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4 de Octubre
SAN FRANCISCO DE ASÍS
(1181/2-1226)


1. Nota Histórico-litúrgica
La fiesta de san Francisco de Asís, muerto la noche del 3 de octubre de 1226 en Asís, en una choza de la Porciúncula, junto a Santa María de los Ángeles, canonizado dos años más tarde por Gregorio IX (1128) y proclamado patrón de Italia (junto con santa Catalina de Siena) en 1939, celebra a un santo que parece representar un caso casi único entre los santos, no sólo por sus estigmas (cuya memoria fue extendida a la Iglesia universal en 1669), sino sobre todo por su semejanza con Cristo incluso en su vida exterior.
Nació en Asís en 1182 de un rico comerciante de paños llamado Pedro Bernardone y, después de llevar una juventud disipada y aventurera, participó a los veinte años en el primer período de largas guerras y turbulencias ciudadanas contra Perugia, donde cayó prisionero. En la expedición a Puglie, con el ejército que luchaba por el papa, se hizo enrolar como caballero; y desde Espoleto, tras un sueño misterioso que le invitaba a seguir al amo más bien que al siervo (Gualtieri de Brienne), volvió a Asís, donde en la iglesia de San Damián en el 1206 sintió por tres veces la invitación del crucifijo "de ir a repara su Iglesia, que estaba arruinándose por completo". Por esto, renunciando a los bienes paternos, Francisco ya a los veinticinco años, se consagró a Dios en presencia del obispo y del pueblo. El obispo lo recibió desnudo bajo su manto, después de haber entregado los vestidos a su padre.
En la primera fase de su nueva vida (1204-1209) fue buscando la voluntad de Dios, tras un período de existencia solitaria y errabunda con hábito eremítico; finalmente descubrió su vocación, después de escuchar en la iglesita de la Porciúncula (1209) un fragmento del evangelio sobre la misión de los apóstoles (Lc 9,3-5), decidiéndose a abandonar todo por una predicación moral y penitencial. Así reunió en torno a sí el primer núcleo de la Orden de los Hermanos Menores. Los dos primeros hermanos: Bernardo de Quintavalle y Pedro Catanio, oyeron y siguieron el texto de Mt 19,28. Inocencio III dio la aprobación oral en 1209 a la primera Regla. El temor de que pudiera existir algún vínculo con las teorías de origen cátaro, las tesis valdenses o los sueños de Joaquín de Fiore no se había conjurado aparentemente.
En la segunda fase (1209-1224) de apostolado, Francisco anunció el evangelio para todas las clases sociales como pobre itinerante. "Paz y bien" es el lema.
Fue a Oriente, soñando con el martirio. Intentó misionar en Marruecos, Egipto y Palestina, donde logró que le escucharan los musulmanes y donde los moros ya habían martirizado a cinco religiosos en Marruecos.
En 1212, en la iglesita de la Porciúncula, fundó con santa Clara (a quien cortó sus rubios cabellos) la Orden de las Clarisas o Damas Pobres de San Damián. Vuelto a la patria en 1220, tras un período de ausencia durante el cual se intentó atenuar la radicalidad de su Regla, preparó la segunda Regla, aprobada por Honorio III, obteniendo que el cardenal Ugolino (el futuro Gregorio IX) se convirtiera en su protector. En 1223 celebró la navidad en Greccio con un pesebre viviente, cantando el evangelio como diácono y predicando.
En la última fase de su vida (1224-1226), el cuerpo debilitado (casi siego y con otras enfermedades), pero afinado el espíritu, hizo una experiencia de transformación mística sellada por los estigmas en el monte Alvernia el 14 de septiembre de 1224. Herido de amor, compuso el Cántico de las criaturas o Cántico del Sol; y poco antes de morir redactó un testamento conmovedor. Totalmente agotado, murió a la edad de cuarenta y cinco años, tendido desnudo en su Porciúncula, después de cantar el salmo 141,2 "Voce mea ad Dominum clamavi". Antes de morir había cenado por última vez con sus hermanos, dando a cada uno un pedazo de pan a imitación de la última cena. Su cuerpo, sepultado provisionalmente en la iglesia parroquial de San Jorge, hoy la basílica de Santa Clara, donde había iniciado la primera predicación evangélica, fue trasladado a la basílica inferior de Asís y redescubierto en 1818. Hoy se lo sigue venerando allí.

Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa, tomadas del Propio de los Hermanos Menores, caracterizan la fisonomía de Francisco, ya esbozada en la nueva antífona de entrada: "Francisco de Asís dejó su casa, abandonó la herencia que le pertenecía y logró llegar a ser pobre y necesitado. Así, el Señor le tomó a su servicio".
a) La colecta sitúa la experiencia de Francisco en la época cultural y eclesial de aquella cristiandad del siglo XIII, donde se libraba el enfrentamiento entre las fuerzas de lo sagrado, representadas por Inocencio III, y de los temporal - laico, personificadas por el emperador Federico II. El texto invoca: "Dios todopoderoso, que otorgaste a san Francisco de Asís la gracia de asemejarse a Cristo por la humildad y la pobreza, concédenos caminar tras sus huellas para que podamos seguir a tu Hijo y entregarnos a ti con amor jubiloso". Ante todo, Francisco hace la opción del evangelio como testigo fronterizo, no para exasperar el conflicto entre ambos poderes, eclesial y laical, sino para conciliarlo, superando el riesgo de una renovación herética y de una rebelión pauperístico-cismática como la de Valdo.
La base de su espiritualidad es el sacerdocio y la eucaristía, sus dos amores absolutos. Por esto Inocencio III aprobará "ad experimentum" la Norma de vida, texto adoptado en 1221, de veintitrés capítulos, cuyo tono es sobre todo exhortativo, fundado en continuas citas del evangelio, de pobreza total, minoridad e itinerancia evangelizadora.
Aceptando la condición de los minores, es decir, de los últimos y sin privilegios, sin autoridad, lugares estables, prestigios eclesiásticos y culturales, Francisco inauguró hace ocho siglos un modelo de Iglesia pobre, más que de los pobres. En efecto del pacto de paz influido por él en Asís entre maiores y minores, con su saludo de "paz y bien" propuso esta Primera Regla, que tomaba el evangelio a la letra, descubriéndolo tanto en el leproso como en el lobo de Gubio o en los ladrones de Montecasale, fray Junípero "el loco" y en Antonio de Lisboa, "el docto". Aquel evangelio, que en aquella sociedad se había convertido a menudo en signo de división, de guerra e intolerancia en la misma autoridad eclesiástica, volvía a ser fermento de conversión y reconciliación. Desde esta minoridad, según la cual "Dios le concedió la gracia de ser el último", Francisco canta su alegría (cf el Cántico de las criaturas, que es el amor a la paternidad de Dios y a la fraternidad de Cristo), porque es fruto de su total libertad. Es renuncia a toda clase de poder, antes aún que a la riqueza; a toda seguridad con el rechazo inicial incluso a la posesión colectiva de los bienes, más que a los beneficios, y el rechazo de toda cruzada, como en el diálogo con los mismo infieles (el encuentro con el sultán Malik-al-Hkamil).
b) En la oración sobre las ofrendas hay un llamamiento evidente a la experiencia mística en la celebración del "misterio de la cruz, al que se consagró san Francisco de Asís, con el corazón abrasado en amor de Dios". El "juglar de Dios" había sustituido el cinturón de cuero, que en la Edad Media era la parte más importante del hábito, porque en él se colgaban las diversas fíbulas, signo de profesionalidad, del poder o de la fortuna, por un cordón de cáñamo, ajustado a la cintura como un cilicio del amor propio; por ello recibirá el último sello de los estigmas, que él mismo había preanunciado a fray León ("ovejuela de Dios"), que eran "cosa nueva que Dios había hecho a ninguna criatura de este mundo". En efecto, se trataba, según la expresión de la práctica real y mercantil del tiempo, de sellar los propios documentos o las mercancías propias; de una imitación de Cristo con las cinco llagas rojas impresas por el serafín de las seis alas del fuego, tal que, sin hacer de la misma el mito de una copia conforme, hacía de él un "mártir de deseo" en el seguimiento de Cristo, llevando la cruz detrás de él. La primera y segunda estrofas del himno de laudes cantan: "Él, fúlgido de gloria por el privilegio insigne de llevar las insignias de Cristo, se hizo participe del grupo apostólico pobre, llevando en sí la cruz como el signo del pacto del Señor".
c) La oración después de la comunión nos invita a descubrir un tercer aspecto de la vida de Francisco, rogando al Señor que nos conceda "imitar a san Francisco de ASís en su caridad y en su celo apostólico, para que gustemos los frutos de tu amor y nos entreguemos a la salvación de nuestros hermanos".
Él, ya en los primeros momentos de su experiencia de fraternidad de tipo popular y sustancialmente laico, sin pensar quizá en hacer de ella una orden de estilo clásico, había creado un nuevo tipo de vida evangélica, no según la segregación en el recinto de los monasterios, sino según la itinerancia abierta a la circulación y a la comunión. Así, en 1224, para ir de Espoleto a Romagna, quiso pasar por el castillo de Montefeltro, donde se celebraba un gran banquete y cortejo por la investidura de caballero de uno de los condes, porque "con la ayuda de Dios nosotros sacaremos algún fruto espiritual" (Florecillas). La soledad de las Cárceles y del Alvernia eran momentos fuertes para lanzarse nuevamente a aquellas aldeas y a aquellas ciudades que salían del dominio feudal para constituirse en libres municipios regidos por instituciones civiles en los que la plebe se había emancipado. La elección de la navidad como la fiesta más franciscana de la pobreza, de la humildad y de la inocencia, con la sagrada representación del pesebre en Greccio la noche del 24 de diciembre de 1223, es uno de los medios más eficaces para dejarse inflamar por el amor al servicio evangélico de los hermanos.
Asó exhorta Francisco en la Carta a todos los fieles, que encontramos en el oficio: "Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario, debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios". Su fervor apostólico, demostrado más tarde en las misiones en Oriente y en la predicación itinerante, es también hoy, en un contexto socio-religioso, una invitación a hacer esta segunda evangelización de nuestras tierras a través del testimonio de la opción de los últimos. Si Francisco imaginaba una fraternidad religiosa de mendicantes que fueran pidiendo de casa en casa (tal concepción sedujo también a santo Domingo, que en presencia del cardenal Ugolino le propuso unir ambas órdenes), hoy en nuestro mundo, donde domina con frecuencia el dinero, la opción de los cristianos deberá inclinarse por la preferencia de los medios más pobres y menos comprometidos. Sólo así podremos celebrar, con la antífona del Benedictus de laudes, a "Francisco, pobre y humilde", que "entra rico en el cielo y es honrado con himnos celestiales". Este es el sentido de su patrocinio
 

 

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