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19 de Septiembre
SAN JENARO, obispo y mártir
(+ ca. 305 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa del obispo Jenaro, martirizado con otros seis
compañeros en Pozzuoli (cerca de Nápoles) a comienzos del siglo IV, es
mencionada ya en el martirologio jeronimiano en fecha del 19 de septiembre,
así como en los antiguos calendarios de Cartago (siglo VI) y de Nápoles
(siglo IX), y en los de Oriente (los bizantinos lo veneran también el 20 de
abril), igual que en la capilla papal desde finales del siglo XIII. Las
noticias, que derivan de algunas passiones (la más antigua está en las Actas
bononiensa después del siglo VI, en un códice del año 1180), no nos permiten
trazar con seguridad esta figura de mártir.
Su existencia histórica es atestiguada por la fuente más antigua; esto es,
por el biógrafo de san Paulino de Nola, el sacerdote Uranio, cerca de un año
más tarde de los hechos acontecidos en 431. "Paulino comenzó a preguntar con
voz clara dónde estaban sus hermanos. Entonces uno de los asistentes,
creyendo que buscaba a sus cohermanos obispos que habían celebrado con él la
eucaristía en el dormitorio, dijo: "Aquí estoy, en torno tuyo y de tus
hermanos". Pero él, respondiendo, añadía: "Yo me refería a mis cohermanos en
el episcopado, Jenaro y Martín de Tours, que hace poco conversaban conmigo,
prometiéndome que acudirían pronto". De aquellos dos obispos, Jenaro, obispo
y mártir, es gloria de la Iglesia de Nápoles" (PL 53, 861-A).
En cambio, a favor de la tesis de que se trata de un obispo de Benevento,
que lo enumera en su lista episcopal (hay dos Jenaros), está hecho de que el
segundo Jenaro, que suscribió el concilio de Sardica (342-343) haciendo
votar el canon 12 "Ianuarius a Campania de Benevento", fue desterrado y
atormentado por los arrianos por defender a Nicea y por ello es mártir.
Luego habría sido trasladado a Campiña e inhumado en Pozzuoli. Reencontrado
por el obispo Juan I, habría sido transferido a Nápoles, en la catacumba de
Capodimonte.
En favor de la tesis del obispo de Nápoles se puede aducir además la
inscripción "Sancto martyri Ianuario" en una pintura del siglo V, donde
Jenaro aparece con nimbo entre dos velas. El relato legendario, que sitúa el
martirio en el estadio de Pozzuoli por decapitación después de que sufriera
en vano otros tormentos: llamas de un horno, osos del estadio, ha
contribuido a hacer un símbolo de este santo.
Tal culto es acentuado también por el fenómeno de la sangre, que licúa
normalmente en coincidencia con las traslaciones cuatro veces al año: el
primer sábado de mayo, el 19 de septiembre, en las octavas de estas
festividades y raramente el 16 de diciembre, según una tradición que se
puede documentar a partir de 1389 (falta la documentación en un período de
once siglos).
El hecho ha de considerarse milagroso (sucede independientemente de la
temperatura ambiental); por eso va acompañado de las diferentes indulgencias
de la Iglesia, concedidas por los papas, que acreditan una fe puramente
eclesiástica (no está en juego la fe católica, y menos aún la divina). En
efecto, el culto de las reliquias va dirigido siempre a la persona, y jamás
al objeto material.
En el caso del mártir conviene recordar que todos estos actos de veneración
van a "Cristo, corona de todos los santos" (LG 50-51).
Las reliquias del mártir, transportadas desde el agro marciano (Pozzuoli) a
las catacumbas napolitanas de Juan I (+ 432), entre el 413 y el 431, fueron
depositadas en el cementerio cultual. Así se explica porqué también la
sangre fue recogida, según la leyenda, en dos ampollas y entregada por una
mujer, tras la decapitación, a los napolitanos cuando su cuerpo fue
trasladado a Nápoles. Ésta es la sangre que sigue licuándose, con variación
de volumen, peso y viscosidad, contra las leyes de la constancia de la
temperatura de fusión y de la conservación de la masa.
2. Mensaje y actualidad
La colecta del misal, que deriva del sacramentario gregoriano (es la del
papa Sixto II y compañeros), pide que el Señor, "que nos concede venerar la
memoria de tu mártir san Jenaro, ... (nos otorgue) también la gracia de
gozar de su compañía en el cielo".
El culto popular al obispo de una gran ciudad nos recuerda el valor de la
misión episcopal, que san Agustín ilustra en el oficio de lectura con una
famosa frase que sintetiza toda la grandeza y al mismo tiempo la
responsabilidad del pastor de una Iglesia local: "Si por un lado me
aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con
vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición
de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera
comporta un peligro, la segunda una salvación".
El hecho milagroso de la sangre no tiene una explicación natural; pero sigue
en pie la doctrina católica, según la cual la veneración de un santo, tanto
más de un mártir pastor, se nos recomienda para que busquemos "el ejemplo de
su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión" (LG
51, prefacio de los santos pastores).
Ésta es la actualidad permanente que hay que subrayar. No hay que
multiplicar los milagros sin necesidad, pero tampoco habrá que negarlos por
prejuicio.
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