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27 de Septiembre
SAN VICENTE DE PAÚL, presbítero
( 1581 - 1660 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Vicente de Paúl, muerto en París el 27 de
septiembre de 1660 y canonizado en 1737, ha sido trasladada a su dies
natalis de la fecha anterior del 19 de julio, elegida para permitir a los
seminaristas dirigidos por los Padres Lazaristas celebrarla como clausura
del año escolástico.
Vicente de Paúl, nacido en Pouy (Gascuña, cerca de los Pirineos) el 24 de
abril de 1581, de una familia de humildes labriegos, se ordenó sacerdote a
los diecinueve años (1600), esperando que el oficio eclesiástico le sirviese
para medrar socialmente. Se estableció en París (1608) en busca de un
beneficio, después de haber sido prisionero de los mahometanos por dos años,
en Túnez, capturado por los piratas, y de haber convertido a un renegado, su
patrón de esclavitud.
En la situación social de aquel siglo, azotado por la peste y el hambre,
Vicente fue aconsejado por el padre De Bérulle, gran teólogo y luego
cardenal, que lo guió en el camino del espíritu, a que asumiera primeramente
la cura pastoral de una parroquia junto a París en 1612, en Clichy, donde
reunió en torno suyo no a sus parientes, sino a un grupo de jóvenes entre
los que se encontraba su primer seguir, Antonio Porail,; y luego que se
hiciera capellán (preceptor) de una familia de la alta aristocracia (Felipe
Emanuel de Gondi), que tenía como en cura la diócesis de París (trasmitida
de tíos a sobrinos) y era almirante de la flota del Mediterráneo.
Permanecerá con los Gondi doce años, durante los cuales sufrió interiormente
por cuatro años una grave tentación contra la fe, que tuvo cierto influjo
sobre su vida de perfección.
En su servicio en las galeras, desde 1618 y con el título de capellán real,
desempeñó un intenso apostolado entre los hombres que trabajaban en los
navíos, descendiendo a las bodegas de aquellas cárceles flotantes y junto
con la célebre "Compagnie du Saint-Sacrament" trató de confortarlos. En 1617
se produjo un viraje que marcará su vida de misionero de los campesinos
pobres, porque a la cabecera de un labrador moribundo, monsieur Vincent
(como se le llamaba entonces) percibió la sacramentalización en la Iglesia
de su tiempo. Su huída de París (1617) para hacer de párroco en Chatillon-les-Dombes
sigue sin explicar; pero él hizo allí su nueva experiencia pastoral,
convirtiendo a un conde duelista empedernido; y sobre todo tuvo la
posibilidad de intuir, frente a una familia enferma a punto de morir de
hambre, que era menester organizar una ayuda de modo sistemático. Para ello
reunió a grupos de asistencia, que fueron las Confraternidades de la Caridad
(Confréries de la Charité), de las que luego saldrá la Compañía de las Hijas
de la Caridad. En 1619 conoció a san Francisco de Sales y a santa Juana de
Chantal, y se convirtió en superior de los monasterios de la Visitación de
París, manteniendo este cargo hasta su muerte.
En 1625, reunió a los primeros compañeros para que le ayudaran en las
misiones en favor de los campesinos de las campiñas, sentando las bases de
la Congregación de la Misión, formada por sacerdotes y hermanos, que tuvo el
reconocimiento romano en 1633, estableciéndose más tarde en el priorato de
Saint-Lazare. Los sacerdotes de la Misión, a quienes el pueblo llamará
lazaristas por su barrio de residencia, hubieron de dedicarse también a la
preparación del clero, carente de formación intelectual y sobre todo moral.
En 1633 reunió a las primeras doce muchachas en torno a una penitente suya,
santa Luisa de Marillac ( + 1660 ), a fin de dar una forma más estable y
mejor organizada a la Confraternidad de las Dames de la Charité, para la
atención de las masas proletarias de la ciudad especialmente durante la
terrible guerra de los treinta años. En lugar de estar en el claustro,
debían acudir a las casas de los enfermos.
