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10 de Agosto
SAN LORENZO, diácono y mártir
( + 258 )
1. Nota Histórico-litúrgica
Es muy antigua la fiesta del mártir diácono romano, que, según la “Depositio
martyrum” del calendario jeronimiano, sufrió el martirio en la vía
Tiburtina, naciendo para el cielo el 10 de agosto del año 258, cuatro días
después de los demás miembros del colegio de diáconos romanos que fueron que
fueron ajusticiados con el papa Sixto II. Ya se celebraba en el siglo IV con
una vigilia solemne de oraciones; y también en Roma, en el siglo VI, el
solemne de oraciones; y también en Roma, en el siglo VI, el sacramentario
veronense le dedicaba nada menos que cuatro misas, con el privilegio de la
octavo además de la vigilia. La fiesta estaba difundida en África. Agustín
nos ha dejado cuatro sermones. Y en Italia (también lo celebra san Máximo de
Turín), Prudencio, después de Ambrosio, relató su pasión (Actas de
Policronio y de sus compañeros, hacia el 550), sin duda legendaria en muchos
detalles (Lorenzo sería de origen español y lo habría traído desde Toledo a
Roma el papa Sixto), que luego inspiraron las antífonas y los responsorios
del oficio.
Según san Ambrosio, que cita tal pasión después de más de un siglo, Lorenzo
habría sido quemado en una parrilla por excepción, en lugar de ser
decapitado según la costumbre romana. Su sepultura se halla en la vía
Tiburtina, en el Agro Verano (el actual cementerio romano), donde, más de
cincuenta años después, Constantino hizo construir una basílica sobre su
tumba, enterrada en una pequeña catacumba. Luego ha sufrido distintas
transformaciones, hasta llegar a la iglesia construida por el papa Pelagio
en el siglo VI, reconstruida posteriormente por Honorio III. Es una de las
siete iglesias mayores de Roma. Al santo atribuyó en su fiesta Otón I las
victorias sobre los húngaros. Felipe II construyó El Escorial sobre planta
en forma de parrilla. En Roma se le dedicaron a este protomártir diácono –
que según el Carmen atribuido al papa Dámaso habría salido ileso de los
tormentos y preservado milagrosamente de la muerte -, además de la iglesia
del Agro Verano, las siguientes iglesias de los títulos de San Lorenzo in
Damaso, San Lorenzo in Lucina, San Lorenzo in Panisperna y San Lorenzo in
Palatio. La iglesia estacional del santo es la primera de las cinco iglesias
patriarcales presidida por los sacerdotes en los títulos urbano. Hoy, en el
arco triunfal de la basílica, Lorenzo está representado con la cruz entre
las manos y el libro con la leyenda: “Disperdidit, dedit pauperibus” (Sal
111,9)
2. Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa y los diversos textos de la liturgia de las horas
configuran la fisonomía de este protodiácono de la Iglesia romana, de quien
la antífona de entrada dice que “se mantuvo fiel al servicio de Dios y
alcanzó la gloria del martirio”. El significado de este martirio está, pues,
en la diaconía de la Iglesia entera.
a) En la “colecta” se señalan dos notas características. En la primera se
invoca a Dios, “encendido en cuyo amor san Lorenzo se mantuvo fiel a su
servicio y alcanzó la gloria del martirio”. El ardor de este amor fue, pues,
una fidelidad a su ministerio diaconal, como dice san Agustín en el sermón
para el oficio de lectura: “En ella administró la sangre sagrada, en ella
también derramó su propia sangre por el nombre de Cristo”. También en la
segunda antífona de las vísperas se pone en conexión este sacrificio de la
vida con el sacrificio del Señor: “San Lorenzo exclamó: “Soy del todo
dichoso, porque he merecido ser hostia de Cristo”. En el relato legendario,
del que se sirve san Ambrosio, se ponen en boca de Lorenzo, dirigiéndose al
papa Sixto, estas palabras: “... a mí, a quien has confiado la consagración
de la sangre del Señor”. También se lee en la “passio”: “¿Hacia qué meta te
diriges, padre santo, sin tu diácono? Tú nos has tenido nunca la costumbre
de ofrecer el sacrificio sin tu diácono. ¿Qué te ha disgustado en mí, padre?
