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7 de Agosto
SAN CAYETANO, presbítero
(1480 - 1547)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de san Cayetano de Thiene, muerto en Nápoles el 7 de
agosto de 1547, canonizado en 1671 e introducido después en el calendario
romano, nos traslada de lleno al renacimiento católico, una de las épocas
más importantes de la historia de la Iglesia por los dos acontecimientos de
la reforma y la contrarreforma.
Nacido en Vicenza (Italia) en 1480 de familia noble, es contemporáneo a los
doce años del descubrimiento de América y, pocos años antes, de la invención
de la imprenta. Tras doctorarse en Padua en derecho, en 1517 se traslada a
Roma para hacer de protonotario apostólico del papa Julio II, de quien llega
a ser secretario particular. En Roma, donde permaneció trece años, conoció
los esplendores (las estancias de Rafael) y las miserias de la corte de León
X, sintiendo asimismo el eco de la proclama del concilio Lateranense V: “Hay
que hacer una reforma universal y radical”.
En 1517 Cayetano y Juan Pedro Carafa transplantaron una piadosa asociación,
la Compañía del Amor Divino, promovida veinte años antes en Génova por santa
Catalina, que se dedicaba con gran empeño a las obras de caridad - con
visitas a los pobres enfermos incluso a domicilio -, a la iglesia de Santa
Dorotea in Trastévere. Es el mismo año en que Lutero iniciaba su polémica
anticatólica. Esta caridad, que se extendía también a un hospicio de
incurables (sifilíticos) fundado por el genovés Héctor Vernazza junto al
hospital de Santiago de Roma, se difundió luego por Vicenza en 1519, Verona
en 1524 y Venecia en 1522. Vuelto a Vicenza en 1520 para asistir a su madre
enferma, llegó a rector de la iglesia de Santa María de Malo y se ocupó de
los santuarios aislados del monte Soratte. Luego, en 1523, volvió a Roma,
donde junto con el obispo de Chieti, Carafa, organizó – tal vez por consejo
de su confesor dominico – un nuevo instituto de clérigos regulares para
responder a las nuevas necesidades. Por los tres votos – por la
especialización en la predicación y en la administración de los sacramentos
y por la fidelidad en la ejecución de los ritos litúrgicos -, el instituto
debía ser una forma de vida modélica para el clero. Los padres teatinos, del
nombre latino (Theate Marruccinorum) del obispado de Chieti, al que Carafa
había renunciado, convirtiéndose en su primer superior general, se
establecieron en el Pincio (la actual Villa Medici) y asistieron al saqueo
de Roma en 1527, refugiándose en Venecia. Cayetano fue elegido superior en
Nápoles en 1533. Cuando Carafa fue nombrado cardenal en 1536, Cayetano fue
enviado como superior a Venecia, donde combatió al luterano Ochino. Vuelto a
Nápoles como superior, murió a los sesenta y siete años, después de haberse
agotado en su esfuerzo por calmar las discordias napolitanas; en efecto, la
ciudad recibió una embajada de Carlos V que garantizaba la paz. Fue
sepultado en la iglesia de San Pablo el Mayor.
2. Mensaje y actualidad
La “colecta” de la misa destaca ante todo el carisma de Cayetano, a quien
Dios concedió “imitar el modo de vivir de los apóstoles”. Esta vuelta al
evangelio, a través de la vida vivida por las primeras comunidades
apostólicas (He 2,41-47;4,32-35), se diferenciaba de las órdenes
mendicantes, que se inspiraban sobre todo en el sermón de la misión de los
discípulos del Señor (Mt 10,7-5). Frente a la corriente del evangelismo,
que, sin embargo, contaba con nombres prestigiosos (Erasmo de Rótterdam,
Gaspar Contarini, Reginaldo Pole, Victoria Colonna, etc.) y que hacía del
evangelio una especie de código de esteticismo moral con propósitos
únicamente reformistas, pero que de hecho dejaban intacto el sistema, el
evangelismo de la vida apostólica de los teatinos (entre quienes había
también personas doctas, como el cardenal santo Tomás de Lampedusa) era una
tarea ascética total, animada por la práctica de la pobreza radical, aunque
abierta generosamente a las obras de apostolado. Esta radical reforma del
hombre y de sus estructuras respondía a las exigencias de su tiempo, porque
se practicaba la vida común, como en las órdenes monásticas; la pobreza
estricta, como en las órdenes mendicantes, y un múltiple apostolado
sacerdotal para atraer al clero secular. Era también el fruto de la
experiencia adquirida en las distintas ciudades como miembro de los
oratorios del Amor Divino, que eran asociaciones laicales nacidas para
renovar “con fervor efectivo las confraternidades laicales, un poco
adormecidas”.
Un segundo tema se deduce de la intercesión final de la colecta, en que se
pide “poner en Dios nuestra confianza y buscar siempre el reino de los
cielos”. El nombre dado a la Orden de Teatinos de “Congregación de la Divina
Providencia” no es casual, ya que el santo tenía una confianza sin límite en
ella, inspirándose en el texto evangélico: “Buscad primero el reino de Dios
y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33). En el
oficio de lectura, la carta de Cayetano dirigida a una mujer asesorada por
él (Isabel Porto) exhorta a tener confianza, porque “aunque todos los santos
y criaturas te abandonasen, él (el Señor) siempre estará atento a tus
necesidades”. Era el espíritu de dinamismo evangélico el que animaba a este
celoso discípulo de Cristo, ciertamente dotado de gracias divinas místicas,
como el haber recibido en brazos a Jesús niño. La Virgen de lo entregó la
noche de navidad en la cripta “ad praesepe” de Santa María la Mayor. Así se
ponía en la sociedad del renacimiento hedonístico (“Roma, antaño santa, es
ahora una Babilonia”, afirmaba) un poderoso remedio de resanamiento moral y
ascético. Sigue siendo válido en el día de hoy para dar la primicia a la
búsqueda del reino de Dios en nuestra sociedad, análogamente satisfecha de
su consumismo.
Cayetano fue implacable en la defensa de la pobreza para su orden,
rechazando toda clase de rentas para sus miembros. Incluso en Nápoles,
cuando se le objetaba que los napolitanos eran menos generosos que los
venecianos, respondió: “Puede ser, pero Dios está tanto en Nápoles como en
Venecia”. Y precisamente en Nápoles, durante la peste, dio ejemplo de
heroica entrega; también allí organizó montes de piedad. Se ha de reconocer
que este tipo de vida religiosa fundado por él y sostenido por su heroico
ejemplo es emblemático, no sólo porque sirvió de modelo a los grandes
reformadores religiosos del siglo XVI (como Juan Mateo Ghiberti de Verona,
san Jerónimo Emiliani, san Camilo de Lelis, san Ignacio de Loyola), sino
también porque ofrece en nuestro mundo, tentado por la indiferencia
espiritual, este reclamo, siempre provocador. “Cristo espera y nadie se
mueve”; “No con el amor sentimental, sino con el activo es con lo que se
purifican las almas”, eran frases suyas.
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