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31 de Julio
SAN IGNACIO DE LOYOLA, presbítero
(1491 - 1556)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Ignacio de Loyola, muerto en Roma el 31 de julio de 1556 y canonizado en 1622, nos presenta una figura que ha de contemplarse dentro del contexto del optimismo humanístico y del dinamismo personalista propios del movimiento barroco. Íñigo López de Loyola, nacido en 1491, tras una permanencia juvenil en el ambiente de la corte de Castilla y una juventud inquieta en la que sufrió un grave proceso en 1515 por violencia, se dedicó al servicio militar, aceptando capitanear una compañía que tenía que defender Pamplona, atacada por Francisco I, que quería separar Navarra de Castilla, en 1521. En este asedio fue gravemente herido en las piernas y hubo de guardar reposo. Éste le ofreció la ocasión de dedicarse a la lectura y, entre otros libros, le cayó en las manos la "Vita Chisti", de Ludolfo, el cartujo de Sajona y la "Leyenda Área" (Vida de los santos), de Jacobo de Varazze. Con ellos se sintió tocado por la gracia y se convirtió en el mismo año en que Lutero se retiraba al castillo de Wartburg, Alemania, con su crisis.
La vida siguiente de Ignacio puede dividirse en siete etapas. La primera transcurre en Cataluña, donde se detuvo para hacer una vela de armas ante la Virgen de Montserrat en 1522; desde allí se dirige a Manresa, donde en una cueva escribió las primeras notas del futuro librito de los "Ejercicios espirituales". La segunda etapa es de peregrinación a Jerusalén en 1523, donde no fue acogido como huésped permanente de un convento franciscano, según habría deseado. En la etapa sucesiva lo encontraos estudiando en España entre 1524-1527, primero en Barcelona, donde fue confundido, a causa de su hábito de penitente, con un "alumbrado" (secta de los iluminados) y encarcelado; una vez liberado, pudo ir a Alcalá y luego a Salamanca, donde asimismo fue encarcelado, aunque por poco tiempo al confundirlo con un "espiritual"; por fin se trasladó a París. Aquí, en la cuarta etapa, permaneció desde 1528 a 1535 como estudiante y luego como maestro ("magister artium"); reunió algunos compañeros - entre ellos Francisco Javier -, y con ellos, en Montmartre, en la capilla de los mártires, hizo profesión de los tres votos religiosos, con un voto común de ir a Tierra Santa o de ponerse a disposición del papa. En la quinta etapa lo encontramos en su patria de Azpeitía en 1535 para reponerse; en la sexta etapa fue a Venecia desde el 1535-1537, pasando por Bolonia como mendigo. La séptima etapa fue a Roma (1537-1556), y en el viaje, casi a las puertas de la ciudad, en la iglesia de la Storta, tuvo una visión de la que proviene el nombre de la Compañía de Jesús.
En Roma este manojo de la Compañía de Jesús, bendecido por Paulo III, empezó a predicar y a confesar. Mientras tanto, Ignacio fue ordenado sacerdote en el 1538. Así, en 1540, en el baptisterio de San Pedro, la Compañía de Jesús recibió su bautismo con la bula papal "Regimini milintantis Ecclesiae", en espera de las constituciones definitivas, aprobadas en 1550. La originalidad de esta vida militante, que excluía todas las obligaciones corales, era el voto suplementario de obediencia al papa para acudir a cualquier lugar o servicio de la Iglesia. Murió en Roma de improviso, a los sesenta y cinco años sin haber podido recibir los sacramentos, después de quince años de generalato.


2. Mensaje y actualidad
La tres oraciones de la misa configuran la fisonomía de este vasco, primeramente héroe de Pamplona y luego capitán de una Compañía que tenía por lema "Ad maiorem Dei gloriam" y por código de adiestramiento el libro de los "Ejercicios espirituales" para vencerse a sí mismo y ordenar la vida propia. Pío XI calificó el aprendizaje de las cuatro semanas de los Ejercicios Espirituales como "el código más apropiado y universal para dirigir a las almas por el camino de la perfección", porque desarrollan los temas del fin del hombre como principio y fundamento, de las dos banderas: de Cristo Rey del demonio, de la pasión del Señor y de la contemplación en el amor. Hoy se prefiere subrayar como característica a la espiritualidad de Ignacio la transparencia divina de las cosas, que permite en todo momento descubrir la voz de Dios en todo (Ejercicios n. 233; carta de 1551: "buscar la presencia de Cristo en todas las cosas").
a) En la "colecta", que comienza con la frase sacada de la primera lectura de la misa (1Cor 10,31) y convertida en divisa de los jesuitas se suplica: "Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu iglesia a san Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo". El general de esta nueva Compañía había salido de Roma para contraatacar la herejía luterana, para reivindicar los derechos de Cristo y dispersar las sombras del error. La disciplina de esta batalla por el evangelio nace del aprendizaje de los "Ejercicios", según el espíritu del texto evangélico de la misa (Lc 14,25-33): seguir a Cristo a toda costa, renunciando a todo, como Ignacio, que estudió mucho tiempo la estrategia de su batalla espiritual.
b) En la "oración sobre las ofrendas" aflora el tema de la santidad en la verdad, que dimana del venerable misterio de la eucaristía, "fuente de toda santificación". En el "Diario" espiritual de Ignacio se trasluce el modelo cristocéntrico de la ascética ignaciana, cargada de profunda humanidad, que se modela sobre el Jesús histórico y resucitado, imitado ora en la obediencia, convertida en virtud principal, ora en la pobreza, que Ignacio había mitigado, después de haber sufrido tormentosos escrúpulos; ora en la humildad, como condición de auténtica santidad. En la definición de Vidal, "contemplativus in acitione", Ignacio nos enseña hoy que "señalarse en la santidad, es decir, autorrealizarse, consiste en sacar provecho incluso de los dones místicos (los carismas personales) para las soluciones de los problemas concretos, en la línea de la discreción de los espíritus propia de los Ejercicios.
c) Por fin, en la "oración después de la comunión" se le pide al Señor "nos lleve a glorificar su inmensa gloria por toda la eternidad". Ignacio fue un hombre de contemplación activa, porque en Roma se dedicaba a evangelizar, predicar, visitar y alimentar a los pobres, fundando la compañía de los huérfanos, el catecumenado para judíos y musulmanes convertidos y la Casa de Santa Marta para las mujeres arrepentidas. El nuevo modo de imitar a Cristo se desprende también de la frase reproducida en la página de su autobiografía, citada por Luis Concalves de Cámara en los "Hechos de san Ignacio" y reproducida en el oficio de lectura: "Cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría". La experiencia del seguimiento de Cristo, cuyo nombre es poder, bajo el estandarte de la cruz, es también actual para nosotros, siempre que hagamos la opción radical, que caracteriza a la mística ignaciana; esto es, renunciar a ganar el mundo para no perder la propia alma. Esto significa orientar toda nuestra vida a alabar perennemente el nombre de Dios
 

Prefacio
Porque llamaste a san Ignacio a la Compañía de tu Hijo,
para que, encendido en tu amor,
inflamase a otros muchos para buscar tu mayor gloria,
y ofreciese a tu pueblo una compañía
señalada por la caridad apostólica,
en Jesucristo, Señor nuestro.
 

 

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