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15 de Septiembre
NUESTRA SEÑORA, LA VIRGEN DE LOS DOLORES ( siglos XII / XIV )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores, que
aparece en el siglo XII - se encuentran trazas de la misma a fines del siglo
XI en los escritos de san Anselmo y de muchos monjes benedictinos y
cistercienses - y es propagada primero por los cistercienses y después por
los servitas, se difundió sobre todo en los siglos XIV y XV.
Basta pensar en el Stabat Mater de Iacopone da Todi (+ 1306) y en la
extensión de la "compasión" de la Virgen de la cruz a toda su vida. Por
primera vez esta memoria se encuentra en Colonia, en 1423, en un decreto del
concilio provincial para reparar los ultrajes de los husitas, conmemorando
los dolores de María al viernes después del III domingo de pascua; en 1482
fue introducida en el misal con el título de Nuestra Señora de la Piedad.
Sólo en 1727 fue inscrita en el calendario romano por Benedictino XIII.
Suprimida en el tiempo de la pasión ( viernes de pasión ), esta memoria ha
sido conservada con la celebración de los siete dolores de María, memoria
introducida ya por los servitas en 1668 el domingo después del 14 de
septiembre ( III domingo de septiembre ).
Fue inscrita en el calendario romano en 1814, y Pío X la fijó luego el 15 de
septiembre en el año 1913.
El contexto de esta fiesta después de la exaltación de la santa cruz integra
ahora su significado. De las imágenes llamadas "Piedad" o "Dolorosas" ( es
famosísima la de Miguel Angel ), típicas del arte gótico tardío y del
renacimiento, donde se evidenciaba únicamente la compasión de María en la
cruz; así como de las formas paralitúrgicas. ( el Stabat Mater, las
Lamentaciones de María ) se pasó luego a la contemplación de los demás
dolores de la Virgen, fijados en el número siete ( desde el siglo XIV ).
Esto se impuso tras varias fluctuaciones - de las siete espadas a las siete
tristezas -: la espada de Simeón, la huida a Egipto, el hallazgo en el
templo, el camino del Calvario, la crucifixión, el descendimiento de la
cruz, la sepultura. Hoy esta memoria celebra sobre todo el dolor de María en
el sentido global con el nuevo título de Virgen de los Dolores ( que no
colma la laguna de una memoria en el tiempo de pasión ).
2. Mensaje y actualidad
La renovación de las oraciones de la misa indica que esta memoria se refiere
a todas las formas de dolor de María, cuyo símbolo es la profecía de Simeón,
recordada en la antífona de entrada, así como a la participación de la
Iglesia en la pasión y resurrección del Señor, como recuerda la antífona de
comunión con el texto de 1Pe 4, 13. La recentración cristológica de la
fiesta emerge también en el invitatorio de la liturgia de las horas:
"Adoremos al salvador del mundo, a quien estuvo unida la Virgen dolorosa".
a) En la colecta se encuentra indicado el fundamento bíblico de esta
memoria; en efecto, invocamos: "Señor, tú has querido que la madre
compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz"; y se pide "que la
iglesia, asociándose con María a la pasión de Cristo, merezca participar de
su resurrección".
La participación de María en la pasión de Cristo, aun colocándola
paralelamente con la común de los miembros de la Iglesia, confirma que María
participó de modo distinto en esta redención, cooperando de manera especial
según el designo salvífico del Padre ( aunque el concilio Vaticano II
evitara el término de corredentora ).
b) En efecto, en la oración sobre las ofrendas se invoca al "Dios de
misericordia, en esta fiesta de la virgen María, a quien tú nos entregaste
como madre amorosa cuando estaba junto a la cruz de tu hijo, Jesucristo
nuestro Señor", recordando el texto evangélico de Jn 19, 25-27. Como dice la
encíclica Marialis cultus, esta memoria representa una "ocasión propicia
para revivir un momento decisivo de la historia de la salvación y para
venerar junto con el hijo exaltado en la cruz a la madre que comparte su
dolor". María realizó lo que es tarea de todos los creyentes: asimilarse a
Cristo en su cruz; pero al recibir la obra del redentor tuvo un papel
activo, ya que, como cooperadora de la redención, puede transmitirla a otros
de manera privilegiada.
c) En la oración después de la comunión se invoca: "Después de recibir el
sacramento de la eterna redención, te pedimos, Señor, que al recordar los
dolores de la virgen María, completemos en nosotros, en favor de la Iglesia,
lo que falta a la pasión de Jesucristo". El texto de Col 1, 24, constituye,
pues, un fundamento indirecto de esta especial participación activa de
María, en virtud de su maternidad universal y eclesial, recordada por el
evangelio de Jn 19, 25-27 o también de Lc 2, 33-35. En este sentido, el
responsorio de la lectura de san Bernardo, en el oficio, conjunta las citas
de los dos textos evangélicos, según comenta el mismo sermón: "Este (Cristo)
murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquella fue una
muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro
hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que después de aquél, no tiene
semejante".
El aspecto devocional de la secuencia de Iacopone, distribuida en los himnos
de la liturgia de las horas y propuesta como facultativa en la misa, nada
quita a esta actualidad de la memoria, que sigue a la exaltación de la cruz,
casi una segunda pascua de la cruz en el corazón del otoño. En efecto, nos
recuerda una verdad esencial de nuestra fe, como sugiere la segunda antífona
de las laudes: "Estemos alegres cuando compartimos los padecimientos de
Cristo" (1Pe 4, 15). Es la alegría mística de la cruz que nos hace conformes
a Cristo, obteniéndonos una gloria inconmensurable; como se canta para María
según la antífona del Benedictus en las laudes: "Alégrate, madre dolorosa,
porque, después de tantos sufrimientos gozas ya de la gloria celestial,
sentada junto al Hijo como reina del universo". También las preces de la
liturgia de las horas pueden servirnos de guía en nuestra fe.
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