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   27 de Agosto
SANTA MÓNICA

(332-387)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria de santa Mónica, muerta en Ostia en el otoño del año 387, fue introducida en el calendario romano en 1586, después de que su fiesta fuera desplazada de la fecha (9 de abril) de la traslación de sus restos de Ostia a la iglesia de San Agustín en Roma al 4 de mayo; es decir, la víspera de la conversión de su hijo (que según el calendario agustiniano se celebraba el 5 de mayo). La transferencia actual, a la víspera de la memoria de San Agustín, responde mejor a la verdad histórica.
Nació en Tagaste, en el año 332, de una piadosa familia. Se recuerda sólo que una criada, acusándola de bebedora, mientras se dirigía de adolescente a buscar vino a la cantina, la salvó del vicio de la bebida. Fue casada con Patricio, hombre bueno pero de carácter irascible, a quien supo servir y soportar, incluso en las infidelidades, con mucha docilidad y paciencia. Tuvo tres hijos: Agustín, Navigio y una hija (muerta de superiora del monasterio de Hipona el año 424). El marido, legionario romano pagano, se convirtió como catecúmeno el año 371 y murió al año siguiente, después de haber sido bautizado en el lecho de muerte. Mónica tuvo que hacer frente a la conducta desordenada de su hijo Agustín, que ya a los dieciséis años se había abandonado a sus pasiones y a las ideas desviadas de los maniqueos.
La madre seguía a su hijo de Medaura a Cartago, "y en su sueño comprendió que debía permitir a aquel hijo extraviado vivir con ella, más bien que alejarse de él a causa de sus errores". Engañada amargamente por Agustín al partir para Italia, Mónica pudo seguirlo sólo más tarde, cuando el hijo fue conquistado por las predicaciones de san Ambrosio de Milán, donde había conseguido ya una cátedra de retórica. Tuvo la dicha de asistir al bautismo de su hijo, convertido en la pascua del 387. Pero antes del fin de ese mismo año, después de haber vivido algún tiempo en Casiciaco con su hijo y los amigos de éste, murió en Ostia sin poderse embarcar para Africa, y la sepultaron en el lugar, que se convirtió en su puerto para el cielo. En 1946 fue descubierto un fragmento de su epitafio original, dictado por el cónsul Flavio Anicio Auchemio Basso.

2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa esboza la santidad de esta madre: "Oh Dios, consuelo de los que lloran, que acogiste piadosamente las lágrimas de santa Mónica impetrando la conversión de su hijo Agustín". En efecto, después del primer sueño, en el que el Señor la había animado a seguir junto a su hijo extraviado, Mónica había sido consolada en sus lágrimas por un obispo con una respuesta profética: "Vete en paz, mujer y sigue así; déjale estar, y únicamente ruega por él al Señor, es imposible que perezca el hijo de tantas lágrimas". Más tarde Mónica se acordó a menudo de que ella había recibido esta respuesta como un oráculo del cielo.
La súplica de la colecta invoca a Dios para que, "por intercesión de madre e hijo, nos conceda la gracia de llorar nuestros pecados y alcanzar tu misericordia y tu perdón". La muerte de esta madre, narrada en las Confesiones de Agustín, pone de manifiesto que su vida había sido una plegaria ininterrumpida por la conversión de su hijo. "Hijo, por lo que a mí me toca, ninguna cosa me deleita ya en esta vida. Ya no sé qué hago en ella, ni para qué vivo, sin tener qué esperar en este mundo. Una sola cosa había por la cual deseaba seguir un poco más en esta vida, para verte cristiano católico antes de mi muerte. Dios me lo ha concedido sobradamente, pues desgraciada la felicidad de la tierra, te veo siervo suyo. ¿Qué hago yo aquí?"
La alegría de esta madre, que se consumió en lágrimas para obtener la conversión de su hijo, está asimismo expresada en las palabras que dijo poco antes de que le atacara la enfermedad mortal. Siempre en Ostia, "conversábamos a solas muy dulcemente; y olvidando las cosas pasadas, y extendiéndonos a las que están delante, conferíamos entre los dos, en presencia de la verdad, que eras tú, cómo sería aquella vida eterna de los santos, que ni ojo la vio, ni oído la oyó, ni a hombre pasó por pensamiento. Pero teníamos ansiosamente abierta la boca del corazón hacia los soberanos raudales de tu fuente, la fuente de la vida que está en ti". Estas consolaciones, que acompañan al don de las lágrimas y de la verdadera compunción y que no abandonaron a Mónica a lo largo de los dieciséis años en el camino de la santidad son las que Dios reserva también hoy a quienes con paciencia y confianza total saben llorar sus pecados y los ajenos ante la única fuente de la vida. En el primer libro Sobre el Orden Agustín explica a Mónica que ella amaba realmente la sabiduría y que él debía convertirse espontáneamente en discípulo suyo. Esta mujer, de gran fe viva, de una confianza inquebrantable, que practicaba la meditación de las Escrituras y la oración asidua, se vio enriquecida también con dones místicos, sabiendo distinguir las visiones que vienen de Dios, de los sueños, fruto de la fantasía. En efecto, había recibido visiones que le garantizaban la conversión de su hijo y el feliz éxito de la travesía del mar. Al mismo tiempo era una mujer verdaderamente cuerda y de inteligencia aguda, como demostró en el caso en que respondió a su hijo que interpretaba en favor suyo un sueño que había tenido. Por eso san Agustín dirá de ella, en las discusiones filosóficas organizadas en Casiciaco, que con sus intervenciones había logrado "el ápice de la filosofía".
 

 

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