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30 de Septiembre
SAN JERÓNIMO

(ca. 347 - 420)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Jerónimo, muerto en Belén el 30 de septiembre del año 419 ó 420, a la edad de noventa y un años, según el Chronicon de Próspero de Aquitania, es conocida ya en el siglo VIII en Galia, y posteriormente se difunde por todo el Occidente en los siglos IX a XI. Celebra al más grande erudito entre los escritores latinos de la antigüedad cristiana, tanto que ya en el ordinario de Inocencio III era saludado con la antífona "O Doctor".
Nacido en Estridón (Dalmacia) en el año 347 aproximadamente, Sogronio Eusebio Jerónimo, tras una juventud desordenada y la formación romana en la escuela del famoso retórico Donato, se hizo catecúmeno junto con Bonosio en el año 366 y recibió el bautismo de manos del papa Liberio. Después de una breve estancia en Tréveris, se estableció en Aquilea con la comunidad de Cromacio en el 374, donde conoció a Rufino - con el que más tarde polemizaría -. Pero luego partió para Oriente, llegando a Antioquía. Aquí, durante una enfermedad, tuvo la célebre visión, contado a Eustoquio, en la que se sintió llamado a juicio; y ante su respuesta de que era cristiano, el juez divino le respondió que mentía ("Tú eres ciceroniano y no cristiano"), "porque donde está tu tesoro está tu corazón".
Abandonando la cultura pagana, Jerónimo se consagró a la vida ascética en el desierto de Calcidia, al sudeste de Antioquía y donde aprendió el hebreo. Después de superar graves tentaciones con la oración y una austera penitencia, aceptó ser ordenado sacerdote por el obispo Paulino a los treinta y ocho años. Luego se fue a Constantinopla hacia los años 380-381, donde conoció a Gregorio Nacianceno y la escuela neoplatónica, con la exégesis alegórica alejandrina, dedicándose a traducir las Homilías de Orígenes sobre Ezequiel y la Crónica de Eusebio de Cesarea. Para acompañar a Paulino de Antioquía y Epifania de Salamina al concilio romano del 382, se fue a Roma, donde el papa Dámaso le hizo secretario suyo, encargándole que revisara la traducción latina de los evangelios. Con su espíritu satírico combatió a Elpidio, que despreciaba la virginidad, y dirigió espiritualmente un círculo ascético de mujeres nobles en las lujosas villas del Aventino, como Marcela, Paula y Eustoquio.
A la muerte de Dámaso en el 384, por desavenencias con el clero romano (entre otras cosas, a causa de la nueva versión de la Biblia), partió de nuevo para Oriente, visitando Palestina, Egipto y el desierto de Nitria, donde vivían los ascetas y donde en Alejandría consultó al maestro de exégesis Dídimo el Ciego. Finalmente recaló en Belén (386-419), donde se convirtió en el responsable espiritual del monasterio construido por Paula (su torre sirvió de refugio en la devastación del 416) para sus compañeras. En su monasterio masculino, Jerónimo pudo dedicarse a ultimar las versiones de la Biblia, del griego de los LXX y la mayor parte del Antiguo Testamento del hebreo, y a redactar otras obras; De viris illustribus y ciento cincuenta y siete cartas. Hubo de luchar de nuevo en defensa de la virginidad y contra el origenismo: del 393 al 402 había estallado la crisis origenista, ocasionada por el Panario de Epifanio de Salamina. Polemizó duramente contra su amigo Rufino y contra el obispo de Jerusalén Juan; luego, contra Pelagio y Vigilancio. Tras la muerto de sus bienhechoras e hijas espirituales Paula y Eustoquio, permaneció en el monasterio devastado, apenado por las noticias que llegaban de Roma, donde Alarico hacía estragos. Acogió a los nobles míseros y despavoridos que se refugiaron en Belén a causa de las incursiones de los sarracenos en Palestina ( 410-412), interrumpiendo su Comentario sobre Ezequiel.
No sabemos nada acerca de sus últimos días; sólo es seguro que fue enterrado entre las ruinas de su beaterio. Fue venerado durante todo el medioevo, convirtiéndose en objeto de la más extravagante iconografía, que lo ha presentado no sólo con vestiduras cardenalicias, sino también con un león amansado, entre fieras pacíficas o entre mujeres tentadoras.

