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30 de Julio
SAN PEDRO CRISÓLOGO, obispo y doctor de la Iglesia
(380? - 451)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa del obispo de Rávena (Italia), muerto en Ímola después del año 451 y proclamado doctor de la Iglesia 1729, se celebra en la fecha anticipada del 30 de julio, y no en la del 31, ya ocupada. En efecto, la fecha anterior del 3 de diciembre, que aparece en el pontifical de Agnello (ca. 830), habría que atribuirla más bien a Pedro II, que vivió a comienzos del siglo VI.
Pedro, nacido en Ímola (Emilia) hacia el año 380 y educado por el obispo Cornelio, fue elegido en la sede de Rávena, antes del año 430, en un tiempo en que la ciudad romañola era promovida por Honorio, presionado por Estilicón (por la amenaza de los visigodos sobre Milán), a residencia imperial, convirtiéndose así (junto con Roma, Milán y Constantinopla) en una de las sedes imperiales más importantes. Así se deduce de la cata dirigida por Teodoreto de Ciro, impugnador del concilio de Éfeso del año 431, a las principales sedes de entonces (Roma, Milán, Aquilea y Rávena), para defender el título de madre de Cristo, en lugar del de madre de Dios (Tehotokos). Pedro, pues, aun permaneciendo sufragáneo de Roma, igual que los demás obispos de la Flaminia (Romagna), había recibido por edicto del emperador nominal (gobernaba su madre, Gala Placidia, que había llegado a Roma el año 427), Valentiniano III, y por decreto del bienaventurado papa Celestino I, el derecho de consagrar a algunos obispos de la Emilia, sustraídos así a la jurisdicción de Milán, como el obispo de Voghenza (Vicohabentia, junto a Ferrara) y el de Ímola (Forum Cornelii). En esta especie de vicaría de la sede romana, más que de verdadera metrópolis, se puede situar la leyenda del origen apostólico de la sede de Rávena, que, más bien que ser una invención antirromana, servía para elevar a Rávena ante Milán, haciendo de ella un bastión romano contra la capital lombarda.
Pedro fue, sin duda, un obispo importante, ante todo por sus relaciones con la emperatriz Gala Placidia: consagró la iglesia de San Juan Evangelista, construida por ella misma por un voto hecho durante la travesía desde Constantinopla a Rávena (en el ábside, Pedro, con una abundante barba, es representado mientras celebra la misa, con el ángel de la apíclesis junto a él). En segundo lugar, por las relaciones con los obispos de su tiempo (por ejemplo, Germán de Auxerre, a quien recibió con todos los honores para negociar una gracia ante la corte); y sobre todo con el papa León Magno, a quien le reenvió en el año 349 el hereje Eutiques, que apelaba a él. El título de Crisólogo, “palabra de oro”, que le dio Agnello (en Oriente, en el siglo VI se le atribuye a Juan Crisóstomo), está en consonancia con sus sermones, recopilados hacia el 710 en Rávena (en total son ciento setenta y seis, aunque algunos son dudosos o espúreos), donde abundan términos griegos y clásicos, pero también resuenan interesantes llamamientos a la vida cristiana sacados de temas del Antiguo Testamento y circunstanciales reconvenciones contra los abusos de las llamadas calendas de enero, que suplían al actual carnaval. Por eso acuñó la frase: "Quien se divierte con el demonio no puede gozarse con Cristo". La fecha de su muerte puede deducirse tanto de la invasión de los hunos (450) como de la citación de la iglesia de Santa Eufemia para el concilio de Calcedonia en el año 451. Según el "Liber Pontificalis" habría muerto en su patria (Ímola) y fue sepultado cerca del sepulcro de san Casiano. Ahora reposa en la cripta de la catedral, adonde fue trasladado en 1698.


2. Mensaje y actualidad
La "colecta" de la misa traza la figura de Pedro Crisólogo invocando a Dios, "que hizo de su obispo san Pedro Crisólogo un insigne predicador de la Palabra encarnada". En efecto, este obispo respondía a Eutiques en el año 449 remitiéndolo a León Magno con estas palabras, que suponen implícitamente la fe en el primado de la cátedra romana: "En interés de la paz y de la fe no podemos disponernos a escuchar cosas relativas a la fe sin la aprobación del obispo de Roma, porque el apóstol Pedro, que vive y preside desde su propia fe, no rehúsa enseñar la verdad a aquellos que la buscan". El sermón sobre la encarnación, que nos ofrece el oficio de lectura con una relación evidente con el Verbo encarnado, trata del tema de la dignidad del hombre, "en el que Dios antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza".
La intercesión de la colecta pide que nosotros podamos "guardar y meditar en nuestros corazones los misterios de la salvación y vivirlos en la práctica con fidelidad". En el sermón 103, Pedro Crisólogo comenta la coherencia de vida con los misterios meditados con estas palabras: "Qué decir si por la dicha de la navidad el pobre llora, el prisionero gime, el refugiado se lamenta, el deportado solloza? El judío ha honrado siempre las fiestas celestiales por medio de aportaciones; ¿qué piensa el cristiano cuando no las honra siquiera con un céntimo de sus bienes? No, hermanos míos, no creáis que yo diga esto por el gusto de declamar; es mi dolor el que habla. Yo sufro, sufro sin duda, cuando veo que los magos depositaron el oro en la cuna de Cristo y cuando constato que los cristianos dejan vacía el altar del cuerpo de Cristo, sobre todo en estos tiempos en los cuales se difunde la carestía de los pobres y la muchedumbre lamentable de los prisioneros. Y no se diga: ¡Yo no tengo nada! Dios te manda que tomes de lo que tienes, no de lo que no tienes, porque se digna agradecer con reconocimiento de los dos céntimos de la viuda. Seamos devotos del Creador, y la creación nos será devota". Y en el discurso 130 para el aniversario de su ordenación episcopal parece trazar su autobiografía del obispo ideal: "Él obedece a los reyes, colabora con quienes tienen el poder, muestra respeto a los ancianos, bondad a los jóvenes, amor a los co-hermanos y afecto a los niños; se muestra en Cristo el servidor libre de todos". Este predicador, que en sus Sermones se revela ante todo como pastor, nos ofrece también una sólida enseñanza no sólo útil como fuente histórica de la liturgia (sermones eortológicos, panegíricos de los santos, sacados de la solemne bendición de las aguas en la vigilia pascual), sino también como documento de la cultura en general, en una Rávena considerada como puente entre el imperio romano de Oriente y el de Occidente. Su insistencia en el primado romano y su lírico entusiasmo mariológico, procedente la teología del Verbo encarnado, así como el moralismo profundamente humano, pueden justificar el título, que le dio A. Olivar, de "doctor del amor paterno de Dios".
 

 

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