¿Me has encontrado indigno, por ventura? Pruébame y ve si has elegido a un
ministro indigno para la distribución de la sangre del Señor. ¿Le negarás
quizá a aquel que has admitido a los sagrados misterios que sea tu compañero
para derramar su sangre?
En los himnos del oficio se refleja la tradición legendaria según la cual
Lorenzo habría sido martirizado por haber desobedecido a una ley fiscal, que
imponía entregar los supuestos tesoros de la Iglesia. Después de haber
reunido a todos los pobres y enfermos, le habría dicho al juez: “He aquí los
tesoros de la Iglesia”. Es precisamente este fervor de la caridad sacado de
la sangre de Cristo el que transforma el instrumento del martirio: el fuego
que lo consume se convierte en fuego de amor heroico. Así canta la primera
estrofa de las laudes: “Mi alma está unida a ti, porque mi cuerpo ha sido
quemado por ti, Dios mío”.
La intercesión de la colecta pide que el pueblo de Dios llegue a “amar lo
que él amó y a practicar sinceramente lo que nos enseñó”. En la inscripción
que el papa Dámaso hizo poner en la basílica de San Lorenzo Extramuros se
encuentran estos versos del verdugo, las llamas, los tormentos, las cadenas
sólo pudo vencerlos la fe de Lorenzo. Dámaso, suplicante, colma de dones
estos altares, admirando el mérito del glorioso mártir”.
b) La “oración después de la comunión” suplica “que este sacrificio, humilde
servicio de tu pueblo, aumente en nosotros los frutos de la salvación”. La “passio”,
siempre pródiga en detalles, cuenta que la última fase del martirio, lleno
de crueles tormentos, Lorenzo, ya extendido en la parrilla ardiente e
invitado aún a sacrificar a los dioses, respondió: “Yo me ofrezco a Dios en
sacrificio de suave dolor, porque un espíritu contrito es un sacrificio para
Dios”. Y mientras los verdugos atizaban el fuego, dirigiéndose a Decio,
dice: “Mira, miserable, ya has asado un costado; dale la vuelta, y cómetelo.
Yo te doy gracias, Señor Jesucristo, porque he merecido franquear las
puertas de tu reino”. El gesto de Lorenzo al señalar en los pobres los
tesoros de la Iglesia sigue siendo la gran enseñanza que hemos de seguir.
También el valor que le llevó a desafiar a sus verdugos con la irónica frase
que se ha vuelto célebre: “El asado está pronto”, es señal de que el mártir,
como Cristo en la cruz, no clama venganza; incluso sabe mostrarse humorista,
como lo sería un día Tomás Moro. En efecto, el misterio de la redención, en
el que está íntimamente inserto, se convierte en un anticipo de la
inmortalidad y de la misma incorruptibilidad de la resurrección, hasta
superar todos los dolores físicos.
Del ejemplo de este mártir diácono, de quien Ambrosio nos ha transmitido una
larga oración de setenta versos, compuesta para la Iglesia de Roma, sobre la
parrilla ardiendo, se puede aprender no sólo el amor por esa ciudad que
justamente lo celebra como su tercer patrono, tras los apóstoles Pedro y
Pablo, sino también el amor a nuestra Iglesia local. El mismo concilio
Vaticano II ha fundado la eclesiología de la catolicidad en la realidad
originaria apostólico-petrina de cada Iglesia particular unida a la Iglesia
madre de Roma. El mismo vínculo cronológico y personal entre Sixto y Lorenzo
que han establecido las fuentes es significativo asimismo en este sentido.
Prefacio
Cristo, tu Hijo,
ofreciendo su vida por nuestro rescate,
nos amó hasta el fin
y así nos enseñó que no hay amor más grande
que el de aceptar la muerte por los hermanos.
En esta escuela,
Lorenzo, discípulo auténtico y fiel,
dio a los hombres, con su martirio,
la prueba suprema de amor.
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