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20 de Agosto
SAN BERNARDO, abad y doctor de la Iglesia
( 1090 - 1153 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Bernardo, muerto en Claraval (Clairveaux) el
20 de agosto de 1153, canonizado en 1174 a petición de los abades
cistercienses en un concilio, en Tours, y proclamado doctor de la Iglesia en
1830, nos abre un portillo del siglo XII, denominado con propiedad una
“época bernardina”.
Nació en Fontaines-lès-Dijon (Borgoña) en 1090, de una noble familia feudal.
Su padre era vasallo del duque de Borgoña. A los veintitrés años entró en la
abadía de Citeaux (Cistercium, junto a Dijon), fundada en 1098 y gobernada
por Esteban Harding, arrastrando tras sí nada menos que a treinta amigos y
parientes. La orden cisterciense iba a renacer, convirtiéndose él en una
especie de segundo fundador. Después de tres años de vida monástica fue
elegido abad de Clairveaux, una filial de Citeaux, donde permaneció hasta su
muerte, tras dedicarse a la contemplación, a la predicación y a responder a
todos los llamamientos que la caridad y las circunstancias históricas
requerían. Encargado por Eugenio III, antiguo discípulo suyo, a quien le
había dedicado su último libro (el De Consideratione), predicó la segunda
cruzada, que tuvo un éxito militar negativo. Además fundó sesenta y siete
monasterios, desde España hasta Siria y desde Sicilia hasta Suecia;
intervino, por fin, como pacificador en las diversas contiendas como el
cisma de Anacleto II contra Inocencio II; suscitando por doquier entusiasmo
y veneración por sus milagros, así como por su doctrina de interiorización
espiritualista. Ésta no llegó nunca a los extremos de Enrique de Lausana, de
Arnado de Brescia o del monje cisterciense Rodolfo, que excitaba a las
muchedumbres a perseguir a los judíos. Su aportación a la espiritualidad
cristiana se condensa en estos dos motivos: el descubrimiento de la piedad
humanística, con la devoción a la humanidad de Cristo y el rol constitutivo
de la piedad mariana en el contexto de la piedad hacia el Hombre-Dios.
2. Mensaje y actualidad
a) En la “colecta” de la misa se invoca a Dios: “tú hiciste del abad san
Bernardo... una lámpara ardiente y luminosa en medio de tu Iglesia”. Es la
primera característica de este abad, a quien Mabillon llamó “el último
padre, pero no ciertamente inferior a los primeros”, porque su doctrina
sapiencial, vinculada a la Escritura y a la liturgia, lo preservó de la
dialéctica escolástica incipiente. En lugar de elegir el monasterio de Cluny
de los monjes negros, llamado la “segunda Roma” por su suntuosa decoración y
el feudo más rico de Borgoña, Bernardo abandonó el castillo de Fontaine para
dirigirse a aquella trapa del siglo XII en el bosque de Citeaux donde los
monjes blancos, fieles a la regla benedictina restaurada por Roberto de
Molesme, oraban incesantemente en una iglesia desnuda y trabajaban
duramente. La luz de esta lámpara brilló ante todo en sus obras teológicas y
ascéticas, como el “Tratado de la gracia y del libre arbitrio”, “Sobre el
ascenso del alma a Dios”, los “Sermones sobre el Cantar de los Cantares” y
su obra maestra ascética: el “Tratado del amor de Dios”. También en sus
controversias con Abelardo, que proclamaba “saberlo todo en el cielo y en la
tierra, excepto el verbo ´no sé´, pretendiendo explicar lo que supera a la
razón a costa de la fe y de la misma razón”, Bernardo demostró su doctrina
sapiencial. En el encuentro celebrado con él en Sens, Bernardo invitó al
maestro parisino a retractar sus tesis, otorgándole que publicara su
retractación con el título de “Apología”. Predicó con gran eficacia,
recorriendo la Francia meridional, contra los cátaros.
