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    28 de Agosto
SAN AGUSTÍN

(354-430)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Agustín, muerto en Hipona el 28 de agosto del año 430 según los testimonios de Próspero de Aquitania y de Victor de Vita, aparece ya en los sacramentarios del siglo VIII; pero en Roma sólo después del siglo IX, mientras que la ignoran todos los calendarios orientales, aun honrándosele como uno de los cuatro doctores de la Iglesia latina.
Nacido en Tagaste, Numidia - la actual Souk Aharas, en Argelia -, el 13 de noviembre del año 354, recibió primero una formación cultural clásica en Meduara ( la lectura de Cicerón le inspiró el amor a la sabiduría ), donde se sintió atraído por las seducciones de la ciudad de Apuleyo hasta el punto de que, de joven retórico latino, lloraba leyendo en Virgilio la muerte de Dido, mientras abominaba de las Escrituras bíblicas, horriblemente duras e incultas, según él. En el año 371 pasó a Cartago. Abrazó primeramente el maniqueísmo, que desde hacía dos siglos se había difundido desde Asia por el área mediterránea y que se presentaba como una derivación del viejo gnosticismo; esto es, como una explicación del mundo para resolver el problema del mal con el dualismo del cuerpo (sede del mal) y del espíritu (sede del bien).
Pese a la relativa indulgencia que tal filosofía concedía a las costumbres no morigeradas de su discípulo y oyente Agustín, éste, decepcionado por la anarquía moral e intelectual del sistema, se refugió en el escepticismo. "Me negaba el prestar ciego asentimiento a cualquier cosa por temor a los precipicios, pero la cuerda que me mantenía suspenso me estrangulaba". Optó, pues, por ir a Roma, donde, tras una grave enfermedad, no sintió la necesidad de pedir el bautismo. De aquí pasó a Milán, para ocupar una cátedra de retórica. Allí recibió la visita de su madre y tuvo ocasión de escuchar a Ambrosio, cuyas explicaciones alegóricas de la Escritura lo cautivaron. A los treinta y dos años, mientras derramaba lágrimas de angustia, le pareció oír una especie de cantilena infantil que decía: "Toma y lee". Abrió el libro de las cartas paulinas por las palabras: "Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de peleas ni envidias; al contrario, revestíos de Jesucristo, el Señor, y no busquéis satisfacer los bajos instintos" (Rom 13, 13). Alcanzado por la gracia, y después de haberle contado a su madre lo sucedido, se convirtió y fue bautizado por Ambrosio la noche del 24 al 25 de abril del año 387. Se retiró a Casiciaco (al norte de Milán) y durante sus reflexiones compuso algunas obras de carácter apologético y polémico contra los maniqueos. Muerta su madre en Ostia, volvió a África con Alipio y su hijo Adeodato (después de haber despedido, por consejo de Mónica, a la madre de su hijo).
Tres años después (389-391) fue ordenado improvisamente sacerdote en Hipona, elegido por aclamación de los fieles, a petición del obispo Valerio, que se sirvió de él como de un valiente predicador. En el año 395 recibió la ordenación episcopal; un año más tarde sucedió en la cátedra a Valerio (396) en la segunda ciudad de África. En su basílica de la Paz y durante treinta y cinco años, comentaba los Salmos y el resto de la Escritura; administraba justicia, ocupándose de la administración de los bienes eclesiásticos; respondía a las cartas que le llegaban de todas partes, confutaba a herejes, maniqueos, donatistas y paganos.
Con un régimen regulado de vida común, compartido con algunos miembros de su clero, pudo escribir obras muy importantes, como las Confesiones (398), la Catequesis de los catecúmenos (400) y la gran obra Doctrina Cristiana (427). Luchó contra los donatistas, con paciencia hasta el año 405, cuando hubo un intento de unión; dejando luego que siguieran su curso las leyes imperiales de represión, hasta llegar sólo al fin de su vida a preconizar la manera fuerte usada por el Estado para hacer razonar a estos disidentes (algunos de los cuales eran dementes). Además fue tenaz en confutar la herejía pelagiana, condenado luego por Roma (417). Con ocasión de la toma de Roma por Alarico (410), escribió su gran síntesis histórica La ciudad de Dios, y por fin la gran obra maestra sobre La Trinidad (del 412 al 427). Tras las Retractaciones, es decir, las revisiones de numerosas obras (ciento trece libros y doscientas dieciocho cartas), hubo de asistir al asedio de los vándalos arrianos, procedentes de España, que habían invadido África (430). Después de nombrar un coadjutor en el año 426, Agustín, próximo a los setenta y seis años, sin hacer testamento, como escribió Posidio, porque ante Dios no tenía de qué hacerlo, murió mientras los bárbaros presionaban ante las puertas de Hipona. Beda elVenerable (siglo VII) recuerda en su martirologio la traslación del cuerpo de Agustín a Cerdeña a causa de los bárbaros, desde aquí Liutprando lo llevó a Pavia, donde es venerado en la Iglesia en Ciel d´Oro.

