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13 de Septiembre
SAN JUAN CRISÓSTOMO, obispo y doctor de la Iglesia ( siglos V / VII )



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de Juan Crisóstomo, muerto en la deportación den Comana (Tokat, Turquía), a orillas del mar Negro, el 14 de septiembre del año 407, es celebrada ahora en la víspera de su dies natalis, impedido por la fiesta sucesiva, según la tradición de la Iglesia de Antioquía. Para las Iglesias de Constantinopla y Alejandría la fecha es el 13 de noviembre, aniversario de la vuelta a su pueblo tras el primer exilio del año 403.
Nacido en Antioquía, hacia el 349, de un oficial del ejército, Juan fue educado por su madre, Antusa (proclamada santa), que se quedó viuda a los veinte años, e instruido por el célebre retórico pagano, maestro de helenismo, Libanio. Orientado al cristianismo por el obispo Melecio, que lo bautizó a la edad de dieciocho años (368) más o menos, y por Diodoro de Tarso, llegó a lector. Luego fue ordenado diácono, y por fin sacerdote en Antioquía a los treinta y dos años (386) por su sucesor, Flaviano, tras haber transcurrido seis años de vida monástica que lo prepararon para la vida ascética. Se dedicó al ministerio de la predicación en Antioquía durante doce años. Sus homilías, construidas sobre una doble trama, exegética y dogmática y moral, le granjearon la simpatía del pueblo. Es célebre su Homilia sobre las estatuas, con la cual logró consolar al pueblo, temeroso de una represalia imperial por una rebelión del año 386 a causa de un nuevo impuesto.
Tras la muerte de Nectario (397), por su fama de orador y homileta, Juan fue elegida patriarca de Constantinopla. Siguió predicando contra el vicio, el lujo y el desenfreno de la corte imperial, ganándose una oposición feroz. Son conocidas sus dos homilías sobre la desgracia de Eutropio, pese a haber favorecido su elección al pontificado, que había provocado la reacción del pueblo por haber querido abolir el derecho de asilo reconocido a las Iglesias. Por celos de la emperatriz Eudoxia, que se consideró atacada en una homilía contra el lujo, y con el consentimiento de Teófilo, obispo de Alejandría, Juan fue desterrado por primera vez (sínodo de la Encina en el año 403).
Reclamado más tarde por el emperador Arcadio, el pueblo lo recibió triunfalmente. Pero dos meses después, al oponerse a Eudoxia, que aspiraba a los honores divinos en una fiesta popular pagana, fue exiliado de nuevo (404) a Cucuso, en la frontera de Armenia. Por fin, a causa de las protestas imperiales, fue enviado a un lugar todavía más lejano, en la costa oriental del mar Negro (Pitionte). Pero durante el viaje murió en la pequeña ciudad de Comana, en la capilla del mártir Basilio, pronunciando las palabras: "Gloria a Dios por todo. Amén".
No es fiable la tradición de sus reliquias de Constantinopla a Roma en el siglo VII.

2. Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa delinean tres rasgos principales de la vida del santo.
a) Ante todo, en la colecta, se invoca a "Dios, que ha hecho brillar en la Iglesia de San Crisóstomo por su admirable elocuencia y sus enseñanzas". Las enseñanzas de este gran orador, que tres siglos más tarde fue apodado por los bizantinos "Boca de oro" (Crisóstomo) y que le merecieron, en el concilio de Calcedonia, el título de "doctor de la Iglesia", son atestiguadas no sólo por su gran producción literaria ( que sólo tiene un émulo en Occidente: Agustín), sino también por el estilo de su predicación pastoral y catequética. En el comentario a las Escrituras, según la línea exegética de la escuela literalista antioquena, nos ha dejado un inmenso patrimonio, que abarca del Antiguo al Nuevo Testamento, con la aguda exégesis de las cartas de san Pablo, su autor preferido.
La segunda nota está expresada en la colecta con la invocación: "Oh Dios, fortaleza de los que esperan en ti, que has hecho brillar en la Iglesia a san Juan Crisóstomo por su capacidad de sacrificio, te pedimos... nos llenes de fuerza el ejemplo de su valerosa paciencia". Basta pensar en las persecuciones sufridas a causa de sus regañinas a la emperatriz Eudoxia, que le hizo destituir ilegalmente, y que soportó "como si nada hubiera sucedido", continuando su acción pastoral tras su vuelta de Bitnia a Constantinopla. En la homilía pronunciada antes de partir al exilio (401), que nos ofrece el oficio de lectura, podemos oír el eco de este heroico coraje, que proclama: "No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual... En cualquier lugar donde me mande Dios, le doy las gracias".
En el nuevo himno - Lentini - de la liturgia de las horas se celebra a este emulador de Pablo, "hecho todo para todos", entre otras cosas porque "nadie pudo doblegarlo ni dominarlo la furia de los gobernantes", hasta merecer casi la palma del martirio: "obtén, venerable desterrado, el honor de la espléndida palma, mártir del corazón". Es significativo que fuera el papa Inocencio I el que exigiese que su nombre fuera incluido nuevamente en los dípticos de las iglesias patriarcales, tras la excomunión lanzada contra él: es un motivo ecuménico que no se ha de olvidar.
b) En la oración sobre las ofrendas se pide "que los sacramentos recibidos en la fiesta de san Juan Crisóstomo nos confirmen en el amor del Señor y nos conviertan en fieles testigos de su verdad". La doctrina eucarística de esta sinergia divina en la participación sacrificial no aparece sólo en sus comentarios bíblicos y en sus numerosas cartas (doscientas treinta y seis del período del destierro), sino también en su obra maestra Sobre el sacerdocio.
En este tratado encontramos una transformación de la actitud de Juan Crisóstomo, con la vuelta a la vida activa, tras haber compartido el temor de no ser digno de la elevada responsabilidad y de la dignidad pastoral. El gran compositor de la anáfora - se le atribuye al menos por la obra de reconstrucción e integración de la anáfora antioquena de los doce apóstoles - dio prueba, dedicando la vida a su pueblo, de una inmolación total. No se arredró ante las dificultades, bien a la hora de recluir en sus monasterios a los monjes que vagaban por la capital, bien al afrontar la reforma del clero, esclavo de la codicia y el egoísmo y expuesto a la ambigüedad de las de las "hermanas agapetas"; es decir, de las vírgenes cristianas que se albergaban bajo el mismo techo que los sacerdotes con el pretexto de defenderse contra la violencia de los hombres poderosos.
c) En la oración después de la comunión reaparece el motivo del testimonio dado por Juan Crisóstomo, cuando se invoca al Señor para "que los sacramentos recibidos... nos confirmen en su amor y nos conviertan en fieles testigos de su verdad". Juan Crisóstomo, en efecto, como gran admirador de san Pablo, fue asimismo el más grande panegirista de la limosna, renovando en su elocuencia, y a veces con mordaz ironía, este tema: "Dar al pobre es dar a Dios. Poned a Dios al mismo nivel que vuestros esclavos; si vosotros concedéis mediante testamento la libertad a vuestros esclavos, libertad a Cristo del hambre, de la necesidad, de la cárcel, de la desnudez". Y en la represión imperial por la rebelión del año 387 en Antioquía ya había dicho: "Basta un hombre lleno de celo para transformar a un pueblo". Testigo de la caridad intransigente en la defensa de los principios de la fe, sabía atenuar la dureza de su teoría con la bondad del corazón en la práctica. Así se comportó en Cnstantinopla en la lucha contra los paganos que intentaban restablecer la idolatría; contra los arrianos que, proscritos por Teodosio, provocaban pendencia con los católicos; con los numerosísimos godos, para ganarlos a la ortodoxia; contra los novacianos que, separados en una cuestión de disciplina, tenían un obispo que pretendía ser el único legítimo de Constantinopla.
Puede decirse que la actualidad de este gran obispo pastor (muerto a algo más de cincuenta años), que supo transformar su primitiva propensión a la vida monástica en celo por la salvación de su pueblo y de otras regiones (mientras estuvo en Cucuso, se interesó por el éxito de las misiones de Cilicia y Fenicia, soñando con convertir a Persia), tiene que ser redescubierta por nosotros de cara a las exigencias de la nueva evangelización de nuestras tierras. Siguen llenas de frescura y eficacia las homilías de este orador nato, que nos enseña a no descender jamás a compromisos con el mal.
 

 

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