Su fama era conocida en París, hasta el punto de que la regente Ana de
Austria lo nombró miembro del Consejo de Conciencia (que se ocupaba de los
nombramientos eclesiásticos) con el cargo de ministro de la caridad; pero
luego abandonó este cargo por la oposición primero de Richelieu y luego del
mismo Mazarino. Además de las dos principales instituciones ya nombradas,
añadió a las Damas de la Caridad también la rama masculina de los Siervos de
los Pobres. De estas obras surgieron posteriormente las Hermanas de la
Caridad de San Antidas y las Conferencias de San Vicente, fundadas por el
beato Federico Ozanam (1813-1853) para la visita de los pobres a domicilio,
especialmente por parte de los jóvenes. En 1640 fundó también en París un
instituto para niños huérfanos. Durante sesenta años Francia se benefició de
la caridad incansable de este hombre, proclamado por León XIII (1883)
"patrono de todas las obras de caridad extendidas por el mundo". Quebrantado
de salud desde 1665, sufrió un ataque de parálisis, permaneciendo, empero,
lúcido hasta su muerte. Su funeral fue un triunfo. Su cuerpo, expuesto en
una caja de plata en la capilla de la casa madre de París, es un recuerdo
perenne de su rol en la historia de la cristiandad. Con razón se ha dicho
que "así como Dios suscitó a Ignacio de Loyola contra Lutero, así suscitó a
Vicente de Paúl contra el jansenismo". Además, sus cerca de dos mil cartas
son una mina de informaciones sobre la vida religiosa de la primera mitad
del gran siglo de Francia, el siglo XVII.
Mensaje y actualidad
Las tres oraciones, tomadas del "Propio de la Misión" con pocas variantes,
delinean la fisonomía de este gigante de la caridad.
a) En la colecta se invoca: "Señor, Dios nuestro, que dotaste de virtudes
apostólicas a tu presbítero san Vicente de Paúl para que entregara su vida
al servicio de los pobres y la formación del clero". La idea del servicio es
central en las obras del santo, que quiso ante todo "implicar a sacerdotes,
laicos y mujeres, responsabilizándolos en un servicio completo de evangelio
testimoniado a los sin voz y de pan material a los que carecían de él".
Su magisterio está resumido en estos dos lemas: "No me basta amar a Dios si
no amo a mi prójimo. Los pobres son mi peso y mi dolor". En la intercesión
final se pide que también nosotros, "impulsados por su mismo espíritu,
amemos cuanto él amó y practiquemos sus enseñanzas". Este gran evangelizador
de la caridad afirma en la carta (n. 2546) que nos ofrece el oficio de
lectura: "Si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún
pobre, recordad que ese servicio se lo prestáis al mismo Dios". Para la
formación de los ministros de Dios, Vicente empezó, en 1628, con la
predicación de un retiro a los ordenados de la diócesis de Beauvais,
precedido por un examen previo de los ordenados; luego prosiguió con la
creación de un seminario menor y otro mayor, tanto en el colegio de los
Buenos Muchachos como en la zona de Saint-Lazare; por fin, con las
conferencias del martes, que reunían a la elite del clero parisino y suplían
la misión que no era de su competencia o capacidad. Fue en una de estas
conferencias, la de la cuaresma de 1658 en Metz, donde destacó el más tarde
famoso Bossuet. En estos mismos encuentros, él, llamado - durante la vida de
Luis XIII - a designar a los candidatos al episcopado, podía elegir a
sacerdotes dignos de confianza. En la misma reforma de la predicación
barroca de su tiempo difundió Vicente un método particular, que consistía en
buscar la naturaleza, los motivos y los medios más oportunos para practicar
cualquier virtud específica, elegida como argumento. Por lo demás, también
en los capítulos de sus Reglas para los sacerdotes se revela esta
atemperación entre la espiritualidad contemplativa berulliana, el humanismo
salesiano y el ascetismo ignaciano.
