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17 de Septiembre
SAN ROBERTO BELARMINO, obispo y doctor de la Iglesia
(1542-1621)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de Belarmino, muerto en Roma el 17 de septiembre de
1621, canonizado nada menos que trescientos años más tarde, en 1930 y
declarado doctor de la Iglesia en 1931, es trasladada a su dies natalis del
13 de mayo.
Nació en Montepulciano, región de Toscana (Italia), de noble familia
(sobrino del papa Marcelo II), y entró en la Compañía de Jesús en 1560;
después estudió filosofía en el Colegio Romano, más tarde teología en Padua
y por fin en Lovaina. Aquí, en la célebre universidad que era rival de
París, después de haber sido ordenado sacerdote en Gante en 1570, fue, de
alumno, profesor de teología durante su estancia de siete años (1569-1576).
Por motivos de salud volvió al Colegio Romano (la futura Universidad
Gregoriana) como maestro de teología, donde enseñó doce años y publicó sus
Controversias, que posteriormente alcanzaron varias ediciones. En ella se
inspiró también san Francisco de Sales en la obra homónima.
Pero, por la oposición de algún detractor, que no compartía su tesis, que
negaba al papa un poder temporal directo, tal obra corrió el riesgo de ser
incluida en el Índice de los libros prohibidos (1594). Cuando acompañó a
París como teólogo de la legación papal, enviada para intervenir en la lucha
entre la Liga y Enrique IV, dio ejemplo de gran discreción y piedad. Supo
resistir con franqueza a Sixto V en lo tocante a la versión de la Biblia en
latín (la famosa Biblia Sixtina) y dictó el prólogo de la edición revisada y
corregida en 1592, en tiempo de Clemente VIII.
En 1588 Roberto, de profesor de controversias pasó a padre espiritual del
Colegio Romano. El más ilustre de sus "dirigidos" fue Luis gonzaga, de cuya
beatificación se ocupó más tarde.
Posteriormente - cuatro años después - llegó a rector del mismo colegio,
hasta que en 1594 fue a Nápoles como provincial de los jesuitas. Clemente
VIII lo reclamó a Roma como su teólogo particular, nombrándolo consultor del
Santo Oficio y rector de la Penitenciaría. En este tiempo compuso, entre
otras obras, sus famosos catecismos: el Gran catecismo y el Pequeño
catecismo, que se convirtieron en los más importantes después del catecismo
del concilio de Trento.
Pese a su resistencia, fue creado cardenal en 1599 e intervino en la disputa
entre jesuitas (Molina) y dominicos (Báñez) sobre la predestinación (De
auxiliis divinae gratiae), sosteniendo la necesidad de no intervenir incluso
contra el papa. Por ello fue alejado de Roma con el nombramiento de
arzobispo de Capua (1602), donde fue un pastor modélico durante tres años.
Por fin Pablo V, sucesor de León XI (que apenas gobernó un mes) lo mantuvo
en Roma, donde se convirtió en teólogo oficial de la Congregación del Santo
Oficio y desarrolló una intensa actividad de escritor, de diplomático y de
político (en la histórica legación de Francia con el cardenal Gaetani),
admirado por todos por su gran simplicidad de vida.
En 1616 impuso a Galilei silencio acerca de la cuestión astronómica. En 1621
se reitró a la casa del noviciado de San Andrés del Quirinal. Aquí,
confortado por la bendición de Gregorio XV, expiró después de haber recitado
el credo, el día de los estigmas de san Francisco, cuya memoria había
conseguido que se celebrara en toda la Iglesia. Hoy se le venera en la
iglesia de San Ignacio junto a la tumba de san Luis Gonzaga.
2. Mensaje y actualidad
La colecta, ahora modificada, ya no hace referencia a la vuelta de los
errantes a la Iglesia romana, por evidentes motivos ecuménicos, pero
recuerda una nota peculiar de este gran controversista postridentino,
invocando al Señor, que dotó "a san Roberto Belarmino de santidad y
sabiduría admirable para defender la fe de su Iglesia".
En el clima de la contrarreforma, en que la Iglesia realizaba aquel
movimiento renovador por el que habían clamado los santos y después los
luteranos, este gran maestro (llamado por Benedicto XIV "martillo de los
herejes") había luchado por defender la verdadera fe en torno al pecado y a
la gracia ya en Lovaina contra Bayo, canciller de aquella universidad, y
luego en las Controversias, que provocaron en los protestantes la reacción
de las "Cathedrae antibellarminianae".
