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11 de Agosto
SANTA CLARA, virgen
( 1193 / 1253 )
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de santa Clara, muerta en san Damián - fuera de las
murallas de Asís – el 11 de agosto de 1253 por el papa Alejandro IV, que la
había visitado durante su enfermedad, nos remite a las fuentes franciscanas
de la “Leyenda” de la vida de santa Clara, que Tomás de Celano sacó de las
actas del proceso de canonización, halladas hace poco, tras su pérdida en el
siglo XVI. De éstas se deduce que sin ella – la “pequeña planta del santo
padre Francisco” – no sería comprensible la experiencia del Pobrecillo de
Asís.
Nacida en Asís en 1194 del caballero Favarone y de la noble dama Ortolana,
se encontró varias veces de adolescente con Francisco, convertido en 1208, -
“el loco cuyas palabras le parecían inflamadas y las obras sobrehumanas”.
Habiendo huido de casa para evitar la propuesta de matrimonio, procedente de
su tío Monaldo, la noche del domingo de ramos de 1212, después de haber oído
misa en la catedral y haber recibido la palma de manos del obispo, bajó con
su prima Felipa a Santa María de los Ángeles y se hizo cortar los cabellos y
vestir el sayo oscuro por el mismo san Francisco, consagrándose a Cristo.
Seguida pronto por su hermana Inés – luego santa -, después de haber
abrazado una pobreza radical obteniendo del papa el “privilegium paupertatis”
o sea, no poseer nada, fundó con Francisco la segunda Orden franciscana, que
lleva su nombre: las Clarisas.
Así comienza la vida de aquellas “pobres mujeres” en San Damián; y en
cuarenta y tres años de vida monástica, veintinueve de ellos con dolorosas
enfermedades, Clara realizó plenamente el ideal concebido por Francisco, que
se había ganado su corazón, obteniendo antes de morir de Inocencio IV,
entonces en Asís, el poder seguir la Regla de los Menores adaptada al uso de
las “pobres mujeres”. Dos veces hizo huir a los sarracenos alistados por
Vitale d´Aversa al servicio de Federico II; la primera, ordenando a un
sacerdote que dirigiera contra ellos la custodia desde la ventana del
dormitorio; y la segunda, totalmente inmovilizada, exhortando a las hermanas
a la oración. Dio el último saludo a los restos de Francisco, que había sido
albergado unas semanas, en otoño de 1225, en una pequeña celda de ramaje
levantada en el huerto de San Damián, el 5 de octubre de 1226, dos días
después de la muerte del santo, obteniendo que el cuerpo fuera introducido
en la clausura del convento, ante la reja que servía para la comunión.
Obligada a guardar cama de 1224 a 1253, murió honrada por el papa y por los
cardenales que vinieron de Perugia.
2. Mensaje y actualidad
a) La “colecta”, sacada del propio de los Menores, subraya que Dios infundió
en santa Clara “un profundo amor a la pobreza evangélica”. Ninguno de los
discípulos de san Francisco vivió la pobreza con el rigor y fervor de Clara,
que, compartiendo la misión del santo padre recibida del crucifijo de San
Damián de restaurar la iglesia, obtuvo de Inocencio III “el privilegio de no
gozar de privilegios”; esto es, la pobreza absoluta. No se resignó a morir
antes de haber obtenido la aprobación con una bula papal de Inocencio IV; se
la llevó el cardenal Reginaldo dos días antes de su muerte. En la parte de
intercesión de la oración se pide a Dios, por su intercesión, “que,
siguiendo a Cristo en la pobreza de espíritu, merezcamos llegar a
contemplarte en tu reino”. El fragmento de la carta de Clara (de las cuatro
que nos han quedado junto con el resto de los escritos: La Regla y el
Testamento) a la beata Inés de Praga, en el oficio de lectura, nos transmite
este amor a la pobreza: “¡Oh, admirable humildad, oh pasmosa pobreza!”,
exclama Clara después de haber dicho que en este espejo de la visión de
Cristo brillan la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable
caridad.
b) Toda la ternura de Clara se vuelca en su bendición, invitándonos a hacer
propia la petición expresada “en la oración sobre las ofrendas” de “ser
renovados por Dios”. “Yo, Clara, sierva de Cristo, pequeña planta de nuestro
santo padre Francisco, hermana y madre vuestra y de las demás Hermanas
Pobres, aunque indigna..., os bendigo durante mi vida y después de mi muerte
como puedo y más de lo que puedo”. Esta frase final reasume las mismas
palabras pronunciadas por Clara en el lecho de muerte, en las que exhortaba
a su alma con estas palabras: “Vete en paz, ya que has seguido el buen
camino; vete confiada, ya que tu Creador te ha santificado, custodiado
incesantemente y amado con toda la ternura de una madre por su hijo. Oh
Dios, bendito seas por haberme creado”.
c) En la “oración después de la comunión” se pide a Dios “que nos otorgue la
victoria sobre el pecado y la salud del cuerpo y del espíritu”. Aunque estas
expresiones sea genéricas, se puede entrever en ellas la exhortación a
obtener la victoria sobre el egoísmo de la posesión de los bienes, que es
una de las principales causas de nuestro pecado. Clara parece que no luchó
demasiado para conseguir esta victoria, conquistada con sólo quince años por
el ejemplo y la palabra del hijo de Pedro Bernardone; pero hemos de admitir
que también su naturaleza tuvo que luchar para conquistar aquel dominio de
sí y desapego de los bienes mundanos, puesto que sus austeridades fueron tan
duras e implacables que tuvo que soportar durante veintinueve años
enfermedades que la obligaban casi siempre a descansar en una dura yacija.
“Nadie ha realizado jamás con mayor plenitud el ideal concebido por un
hombre que esta mujer, cuyo corazón conquistó este hombre (Francisco)”. Es
el secreto de Clara y puede ser también el nuestro, siempre que no se atenúe
el ideal evangélico. Las palabras de Clara a Inés de Praga son siempre
actuales: “Te considero como una ayuda de Dios y un sostén de los miembros
frágiles de su cuerpo inefable”.
Prefacio
Porque impulsaste a tu sierva Clara
con el ejemplo de san Francisco
a seguir las huellas de tu Hijo,
y la uniste a él
en desposorio místico y en amor eterno.
Elevada a la cumbre
de la espiritualidad franciscana
por el camino de la extrema pobreza,
la constituiste también
madre de innumerables vírgenes.
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