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20 de Septiembre
SAN ANDRÉS KIM TAEGON, presbítero,
y SAN PABLO CHONG HASANG Y COMPAÑEROS, mártires
( siglo XIX )



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de los dos mártires coreanos, canonizados en 1984 por Juan Pablo II con otros ciento once mártires durante el viaje apostólico a Corea, memoria introducida en el calendario en 1985, ha sido fijada en una fecha intermedia entre el 16 de septiembre para Andrés ( decapitado en Seúl ) y el 22 de septiembre para el laico Pablo, asesinado el mismo año de 1846.
La evangelización de este país asiático se remonta a los comienzos del siglo XVIII por el apostolado de algunos laicos, que lograron crear una fuerte y fervorosa comunidad que, sin pastores, perseveró en la fe hasta la llegada secreta de los primeros misioneros franceses.
De esta comunidad forman parte ciento tres mártires, todos coreanos, excepción hecha de tres obispos y siete sacerdotes pertenecientes a las Misiones Extranjeras de París, asesinados en las persecuciones de los años 1839, 1846, 1866 y 1867. Las noticias sobre el sacerdote Andrés, hijo de Ignacio y que también fue martirizado su padre en 1821, aunque no muy numerosas, son corroboradas no obstante por su testimonio, escrito en dos cartas. Una está escrita en latín desde la cárcel, en 1846, al vicario apostólico monseñor G.G. Ferréol, que le había ordenado sacerdote en 1845, y que había conseguido introducirle en Corea con otro misionero; la otra está dirigida a sus compatriotas cristianos.
Sus restos fueron trasladados desde el lugar del martirio a orillas del río, en las cercanías de la capital, a una montaña, en la cual está sepultado.
Son los primeros mártires de este país asiático, hoy a la cabeza de la civilización en el mundo oriental.

2. Mensaje y actualidad
En la oración de la misa y en la liturgia de las horas emergen dos temas. El primero, en la colecta, es el de la universalidad del designo salvífico de Dios, "creador y salvador de todos los hombre, que en Corea, de modo admirable, llamaste a la fe católica a un pueblo de adopción y lo acrecentaste por la gloriosa profesión de fe de los santos mártires".
La Iglesia es misionera por naturaleza, como nos ha recordado el concilio con el decreto Ad gentes; y el evangelio sigue siendo un grano de trigo fecundo que se multiplica cuando muere (cf Jn 12, 24). En la carta, que encontramos en el oficio de lectura, nos sorprende la sencillez evangélica del discurso de Andrés Kim, hijo de la campiña coreana, que, sirviéndose de imágenes de la vida agrícola (el sembrador), parece recalcar el estilo de las parábolas: "¿Cómo esta gran persecución podría ser considerada de otro modo que como una decisión del Señor. o como un premio o castigo suyo?".
El creyente sabe descubrir incluso en los acontecimientos más opresivos y crueles un signo de la providencia divina. Ésta es la enseñanza de la intercesión final de la colecta, donde se pide a Dios, por el ejemplo e intercesión de los mártires, "perseverar también nosotros hasta la muerte en el cumplimiento de sus mandatos".
Andrés, que había sacado provecho de su educación cristiana familiar y de su formación, llevada a cavo en Macao, adonde fue enviado por intervención de un misionero francés, logrando que entrara en su país el vicario apostólico y algunos otros, es hoy para nosotros un estímulo de cara a la fidelidad heroica y coherente de nuestra fe. Ésta se ve asaltada por peores enemigos que los de una muerte cruenta, al presentarse enmascarados por la aparentemente pacífica secularización de la vida.
 

 

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