Mensaje y actualidad
Las tres nuevas oraciones subrayan el valor preferente del gran doctor de las Sagradas Escrituras.
a) En efecto, la colecta suplica: "Oh Dios, tú que concediste a san Jerónimo una estima tierna y viva por la Sagrada Escritura, haz que tu pueblo se alimente de tu palabra con mayor abundancia y encuentre en ella la fuente de la verdadera vida". La revisión del texto latino de la Vetus Itala, el comentario de los Salmos, del Eclesiástico y de las cartas paulinas, de los profetas y de Mateo, además de sus numerosas homilías sobre muchos textos bíblicos, representan su gran producción exegética, que, aunque no resulte muy original, sigue siendo un monumento imperecedero. En el oficio de lectura, el Prólogo al comentario del profeta Isaías nos recuerda la ya célebre frase, recogida por la constitución Dei Verbum: "Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría".
b) En la oración sobre las ofrendas reaparece el tema de la palabra de Dios, porque se pide: "Concédenos, Señor, que después de acoger con devoción tu palabra..., nos dispongamos a ofrecerte con mayor fervor este sacrificio de salvación". La liturgia de la palabra es, pues, la primera mesa respecto a la eucaristía, y no sólo una condición de tipo catequético; la predicación eclesiástica ha de nutrirse y regularse por la Sagrada Escritura, ya que la palabra divina se convierte en iluminación interior, que no sólo sirve de norma suprema de la fe, sino que es también el criterio hermenéutico de sí misma. Por eso "se ha de leer con el mismo Espíritu con que fue escrita".
Aunque la exégesis literal de la Biblia no se libró siempre de contaminaciones alegóricas; aunque su actitud imprecisa en el caso de la inspiración de los libros deuterocanónicos ha sido fuente de dudas en la Iglesia latina, se ha de reconocer que su erudita exégesis ha prestado un servicio inestimable, especialmente en el estudio de la Biblia como "lectio divina".
c) La oración después de la comunión pone el acento una vez más sobre la meditación de la Sagrada Escritura, "para que, atentos a la divina palabra, conozcamos el camino que debemos seguir y, siguiéndolo, lleguemos a la vida eterna".
Jerónimo hizo de la misma experiencia monástica, de la que fue maestro tanto en Roma como en Palestina y Egipto, un fruto de su estudio meditativo de las Escrituras, consultado a Dídimo el Ciego, que sabía traducir con la exégesis el pensamiento ortodoxo en fórmulas simples y precisas. La polémica con Rufino hasta su muerte, a quien él impugnaba como origenista, y las diatribas que lo enfrentaron con el clero romano forman parte de su temperamento impetuoso. Pero temía a Ambrosio: "Prefiero no hablar de él, por temor a merecer sus reproches"; y provocaba al mismo Agustín: "Tú talonas mi silencio, tú te precias de tu ciencia". El himno de la liturgia de las horas recuerda este celo arrasador: "El, escrutando, se propuso exponer lúcidamente la palabra de la fe y los santos dogmas o impugnar polémicamente con voz crítica a los enemigos, vehemente como un león".
La actualidad de este "filósofo, retórico, gramático, dialéctico, trilingüe", como se autodefinió, para nosotros consiste en practicar lo que nos recomienda en el comentario a Gál 5.19-21: "Nosotros llamamos hombre espiritual, porque lo juzga todo y no es juzgado por nadie, a aquel que, conociendo todos los acontecimientos de la Escritura, los comprende modo sublime; y, viendo a Cristo en los libros divinos, no admite en ellos nada de la tradición judía". (que excluye, naturalmente el sentido cristológico). Este cristocentrismo bíblico es la gran herencia de Jerónimo, que fue al mismo tiempo penitente, por la dureza y pasionalidad de su carácter, y humanista.

 

 

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