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14 de Agosto
SAN MAXIMILIANO MARÍA KOLBE, presbítero y mártir
( 1894 - 1941 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Maximiliano, muerto en Oswiecim (Auschwitz),
Polonia, el 14 de agosto de 1941, canonizado y declarado mártir por Juan
Pablo II en 1982, nos hace revivir una de las páginas más dramáticas de la
última guerra y de la barbarie nazi en los campos de concentración.
Raimundo, nacido en la pequeña ciudad de Zdunska Wola (Polonia) en 1894,
entró en los Menores Conventuales en 1907 con el nombre de Maximiliano;
estudió filosofía y teología en Roma, doctorándose, y fue ordenado sacerdote
en 1919, también en Roma. Por su ardiente amor a la Virgen (tomó el nombre
de María en 1914 al hacer los votos solemnes) estaba convencido de que
comenzaba la época de la Inmaculada, en la que María aplastaría la cabeza de
la serpiente. Por eso fundó la asociación denominada Milicia de la
Inmaculada, cuyos miembros, los “Caballeros de la Inmaculada”, hacían una
opción global. Construyó de la nada, en 1927, toda una ciudad llamada Ciudad
de la Inmaculada (Niepokalanów), que se difundió por su patria y por varias
regiones. Ya a los diez años contaba con setecientos sesenta y dos
religiosos.
Misionero en Japón en 1930, fundó allí una ciudad análoga en la periferia de
Nagasaki, a la que llamó “El jardín de la Inmaculada”. Vuelto a la patria en
1936, sufrió la persecución de la Gestapo, que transformó la Ciudad de la
Inmaculada en un campo de concentración; pero logró reorganizarla para la
supervivencia de todos los deportados. Arrestado en 1941 por segunda vez,
fue encerrado en el campo de trabajo de Auschwitz, donde por odio se le
mezcló con los judíos, convirtiéndose en el Nº 16.670. Con motivo de la fuga
de un detenido del bloque 14 y de la diezmación por represalia que de ello
se derivó, ofreció voluntariamente la vida sustituyendo a un deportado que
tenía familia. Murió en el bunker del hambre la víspera de la fiesta de la
asunción, a los cuarenta y siete años. Su cuerpo fue incinerado con los de
otros ocho detenidos.
2. Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa resumen los rasgos de este mártir de la caridad.
a) En la “colecta” se invoca a “Dios, que al mártir san Maximiliano María
Kolbe, apóstol de la Inmaculada, le llenó de celo por las almas y de amor al
prójimo”. La referencia es al apostolado mariano de Maximiliano, fundador de
aquellas ciudades que tenían por finalidad no sólo defender la fe y
contribuir a la salvación de las almas, sino también, con valiente decisión,
sin fijarse en sí mismos, “conquistar para la Inmaculada un alma tras otra,
una avanzadilla tras otra, enarbolar su estandarte en las casas editoriales
de los diarios y de la prensa periódica, en las agencias de prensa, en las
antenas radiofónicas, en los institutos artísticos y literarios, en los
teatros, en las salas de cine, en los parlamentos, en los senados; en una
palabra, por doquier en la tierra; además de vigilar para que nadie logre
retirar esas enseñas”.
b) En la “oración sobre las ofrendas” y en la “oración después de la
comunión” se evidencian el ofrecimiento de “nuestra vida”, y especialmente
“aquel fuego de amor que recibió de este banquete san Maximiliano María
Kolbe”. Se alude al fin heroico en brazos de la muerte del campo de
concentración, donde los detenidos lo llamaban “nuestro pequeño padre”. En
efecto, decía a todos: “El odio no es una fuerza creativa; sólo el amor es
fuerza creativa”. Es una lección imperecedera de la oblatividad humana y
cristiana. Frente al comandante del campo, para quien los prisioneros sólo
eran números, recordó a todos que eran hombres: “Soy un sacerdote católico,
soy anciano (¡Cuarenta y siete años!); quiero ocupar su puesto (del
destinado al exterminio F. Gajowniczek, con dos hijos), porque él tiene
mujer e hijos”. Con la aceptación inesperada por parte del comandante K.
Fritsch del intercambio, y por ende de la eficacia de la donación,
Maximiliano transformó el campo de exterminio en un calvario.
Con una inyección de ácido fénico en el brazo izquierdo lo exterminaron,
después de dos semanas de hambre. Lo encontraron muerto todavía apoyado en
la pared, los ojos abiertos y fijos en un punto: “Toda su figura estaba como
en éxtasis”. Por eso este “primer mártir de la caridad”, que de joven
anotaba: “Tengo que hacerme un santo lo más grande posible”, consiguió “la
victoria mediante el amor y la fe en un lugar construido para la negación de
la fe en Dios y en el hombre” (Juan pablo II). Así demostró que su martirio
voluntariamente aceptado, después de haber gastado todas sus energías para
la construcción de un mundo diverso, no fue una huida, sino la plenitud de
su energía vital. Su activismo de franciscano moderno, iluminado por el
espíritu mariano, es también en nuestros días una invitación a conciliar la
vida activa con una profunda vida interior.
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