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28 de Septiembre
SAN LORENZO RUIZ Y COMPAÑEROS, mártires
( 1633 - 1637 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de los dieciséis mártires japoneses, pertenecientes o
asociados a la Orden de Santo Domingo, que derramaron su sangre en Nagasaki
en 1637, canonizados el 18 de octubre de 1987 por Juan Pablo II, fue
introducida en el calendario en 1988 por su dies natalis. El nombre de
Lorenzo Ruiz, padre de familia, nacido en Manila en el suburbio de Binondo,
encabeza la gloriosa legión de estos mártires, de diversas edades y
condición: dos religiosos hermanos, dos vírgenes consagradas, tres laicos,
entre ellos el filipino Lorenzo, y nueve presbíteros, entre ellos el jefe de
la misión, el dominico español, originario de León, Antonio González. Ellos
contribuyeron a difundir la fe cristiana en las islas Filipinas, Formosa y
el archipiélago japonés. El testimonio de este padre de familia, de padre
chino y de madre tagala, elegida nominalmente entre los otros seis por los
cuales se cantó el Te Deum la tarde del 27 de diciembre de 1637 en la
iglesia de Santo Domingo cuando llegó a Nagasaki la noticia de su martirio,
es sin duda singular.
2. Mensaje y actualidad
La “colecta” propia de esta memoria no contiene referencias específicas a la
vida de los mártires, pero ilustra de manera sobria el significado de tan
heroico testimonio con estas palabras: "Concédenos, Señor y Dios nuestro, la
constancia de ánimo de tus santos mártires Lorenzo Ruiz y compañeros para
servirte a ti y al prójimo, ya que son felices en tu reino los que han
sufrido persecución por causa de la justicia". En la primera parte se alude
a la constancia de ánimo de estos mártires, que son misioneros del evangelio
por haber contribuido a difundirlo en las tierras de Extremo Oriente como
testimonio de la universalidad de la religión cristiana. En efecto, fueron
solidarios con su prójimo porque dieron la vida por esta fe, que cantaron
con los salmos tanto cuando estuvieron en prisión como cuando afrontaron el
suplicio, que duró tres días.
Los dieciséis mártires, como atestigua la lectura del oficio, tomada de la
homilía de Juan Pablo II pronunciada en Manila para su canonización, "en el
ejercicio del sacerdocio en virtud del bautismo y del orden sagrado,
rindieron a Dios el más grande acto de adoración y de amor, derramando su
sangre en comunión con el sacrificio de Cristo en el altar de la cruz. De
este modo imitaron a Cristo sacerdote y víctima, en el grado más perfecto
posible para la criatura humana. Al mismo tiempo su martirio constituyó el
máximo acto de amor hacia los hermanos, por los cuales nosotros también
somos llamados a entregarnos a ejemplo del Hijo de Dios, que se sacrificó a
sí mismo por nosotros". La intercesión final de la colecta cita la séptima
bienaventuranza del sermón de la montaña, según Mt 5,10. En efecto, el
mártir Lorenzo, guiado por el Espíritu Santo a una meta inesperada tras un
viaje lleno de peligros, proclamó ante los jueces que era cristiano y estaba
dispuesto a morir por su Señor: "Quisiera dar mil veces mi vida por él.
Jamás seré apóstata. Si queréis, podéis matarme. Mi deseo es morir por
Dios". "Justamente - comenta la citada homilía del papa - en estas palabras
está el compendio de su vida, la afirmación de su fe, el motivo de su
muerte. En la hora del martirio el joven padre de familia proclamó y llevó a
cabo la catequesis cristiana que había recibido en la escuela de los
hermanos dominicos de Binondo, catequesis que tiene por único centro el
misterio de Cristo: es Cristo el que viene a anunciar y es Cristo el que
habla por la boca de su mensajero".
La actualidad de este mensaje, que el responsorio a la lectura hagiográfica
configura como el de aquellos que "amaron a Cristo en la vida y lo imitaron
en la muerte por cuanto estuvieron unidos en una sola fe y en un solo
espíritu" (cf Ef 4,4-5), está expresada en la lectura anterior: "Ser
cristianos significa entregarse todos los días a sí mismos como respuesta a
la ofrenda de Cristo, que vino al mundo para que todos tengan vida y la
tenga en abundancia".
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