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4 de Agosto
SAN JUAN MARÍA VIANNEY, presbítero
(1786 - 1859)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria del cura de Ars en su “dies natalis” del 4 de agosto de 1859 y canonizado en 1925, nos presenta un modelo de párroco que vivió una época dramática de la revolución francesa. Nacido en Dardillo (junto a Lyon) en 1786, en una familia de campesinos muy caritativos que recordaban haber hospedado a san Benito Labre, Juan María, con la añadidura del nombre de “Bautista” cuando recibió la confirmación a los veinte años pasados, tenía siete años cuando reinaba el terror en París y los curas eran desterrados o asesinados. A los trece años recibió la primera comunión, durante el segundo terror, cuando fue cerrada la iglesia de Dardillo y las tropas de la Convención atravesaron esta parroquia. Su vocación parece haberse debido a un encuentro con un confesor de la fe. Después de esperar dos años, obtuvo el permiso paterno para entrar en la escuela presbiteral fundada por el párroco de Ecully (Balley), afrontando la dificultad de los estudios en los seminarios de Verrières y luego de Lyon, después de haber sido liberado por una amnistía de una situación involuntaria de renitente al servicio militar, en la cual, él no se sintió nunca culpable de esta irregularidad.
Con la ayuda del abate Balley pudo completar los estudios, después de haber sido despedido del seminario de Lyon por insuficiencia. Fue ordenado sacerdote en 1815, a los veintinueve años, pero sin tener la facultad de confesar. Nombrado primero vicario de Ecully por tres años (1815-1818), después de haber completado su formación teológica y pastoral, fue enviado de vicario (capellán) a Ars a treinta y cinco kilómetros de Lyon, que se convirtió en parroquia en 1821, cuando fue agregada a la diócesis de Balley. Aquí permaneció durante cuarenta y dos años como pastor, ya que la población se opuso a su traslado y a su fuga, abortada cuatro veces, sea tras el período de la penitencia radical en 1820, sea tras su curación en 1843, por no pagar los costos, que prefirió destinar a limosnas. A él se le debe quizá el que Ars saliera indemne de la epidemia de 1832. Murió de inanición a los setenta y cuatro años, después de haber previsto su muerte, sin agonía ni temor, “con una extraordinaria expresión de fe y simplicidad en los ojos”, según un testigo. En los últimos años el número de peregrinos que acudían a Ars llegó a cien mil.


2. Mensaje y actualidad
a) La “colecta” de la misa focaliza la fisonomía de esta “patrono de los sacerdotes con cura de almas” (de los párrocos) con pocas palabras, en las que se invoca: “Dios..., que hiciste admirable a san Juan María Vianney por su celo pastoral”. En efecto, él solía decir: “Dejad durante veinte años una parroquia sin cura, y acabarán por adorar a las bestias”. Por eso se mantuvo fiel a este ministerio hasta consumarse físicamente en las más duras penitencias por la conversión de su parroquia y luego por sus penitentes en el martirio del confesionario; hasta el punto de intentar huir porque se estimaba inepto, como él decía, a causa de su ignorancia. Sus prédicas, reducidas a prontuarios, tendía a infundir temor, pero luego supo superar el rigorismo jansenista (preocupado por el misterio de la predestinación y de la condenación) con la dulzura de una misericordia pastoral extraída de su intensa y simplísima oración, que él mismo dice en su “Catequesis”, presentada en el oficio de lectura, que “no es otra cosa que la unión con Dios”.
En la parte final de la colecta se pide que también nosotros, por su ejemplo, nos dediquemos a “ganar para Cristo a nuestros hermanos y alcanzar, juntamente con ellos, los premios de la vida eterna”. La preocupación por ser el buen pastor de su grey lo llevó a hacer una catequesis continua, con instrucciones y exhortaciones llenas de conmovedora vivacidad, adaptada al lenguaje popular; al punto de que todos salían de la iglesia diciendo: “Ningún cura nos ha hablado nunca de Dios como nuestro párroco”. Su actividad pastoral se desplegó también en la educación de las muchachas pobres, para quienes abrió en 1824 una escuela popular gratuita. La Providencia, que se amplió a orfanato, confiado después a religiosas. En él daba lecciones cotidianas de catequesis y también hizo los primeros milagros.
Concentró su pastoral especialmente en tres aspectos de la vida descristianizada de su tiempo: la lucha contra el trabajo en los días festivos y contra la costumbre de blasfemar (signos de ateísmo práctico); además de la lucha contra las tabernas, donde solían emborracharse los vecinos con doscientos setenta habitantes y cuarenta casas que contaba la parroquia, había nada menos que cuatro tabernas adosadas a la iglesia, y, por fin, la lucha contra el baile, considerado por él como obra diabólica por ser vehículo de inmoralidad. La lucha contra el diablo, que duró la friolera de treinta y cinco años (1824-1858), fue una parte notable de este asalto de las persecuciones, que le obtuvieron la gracia de convertir a los pecadores. A ello se añadió también la oposición de sus cohermanos, que duró diez años, traducida en críticas y denuncias al obispo, acompañadas de las peores calumnias en el poblado que fueron luego desenmascaradas a través de una investigación.
b) En la “oración después de la comunión” se le sigue rogando a Dios para que, a ejemplo del santo, “nos conceda servirle con entrega generosa y amar a nuestros hermanos con amor incansable”. El santo párroco hizo restaurar la iglesia en honor de Dios y por el bien de sus fieles, edificar varias capillas dedicadas al “Ecce Homo”, a los santos ángeles, a san Juan Bautista y a santa Filomena, a la cual atribuía sus milagros para disimular su santidad. Además creó dos confraternidades: la del Rosario, para las mujeres, y la del Santísimo Sacramento, para los hombres. Una vida, pues, no sólo penitente y mística, sino también rebosante de obras a favor del prójimo. Tal es la plenitud de vida apostólica de este héroe del ministerio parroquial, que realizó una de sus aspiraciones: “Es hermoso morir cuando se ha vivido en la cruz”.

 

 

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