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5 de Agosto
DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA
(siglos IV / XIV)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de la dedicación de la basílica de Santa María la
Mayor en el Esquilino, celebrada por el papa Sixto III (432-440), que se la
ofreció al pueblo de Dios el 5 de agosto, “Syxtus episcopus plebi Dei”, era
de carácter local hasta el siglo XIV, cuando se difundió la leyenda de la
fundación de la basílica, cuya planimetría, según la invitación de una
aparición de la Virgen al patricio Juan, sería trazada milagrosamente por la
nieve en pleno estío romano la noche del 5 al 6 de agosto. De ahí el nombre
popular de Santa María de la Nieve (ad Nives). Fue llamada también “Beata
Maria ad praesepe” desde el siglo VII, cuando se difundió la voz de que la
basílica albergaba el pesebre de Belén. El martirologio jeronimiano atribuye
a esta fecha la dedicación de la basílica, que fue cristianizada en tiempo
del papa Libero (de allí el nombre de Basílica Liberiana), y luego
restaurada hacia el 435. En la cima del arco triunfal se lee aún la
inscripción antes recordada; también son visibles los treinta y seis
mosaicos que adornan la nave central, del siglo V, testimonios del arte o de
la teología del bajo imperio. La fiesta entró en el calendario romano en
1586.
2. Mensaje y actualidad
La “colecta” reproduce la antigua oración gregoriana para la fiesta de la
asunción y está enteramente centrada en el misterio de la divina maternidad
de María, cuya basílica fue dedicada al Señor que “perdone los pecados de
sus hijos, y ya que nuestras obras no pueden complacerle”, se apela a “la
salvación por medio de la madre del Hijo de Dios”. El auxilio especial de la
madre de Dios está justificado no sólo por la antigüedad de esta basílica
entre las iglesias marianas dedicadas a María, sino también por el hecho de
que es una de las cuatro basílicas mayores primarias o patriarcales, en
cuanto ella representa al patriarcado de Antioquia y es la mayor iglesia
mariana de Roma.
Se trata, pues, de revisar el fundamento mismo o principio genético de todos
los demás dones concedidos a la Virgen, la “Theotokos”, como nos invita a
hacer en el oficio de lectura el fragmento de la homilía pronunciada con
fervor por Cirilo de Alejandría en la basílica de Éfeso ante los padres
reunidos en el concilio: “Quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y
adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de alabanzas, a María
siempre Virgen, el templo santo de Dios, y a su Hijo y esposo inmaculado”.
Por fin, se puede recordar que también en el canon romano se encuentra una
de las menciones más antiguas de la divina maternidad de María.
En efecto, si en los primeros concilios de Nicea y de Constantinopla se
proclama la fe en las dos naturalezas de Cristo – divina y humana -, sólo la
reflexión de fines del siglo IV pudo aclarar el modo de esta unión. Mientras
que Apolinar de Laodicea afirmaba que el Verbo (Logos), al encarnarse, había
asumido sólo el cuerpo y el alma sensitiva, pero había sustituido la parte
espiritual de la naturaleza de Cristo, creyendo salvar así una unidad real y
perfecta del Verbo encarnado y al par el título de “Theotokos” ya dado a la
Virgen, las dos escuelas, tanto la alejandrina como la antioquena, se
opusieron a tal negación de la integridad de ambas naturalezas de Cristo,
proclamada por el sínodo de Nicea. Pero la verdadera solución fue dada sólo
por la escuela alejandrina, que defendió una unión intrínseca, real,
hipostática y no sólo externa y moral, según los antioquenos; es decir, en
el único ser o subsistencia del Verbo; por lo que es legítimo el intercambio
de los atributos y, en consecuencia, es legitimado también el título de
“Tehotokos” y no sólo de “Christotokos” dado a María.
La terminología todavía fluida sobre el significado del término
“hipóstasis”, que para Atanasio seguía significando sustancia o naturaleza,
mientras que para Cirilo Alejandrino ya indicaba “subsistencia”, como se
establecerá luego en el concilio de Calcedonia, fue sin duda la causa de
varias impugnaciones por parte tanto de Nestorio como de los antioquenos, y
sucesivamente de los monofisitas. La unión en el Verbo según la naturaleza (katá
physin) ya no será entendida como “según la subsistencia" (así lo creía aún
Atanasio), sino según la esencia o naturaleza; y por este motivo es
incociliable con la unidad de la hipóstasis entendida entendida como persona
(próposon, según se dirá luego en Calcedonia. En Éfeso esta doctrina fue
expresada por Cirilo en su segunda carta a Nestorio, aprobada por los ciento
veinticinco obispos presentes en la primera sesión del concilio de Éfeso y
proclamada solemnemente como expresión de la fe de Nicea. Los “Anatemi
cirilliani”, que formaban parte de la tercera carta de Cirilo a Nestorio,
hoy son considerados como parte de las actas disciplinares del concilio de
Éfeso, subsiguientes al valor teológico-dogmático dado a la segunda carta.
Esta misteriosa convergencia de las naturalezas de Cristo en su subsistencia
divina del Verbo (hipóstasis) se verificó en el seno de María, que engendró
según la carne (o la naturaleza humana) al mismo e idéntico Hijo engendrado
desde la eternidad en el seno del Padre. Por tanto, no fue una inserción
sucesiva del Verbo divino en el hombre nacido de María, sino que el
“primogénito según la carne” unió a sí la generación de su carne: para esta
fórmula, Cirilo apelaba “a la fe más segura y a los santos padres”. Por
consiguiente, el título de “Theotokos” es inferible sólo parcialmente del
término mismo de “engendradora”, que engloba todo el proceso genético de la
concepción y del parto, pero de modo exhaustivo de las precisiones
doctrinales que especifican que María no es engendradora según la divinidad,
sino según la humanidad; es realmente engendradora del Verbo encarnado.
Evidentemente, cualquier otro aspecto que no tuviera que ver con este
momento genético de la maternidad, fue ajeno a las preocupaciones de Éfeso;
así como también este aspecto racional del misterio prescindía aún de la
referencia explícita de la acción del Espíritu Santo en la maternidad
divina. Esta dimensión triunfal del título de madre de Dios ha constituido
durante algunos siglos el único título de señoría y de gloria para la madre
del Verbo encarnado, poniendo en segundo plano las demás dimensiones
evangélicas, que nos presentan la humilde realidad de María “esclava del
Señor”; y se la puede comprender en la situación socio-cultural del impero
bizantino. Pero hoy debe integrarse con toda la aportación del desarrollo
teológico posterior, hasta los recientes descubrimientos bíblicos del culto
mariano (cd JUAN PABLO II, encíclica “Redemptoris Mater”).
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