b) En la oración sobre las ofrendas se pide: "Señor, tú que concediste a san
Vicente de Paúl la gracia de realizar en su vida lo que celebraba en estos
santos misterios, concédenos... llegar a transformarnos en ofrenda agradable
a tus ojos". El, que decía que la "Iglesia estaba arruinándose en muchos
lugares a causa de la mala vida de los sacerdotes", fue un precursor de la
teología del ministerio pastoral como objetivo primordial del sacerdocio,
sacado, empero, de la celebración eucarística. Así corrigió la perspectiva
de la escuela francesa (De Bérulle, Condren, Olier, Eudes), según la cual el
sacerdote es para el altar en primera instancia, insistiendo en cambio en la
línea agustiniana del hombre-para-los-otros; es decir, del sacerdocio no
como condición, sino como servicio y misión. Frente a los protestantes, que
se oponían al sacerdocio ministerial, jamás respondió con la polémica, más
aún, prohibió todo confrontamiento de este tipo, sino con la reforma de las
costumbres, con una orientación evangelizadora y con la formación del clero
a través de nuevas iniciativas.
c) La oración después de la comunión se dirige al Señor: Tú, que nos has
alimentado con los sacramentos del cielo, concédenos que, a ejemplo de san
Vicente de Paúl y ayudados por su intercesión, imitemos a Jesucristo, tu
Hijo, anunciando el evangelio a los pobres".
Monsieur Vincent, como se le conocía popularmente, "consuelo de los que
sufren, defensor de los huérfanos y protector de las viudas", como lo
celebra la antífona del Benedictus en laudes, siempre prefirió el hacer al
enseñar. Así se justificaba del retraso en redactar las reglas para sus
hijos, remitiéndose a la frase lucana: "Jesús hizo y enseñó" (He 1,1). En
efecto, imitó a Cristo, ocupándose de los expósitos, que con frecuencia eran
rechazados entonces por otras instituciones; y de los condenados al remo,
galeotes, buscando soluciones políticas a diversas necesidades, como la
mejoría de los ambientes. El ofrecimiento de sus Hijas de la Caridad al
servicio de los hospitales que estaban organizando; su mismo envío a los
campos de batalla, para atender a los heridos de la guerra de Polonia; su
preocupación por las visitas a los enfermos hechas en sus casas, para no
privarles de sus seres queridos..., son otras tantas expresiones en este
sentido del hombre que, a imitación de Cristo, considera a los pobres como
nuestros "señores y amos", según su expresión.
La actualidad de este mensaje, inspirado en el gran optimismo del evangelio,
es para nosotros una invitación a seguir la primacía de ese sentido de la fe
que hace sentir la urgencia de la misión en nuestras tierras carentes de
evangelización, descubriendo entre otras cosas los errores ocultos en la
engañosa falsificación de los valores. Como hizo Vicente cuando, sin tantos
razonamientos, supo intuir los errores jansenistas de un hombre, compatriota
y amigo suyo (el abate Saint-Cyran, Duvergier de Hauranne), a quien se opuso
por sus desviaciones doctrinales, aunque apreciara sus virtudes. Tampoco ha
de chocarnos el juicio un poco sumario sobre los pobres expuesto en la
citada carta: "Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia
externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya
que, con frecuencia, son rudos e incultos". El realismo de nuestros juicios,
motivado a menudo por las apariencias, no nos excusa del descompromiso, sino
uqe, por el contrario, nos ha de estimular a un servicio gratuito. Así actuó
Vicente, que, consciente de sus límites, en el lecho de muerte respondía a
todas las demandas de bendición para sus obras con la frase paulina (2Cor
8,6): "El que empezó esta buena obra la llevará a cabo".
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