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     08 de Septiembre
NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA

( siglos V / VII )



1. Nota Histórico-litúrgica
La fiesta de la natividad de la santísima virgen María está ligada a la basílica construida en el siglo V en el lugar de la piscina Probática (Jn 5, 1-9), en Jerusalén, donde la tradición localizaba junto al templo la casa de Ana y Joaquín (hoy basílica de Santa Ana). Se difundió por todo Oriente en el siglo VI, hasta que fue introducida en Roma por el papa siriaco Sergio I ( + 701 ), que la dotó de una procesión de la iglesia de San Adriano en el Foro a la basílica Liberiana (según el Liber pontificalis), que luego en la Edad Media se hizo muy popular. Pero es probable que antes de este testimonio de la fiesta en Occidente (el grado de fiesta es equiparado al de la visitación) se celebrara alguna memoria, queriendo imitar para María la fiesta del nacimiento de Juan Bautista, ya conocida en Occidente desde el año 400. El sinaxario de Constantinopla, en esta fecha, conmemora la fiesta en tres iglesias de la capital. El relato apócrifo del protoevangelio de Santiago fue puesto en verso, en un primer documento de esta fiesta, por Romano el Meloda hacia el año 555, y se habla del anuncio del parto milagroso de Ana. En el siglo VIII san Juan Damasceno pronunció en la basílica de Santa Ana su famosa homilía para la natividad de la Virgen. Otros apócrifos, que se refieren a la natividad de María, son el Libro del nacimiento de la virgen María y de la infancia del salvador (o del evangelio del Pseudo-Mateo) y el Evangelio de la natividad de María, atribuido a san Jerónimo. En Oriente la fiesta abre el año litúrgico bizantino. En Roma la fiesta tuvo una octava (Inocencio IV, 1243) y una vigilia (Gregorio XI, 1378).

2. Mensaje y actualidad
Las dos primeras oraciones de la misa, derivadas del sacramentario gregoriano-adrianeo, dan un fundamento bíblico a esta fiesta, en la que primero prevalecía la consideración de un feliz aniversario o "cumpleaños de la madre de Dios", según los orientales, en el cual los fieles ofrecen a la Virgen su homenaje e imploran su protección.
a) Ahora, en cambio, en la colecta se pide: "Concédenos, Señor, a tus hijos el don de tu gracia, para que cuantos hemos recibido las primicias de la salvación por la maternidad de la virgen María...". El tema de los comienzos de la salvación está expresado también en la antífona de entrada, donde se recurre a la imagen de la luz, porque de María "salió el sol de justicia".
El centro de la fiesta, por tanto, es Cristo, como dice el invitatorio de la liturgia de las horas: "Celebremos el nacimiento de la Virgen María; adoremos a su hijo Jesucristo, el Señor" y la antífona de nona: "Cantemos de todo corazón la gloria de Cristo...".
La antífona del Benedictus en laudes - que traduce el apolitikion de las grandes vísperas de la liturgia bizantina - nos da el clima: "Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anunció la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de la justicia, Cristo, nuestro Dios, que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, y, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna". Con la aparición de María comienza el tiempo de los "nacimientos de lo alto" (Jn 3, 7), es decir, del Espíritu. En la intercesión final de la colecta pedimos al Señor "aumento de paz": es el fruto de este acontecimiento nuevo por el cual "el mundo se iluminó", y que el mismo himno de las laudes evoca en la cuarta estrofa: "Por medio de ti somos pacificados por la paz de modo noble e inestimable".
También en el himno de vísperas de san Pedro Damián, se ilustra esta realidad nueva inaugurada por María, cuando se pide que, "después de haber sido librados de la vieja raíz, seamos injertados en el nuevo germen, por el cual el género humano se convierte en un sacerdocio real".
b) En la oración sobre las ofrendas se evidencia "el amor y la gracia del Hijo, el cual al nacer de la Virgen no menoscabó la integridad de su madre".
Implícitamente se afirma que, si el nacimiento de Cristo quiso conservar intacto el templo de la Virgen, el nacimiento de ésta no puede no ser un acontecimiento salvífico, justamente como dice la segunda antífona de las vísperas: "Hoy es el nacimiento de santa María virgen, en cuya belleza y humildad Dios se ha complacido".
c) Por fin, la oración después de la comunión, inspirada en el misal parisiense, invita a la Iglesia a "que se goce en el nacimiento de la virgen María, que fue para el mundo esperanza aurora de salvación". Se nos invita una vez más a entrar en este horizonte universal, abierto por el despuntar de la "aurora mariana" que ha preparado la aparición del "sol de justicia".
En el oficio de lectura, Andrés de Creta nos actualiza el sentido de esta fiesta: "Hoy la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremos hacedor". Por eso la encíclica Marialis cultus (n. 7) dice con razón que la fiesta de la natividad es una de esas celebraciones que conmemoran acontecimientos salvíficos, "en los que la Virgen estuvo estrechamente vinculada a su hijo", porque ella es como la piedra del confín entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: María es la aurora de la luz de navidad. El misterio de esta elección nos resulta más claro si aceptamos el mensaje procedente del relieve, dado en los textos litúrgicos, a la humildad de María: ella se hizo merecedora de la complacencia de Dios en su designio salvífico a favor de la humanidad. También en nuestro caso la humildad es la condición indispensable para recibir los dones divinos. Por eso canta la antífona de la hora intermedia: "Hoy es el nacimiento de santa María virgen, cuya vida ilustre da esplendor a todas las Iglesias".
 

 

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