2. Mensaje y actualidad
Toda las nuevas oraciones de la misa aspiran a configurar esta gigantesca figura, que con toda justicia ha sido denominada el "doctor de la gracia".
a) En la colecta pedimos "Renueva, Señor, en tu Iglesia el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín", para que también nosotros, "penetrados de este mismo espíritu, tengamos sed de ti... y te busquemos como el único amor verdadero". El tema de la búsqueda espiritual de la verdad ocupó, en efecto, el centro de la vida de Agustín, que decía: "¿Qué desea el alma más fuertemente que la verdad? La caridad la conoce". Esta verdadera sabiduría, que le había sostenido en las crisis espirituales más terribles, no era la filosofía que había descubierto de joven leyendo el Hortensio de Cicerón, sino el descubrimiento hecho en Casiciaco, donde se elevaba del orden del espíritu al orden del corazón, descubriendo que su alma era más preciosa que su obra. En los textos de las liturgias de las horas, tomados de las Confesiones, la lectura exalta la verdad como una luz diversa de todas nuestras luces, que está por encima de la inteligencia tanto como el cielo sobre la tierra. En el responsorio, Agustín llama a la verdad "luz de mi corazón", por la que suspira como por una fuente. También en la antífona de víspera se repite el fragmento del:
"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva; tarde te amé!".
Asimismo en la importancia concedida a la vida monástica, que codificó en su célebre Regla (395), origen de la Orden de los Agustinos y de muchos institutos masculinos y femeninos a lo largo de la historia, se revela el genio sapiencial de Agustín. En efecto, en el lema "Un solo corazón y un alma sola lanzados hacia Dios", se proponía vivir el ideal de la primera comunidad apostólica (He 2, 42-43).
b) La oración sobre las ofrendas, que deriva de los Tratados sobre Juan, pide que "al celebrar el memorial de nuestra salvación ... este sacramento de amor sea para nosotros signo de unidad y vínculo de caridad". Agustín, que había encontrado una Iglesia dividida especialmente por la herejía donatista, se dedicó a restablecer esta unidad, no sólo por un deseo de paz o de una organización más eficiente de la cristiandad, sino también porque era consciente de que la eucaristía forma la unidad de la Iglesia cuando es comprendida en su pleno significado, y afirmaba con decisión que "fuera de la Iglesia no hay salvación". "Amamos a Dios como Padre y a la Iglesia como madre", escribe: "Dios como Señor, la Iglesia como sierva, ya que somos hijos de su sierva; este matrimonio está unido por un gran amor; nadie puede ofender a la esposa y merecer la amistad del esposo". Es célebre la frase de Agustín en la Ciudad de Dios: "La Iglesia, al ofrecer a Cristo todos los días, aprende a ofrecerse a sí misma".
c) En la oración después de la comunión, tomada del Sermón 57, 7, se pone de relieve otro aspecto de la doctrina eucarística agustiniana, que ya distinguía la realidad, o fruto último a que tiende la eucaristía, y el sacramentum, que es el signo sacramental del cuerpo mismo de Cristo. En efecto, se pide al Señor "que nuestra participación en la mesa de tu Hijo nos santifique, para que, como miembros de su cuerpo, nos transformemos en el mismo Cristo a quien recibimos". El doctor de la gracia, defendida con radicalismo contra los pelagianos, es el gran apologista de la libertad, que no es sofocada por el poder del don de Dios, porque Dios, "al premiar nuestros méritos, corona sus mismos dones". Así Agustín se convierte en el verdadero maestro de la mística sacramental, basada en la eucaristía. En efecto, en los sermones pronunciados en la vigilia y durante el tiempo pascual desarrolla este tema, que se ha vuelto luego doctrina común en la espiritualidad posconciliar.
"Canta y anda; Dios está al final de tu camino" sigue siendo una frase actual.

 

 

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