Su doctrina, expuesta popularmente en el Pequeño catecismo traducido al
francés y usado para los niños por san Francisco de Sales, que él mismo
explicaba a sus familiares y al pueblo (incluidos los niños analfabetos),
fue el gran medio para confutar, con las verdades de la fe, la difusión del
paganismo renacimental. Tal uso se prolongó por muchas generaciones.
Fue asimismo modelo de virtudes cristianas, además de maestro, como
demuestra su actitud coherente al par que dócil en la cuestión de la ya
decidida censura de una parte de su obra, las Controversias; y como en el
caso de la disputa sobre la predestinación, en que disuadió al papa con
argumentos convincentes. ASí, en la aventura de Sixto V y de su Biblia opuso
la prudente decisión del concilio de Trento (prediciendo la muerte del papa,
que murió antes de que las congregaciones "De auxiliis divinae gratiae"
encontraran una solución).
Su mismo alejamiento de la curia romana por el arzobispado de Capua fue
aceptado por él como un don divino, demostrando gran celo no sólo como
predicador y catequista, sino también por la reforma del clero y sobre todo
por las obras de caridad con los pobres.
Fue fiel a la práctica de las virtudes y de las observancias de la Compañía
de Jesús, a la que hizo heredera de sus numerosas obras y bienes. Murió
después de haber redactado la última de sus obras escritas como testamento
espiritual: El arte del bien morir (1620).
La conclusión de la colecta nos hace pedirle al Señor que conceda a su
pueblo, "por su intercesión, la gracia de vivir con la alegría de profesar
plenamente la fe verdadera".
El método apologético de Belarmino se inspiraba no sólo en el magisterio de
santo Tomás de Aquino, sino también en las fuentes bíblicas y patrísticas. A
pesar de su cultura, por la que Clemente VIII le había nombrado cardenal
proclamando que "no había otro hombre igual a él en la doctrina", cometió el
error de condenar a Galileo, convencido de que la prueba aducida por él no
era ni definitiva ni convincente. Anteriormente él mismo había corrido el
riesgo de que una parte de su obra fuera condenada por el Índice. Su obra
para confutar el libro francés Del poder del papa, que atacaba poder
temporal de los papas, fue una repetición de su constante teoría del "poder
indirecto", según la cual el poder espiritual puede reivindicar
temporalmente la autoridad política, pero con gran discreción y sólo cuando
está en juego el bien espiritual.
La integridad de la fe, que defendió valientemente no sólo con su dedicación
a la predicación, sino también con el método, que sabía reconducir las
verdades a su núcleo esencial, es atestiguada por un paso de su tratado
ascético en el oficio de lectura, donde así se expresa: "Por esto, si juzgas
rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para
tu eterna salvación; comprenderás que éste es tu fin, que éste es el
objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás
dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado".
Había defendido siempre al papa y a su autoridad, como en el caso del ataque
de los teólogos venecianos (1606) y en la confutación de la apología de
Jacobo I de Inglaterra, hasta reducirlo al silencio (1609), mostrándose
defensor de la doctrina eclesial.
Podemos servirnos de su actualidad poniendo a disposición de todos los dones
de ciencia y de bondad recibidos de Dios, sin orgullo de pretensiones,
oponiéndonos resueltamente a cualquier compromiso de conciencia. Así se
portó, a pesar de su talento.
Belarmino, que no cedió jamás a ninguna solicitación de nepotismo ode
reticencia frente a lo que él creía, aunque a veces sin razón, ser la
verdad. Su característica puede ser denominada "la mística del servicio de
Dios", como testimonia su Autobiografía, donde se reconoce siempre en paz,
incluso en las contrariedades y en la misma problemática de las
Disputationes. En cualquier caso, su fidelidad al papado resulta aún más
significativa, porque en el cónclave sucesivo a la muerte de León XI,
corriendo el riesgo de ser elegido papa, rezaba: "A papatu, libera me
Domine".
Su rectitud de juicio se trasluce en el diferente comportamiento adoptado en
sus tres intervenciones más célebres: contra el Tratado del entredicho a
Venecia de Paolo Sarpi; contra el derecho divino sostenido por Jaime I, que
imponía el juramento de fidelidad; y por fin en el azaroso caso de Galileo.
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