La intercesión final de la colecta le pide a Dios nos conceda “participar de
su ferviente espíritu y caminar siempre como hijos de la luz”. En la
antífona de laudes del Benedictus, con un texto derivado de Citeux, se
celebra este tema de la luz: “San Bernardo, cuya alma fue iluminada por los
resplandores del Verbo eterno, irradió por toda la Iglesia la luz de la fe y
de la doctrina”. Él, que en su sermón 83,4 sobre el Cantar de los Cantares,
que se encuentra en el oficio de lectura, dice que “el amor basta por sí
solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se
identifican con él mismo”, supo defenderse también contra aquel falso
católico que era más peligroso que un hereje declarado, con argumentos que
no estaban inspirados por un celo sin ciencia, sino por la virtud
indispensable de la discreción.
b) en la “oración sobre las ofrendas” se pone de relieve un segundo aspecto
de este maestro de los místicos y “doctor melifluo”, porque se recurre al
“misterio de unidad y de paz”, recordando a san Bernardo, “que brilló por su
palabra y sus obras, y defendió con firmeza la concordia y el orden de la
Iglesia de Dios”. Cuando en 1130 en Roma eran elegidos dos papas, uno
(Inocencio II) por la Iglesia y el otro (Anacleto II) apoyado por los
feudatarios, Bernardo recorrió toda Europa, en aquellos ocho años de cisma,
para incitar a los tímidos y amenazar a los traidores, tratando con los
soberanos, a fin de llevar al antipapa a los pies del pontífice
legítimamente elegido. Luchó asimismo contra las herejías que dividían a la
cristiandad, hasta el punto de ser llamado “martillo de los herejes”.
Incluso en la misma propaganda de la cruzada escribió contra Rodolfo para
defender a los judíos. Por esta capacidad suya de aconsejar a los soberanos
y resolver grandes controversias es recordado en una lápida colocada bajo su
estatua, en Dijo, como un gran hombre de Estado.
c) En la “oración después de la comunión” se pide que, “instruidos por la
doctrina de san Bernardo y confortados por su ejemplo, nos dejemos arrebatar
por el amor del unigénito del Señor”. Bernardo fue predicador apasionado
asimismo de la segunda cruzada, implicando en ella a los soberanos de su
tiempo (Luis VII de Francia y Conrado III); pero sería un fracaso. Por eso
exclamó, resignado: “Benditos sean todos tus tribunales, Señor”. En esto fue
hijo de su tiempo, aunque obedeciera al papa Eugenio III, hallando motivos
para ello en la defensa apremiante del Santo Sepulcro, entonces amenazado
(pero no es justificable para nosotros hoy la expedición contra los vendos).
Mas su temperamento fogoso, que le llevará a lanzar en 1128 una invitación a
favor del reclutamiento de la orden militar de los Caballeros del Temple
(Templarios), cuya regla escribió un libro, “Alabanza de una nueva milicia”,
no le impedía, sino por el contrario, le facilitaba el ser un gran
contemplativo, especialmente enamorado del misterio de la encarnación. Una
noche en una visión orientó su piedad de modo decisivo hacia la devoción a
la humanidad de nuestro Señor y de nuestra Señora: su “Tratado del amor de
Dios” es su ilustración más clara. Asimismo, en su estilo de predicación
relata con piedad renovada la historia del Verbo, la vida de Cristo desde
los orígenes hasta la eternidad, cantando de modo sublime también el
misterio de la madre de Cristo, y revela su doctrina del amor afectivo en
una espiritualidad cristocéntrica.
El amor que amaba la amistad hasta llegar a exhortar: “Amémonos, somos
amados; es nuestro interés y el de los demás”, fue también cautivador de
almas, aferrado por el amor más intransigente y más dulce. Por eso podía
dirigirse con autoridad a príncipes, reyes, obispos y papas diciendo: “Si no
me escucháis, repetiré las palabras de Job: Quien no tiene compasión de su
amigo ha perdido el temor de Dios”. El reciente himno de vísperas canta las
glorias de este predicador melifluo y mariano, árbitro de los poderosos de
su tiempo y cultor de la soledad, que fue denominado “la quimera del siglo”,
porque realizó el ideal de la vida monástica: dar forma al mundo huyendo del
mundo.
Prefacio
Tú nos concedes celebrar con alegría
la solemnidad de san Bernardo.
Rebosante de sabiduría celestial
y con espíritu de amor y de oración ferviente,
lo has ligado incesantemente a tu palabra.
Insigne por celo y santidad,
cantor admirable de la Virgen madre,
difundió por el mundo la luz de la fe y de la sabiduría,
y fue, en tu Iglesia,
mediador de concordia, de unidad y de paz.
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