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25 de Agosto
SAN JOSÉ DE CALASANZ, presbítero
( 1556 - 1648 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de José de Calasanz, muerto en Roma el 25 de agosto
de 1648 y canonizado en 1767, nos traslada a la situación de la Roma
postridentina ( especialmente la del Trastévere ), a la cual acudió él con
el cargo de teólogo del cardenal Ascanio Colonna.
Nació de noble familia española, en la diócesis de Urgel ( Aragón
septentrional ), en 1556. Doctorado en derecho civil y canónico por la
universidad de Alcalá, fue ordenado sacerdote a los veintiocho años, en
1584. Después de haber distribuido parte de su patrimonio familiar a la
muerte de su padre, fue llamado a cubrir varios cargos como covisitador
canónico, por lo que estuvo también en Montserrat - la ilustre abadía
benedictina - en 1585, y vicario general de Urgel. Inspirado por el Señor,
se fue a Roma ( 1592 ), invitado por su amigo el cardenal Colonna.
Impresionado por el abandono de los muchachos de Trastévere, fundó en la
parroquia de Santa Dorotea - no lejos del puente Sixto - la primera escuela
gratuita, llamando luego a algunos colaboradores para dar comienzo a la
Congregación de los Clérigos Regulares de las Escuelas Pías, con sede en San
Pantaleón. Ésta se transformó posteriormente en Orden de los Pobres de la
Madre de Dios y de las Escuela Pías ( escolapios o piaristas ), con un
cuarto voto añadido para la instrucción de la juventud, especialmente pobre.
Tras la aprobación oficial de Gregorio XV, fue su general en 1622. Sufrió
varias y tristes peripecias, soportadas con heroica paciencia, también por
parte de algunos miembros de su instituto. En 1646 se llegó a la misma
supresión de las Escuelas Pías por Inocencio X. Murió entre el pesar y la
veneración popular a la edad de noventa y dos años. En 1948 fue declarado
patrono de las escuelas cristianas.
2. Mensaje y actualidad
La colecta de la misa exalta las virtudes de este santo, que, con san Juan
Bautista de la Salle, fue uno de los grandes educadores de la juventud en el
siglo XVII: "Señor, Dios nuestro, que has enriquecido a san José de Calasanz
con la caridad y la paciencia, para que pudiera entregarse sin descanso a la
formación humana y cristiana de los niños". Mientras los Hermanos de las
Escuelas Cristianas se limitaban a la enseñanza elemental a los hijos del
pueblo, José de Calasanz quiso que sus Scholae piae se dedicaran también a
los jóvenes nobles para darles una educación más elevada y en cierta
competencia con las escuelas regidas por los jesuitas.
"José de la Virgen María" - nombre que había adoptado - empleó todos sus
bienes, incluso aquellos de primera necesidad, para su obra educativa,
extendida por Italia, Alemania, Polonia, Bohemia y Moravia. Pero sobre todo
afrontó con valentía, como un segundo Job ( "Dios envía las cosas
secundarias para nuestro mayor bien"), las contrariedades, provenientes ante
todo de los laicos que aspiraban al sacerdocio y de algunos religiosos
integrantes de su orden.
Éstos (Sozzi, Cherubini, Pietrasanta) lo acusaron ante el Santo Oficio de
ser incapaz en el gobierno y de estar en posesión de documentos reservados,
obteniendo del visitador que fuese destituido de su cargo de superior
general vitalicio. De este modo la orden fue reducida a simple
confraternidad ( 1646 ). Su admirable serenidad frente a la calumnia, que
llegó hasta un fugaz arresto, le obtuvo del Señor el poder prever
proféticamente la reintegración plena de la orden, cosa que ocurrió ocho
años después de su muerte por obra de Alejandro VII.
Su método educativo, que ponía en el centro de sus casas la capilla para la
celebración eucarística, aunque acompañada por varias prácticas devotas
según la mentalidad del tiempo, fue el primero que introdujo la lectura del
evangelio en lengua italiana.
De sus escritos sobre la educación de los niños, la página del oficio
recuerda una frase que aparece literalmente en la intercesión final de la
colecta. En efecto, le pedimos a Dios "imitar en su servicio a la verdad al
que veneramos hoy como maestro de sabiduría".
El mismo dice: "Los que se comprometen a ejercer con la máxima solicitud
esta misión educadora han de estar dotados de una gran caridad, de una
paciencia sin límites y, sobre todo, de una profunda humildad, para que así
sean hallados dignos de que el Señor, si se lo piden con humilde afecto, les
haga idóneos cooperadores de la verdad, los fortalezca en el cumplimiento de
este nobilísimo oficio y les dé finalmente el premio celestial".
Estas últimas palabras conservan un valor actual, aunque hayan cambiado las
situaciones educativas sociales y culturales; la educación auténtica es
siempre una misión sustancialmente religiosa, si quiere ser plenamente
humana.
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