, terminado en Calabria. Aquel que hasta el siglo XVI fuera llamado el "magister Bruno", hasta el punto de merecerse la fama de "hombre elocuente, experto en todas las artes, doctor de los doctores...", y que tuvo de alumno a Otón de Chatillon, luego el papa Urbano II, se convirtió también en un valiente defensor del gran Gregorio VII en la lucha contra la simonía y la decadencia de las costumbres eclesiásticas y paladín decidido de la reforma de la Iglesia iniciada por este papa. Como canónigo, se opuso a su obispo simoníaco (Manasés) y, tras su fuga y deposición, por orden de Gregorio VII, volvió a su diócesis. Rechazado el obispado de Reims, pudo retirarse en 1082 al monasterio fundado por su maestro, el abad Roberto de Molesme, que comenzaba la reforma cisterciense. Construyó un eremitorio en Séche-Fontaine (Langres) y se estableció en él, llevando una vida semieremítica con dos compañeros tan sólo. Pero abandonando este lugar, Bruno se fue a Grenoble, donde el obispo Hugo le asignó un lugar solitario, la Chartreuse, que se convirtió en la cuna de la Orden de los Cistercienses. Conocemos la llegada de Bruno a la cartuja a través de la vida de san Hugo, escrita por el cartujo Guigo, que redactó en 1127 las costumbres de la cartuja.
La regla de esta vida eremítica estaba inspirada en los padres del desierto, es decir, de vida eremítica, pero en un marco cenobítico (el monasterio), en san Jerónimo y san Benito.
Llamado a Roma por su antiguo discípulo Otón de Chátillon, ya papa, que lo hizo consejero suyo, recibió como sede la iglesia de San Ciriaco (la tradición es tardía y quizá poco fiable), junto a las termas de Diocleciano, convertida en cartuja en 1561, para la cual creará Miguel Ángel en el tepidarium la magnífica iglesia de Santa María de los Ángeles. Pero en 1092 Bruno abandonó Roma por motivos políticos (el antipapa en Roma) y se fue a Calabria, refugiándose entre los normandos, para fundar una cartuja cerca de Serra (hoy Serra San Bruno) en el lugar de La Torre, en un eremitorio puesto bajo el patrocinio de Santa María en la diócesis de Squillace. Luego, no lejos, fundó un segundo eremitorio, San Esteban de Bosco, que llegó a ser el más importante. Antes de morir recitó la profesión de fe con la afirmación de la presencia real de Cristo en la eucaristía, como protesta contra el erros de Berengario. Enterrado en San Esteban de Bosco en 1193, su cuerpo incorrupto fue transportado en 1513 a la iglesia de Santa María.


Mensaje y actualidad
La colecta de la misa invoca: "Señor, Dios nuestro, tú que llamaste a san Bruno para que te sirviera en la soledad". En efecto, desde el bosque de Séche-Fontaine (D´Avirey), donde san Roberto de Molesme, reformador de los cistercienses y fundador de la Orden de la Trapa, lo había iniciado en la vida cenobítica, Bruno quiso adentrarse en el desierto salvaje y terrible de la Grande Chartreuse, en un valle a mil ciento setenta y cinco metros, siguiendo el modelo de los Pauperes Chisti. Tal vez lo hiciera impelido por el temor del juicio de Dios, como se puede leer en uno de los muros de la misma: "El día del juicio se acerca y yo cuento las horas"; y también en los muros de un monasterio de Rhéoms: "Bruno, temiendo el examen del juez venidero, despreció la gloria del mundo y se fue al desierto". En efecto, rechazó dos veces el episcopado, primero de Reims y después de Reggio Calabria. La vida de oración y trabajo iba acompañada también por el estudio, especialmente de las Escrituras, que Bruno no había abandonado nunca. En esta cartuja, por ejemplo, después de medio siglo, pese a la extrema pobreza, se había creado una rica biblioteca. Influido sin dudas por los padres del desierto y alimentado por la lectura de los escritos ascéticos (Antonio, Evagrio, Juan Climaco, Macario, Nicéforo, Simeón Estilita), Bruno no se contentaba con la vida monástica cenobítica, sino que quería continuar en Francia la vida de los primeros anacoretas: salvo la comida común en las fiestas y la misa festiva, la regla cartujana invita a permanecer consigo mismos y frente a Dios.
La parte final de la colecta pide que Dios nos conceda, "por intercesión de san Bruno, que en medio de las vicisitudes de este mundo vivamos entregados siempre a ti". En la carta escrita a su amigo Raoul Le Verd, preboste de la catedral de Reims, exalta la vida solitaria de su eremitorio calabrés: "En cuanto al provecho y la alegría que producen la soledad y el silencio del eremitorio a aquellos que los aman, sólo lo saben quienes los han experimentado..." Y en la carta a sus hijos cartujos, que tenemos en el oficio de lectura, donde se congratula de la correspondencia con el hermano magister Landovino de Lucca, prior de la Chartreuse de Grenoble, dirigiéndose a los laicos que son iletrados, este hombre de gran cultura escribe palabras que pueden ser también hoy una advertencia actual frente al racionalismo cientifista; "En efecto, vuestra conducta es una prueba de vuestro amor, como también de vuestra sabiduría. Porque vuestro interés y cautela en practicar la verdadera obediencia pone de manifiesto que sabéis captar el fruto dulcísimo y vital de la Sagrada Escritura".
De este hombre, de gran profundidad de alma y exponente de la cultura de su tiempo, se puede aprender la lección de la verdadera sabiduría de los supremos valores.
 

 

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