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26 de Julio
SAN JOAQUÍN Y SANTA ANA, padres de la Virgen María



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de los padres de la virgen María es celebrada el día de la muerte de santa Ana, que coincide con la dedicación de su basílica en Constantinopla (ca. 550); en Occidente tal fiesta se ha difundido desde el siglo XIII al amparo de las cruzadas, pero en el misal romano aparece sólo en 1584. La fiesta de san Joaquín fue introducida en Occidente sólo en 1522; la unión en una fiesta única de los abuelos de Jesús, los "justos" Joaquín y Ana, primero en la fecha del 20 de marzo y luego en fechas diversas, se encuentra ya en las liturgias franciscanas y ahora ha sido adoptada en 1969. Las noticias sobre los padres de la Virgen sólo nos han sido transmitidas mediante el apócrifo "Protoevangelio de Santiago", del siglo II, donde se narra el milagroso nacimiento de María de padres estériles; el ángel advierte a Joaquín, tras cuarenta días de ayuno en el desierto, que su oración ha sido escuchada, mientras Ana le espera en la Puerta dorada de Jerusalén. Ana es venerada en Canadá con una imponente basílica en Baupré, cerca de Québec.
2. Mensaje y actualidad
Las oraciones de la misa provienen del misa parisiense y subrayan dos temas, que reaparecen luego también en los demás textos litúrgicos.
a) Ante todo se invoca en la "colecta": "Dios de nuestros padres, tú concediste a san Joaquín y a santa Ana la gracia de traer a este mundo a la madre de tu Hijo". Y en la "oración sobre las ofrendas" le pedimos "nos haga partícipes de aquella bendición que prometió a Abrahán y a su descendencia". Es la continuidad del designo salvífico, que llega desde Abrahán, a través de las generaciones de los padres, hasta los progenitores "justos", según la expresión del Antiguo Testamento, y por ende también al mismo Jesús. Si Dios es gratuitamente fiel a la hora de mantener sus promesas hasta la elección de los penúltimos progenitores en la cadena de las sucesiones generacionales, también nosotros podemos gozar de los bienes de la salvación eterna, y sobre todo de aquella bendición de Abrahán que la antífona de entrada llama "bendición de todos los pueblos". En Oriente, el calendario bizantino celebra la memoria de ambos progenitores el día 9 de septiembre, porque recurre a la costumbre de felicitar a los padres por el nacimiento de su criatura (María, 8 de septiembre). En efecto, Ana pudo exultar como el profeta (Is 54) con la ciudad visitada por Dios. Por eso el himno de las laudes canta la alegría de Ana como "raíz del árbol que brota el renuevo fecundo que nos ha dado a Cristo"; el himno de vísperas celebra asimismo a Joaquín, a quien "ha traído la larga serie de los antepasados reales como prole de Abrahán y David".
b) Pero además del tema de la bendición de Abrahán, que atraviesa los siglos y revela una elección preordinada por Dios en el pueblo elegido, hay un dato aún más universal, que pone de relieve la "oración después de la comunión". "Tú has querido, Señor, que tu Hijo unigénito naciera de los hombres". Con la elección del pueblo elegido como catapultados a toda la humanidad, de la que Cristo forma parte indisolublemente, revelándonos la gran condescendencia divina hacia el género humano, solidaria en la naturaleza con el Hijo eterno del Padre. Cuando Dios bendice, es siempre a favor del hombre, término de este designio eterno. Así actualiza este tema el sermón de san Juan Damasceno en el oficio de lectura: "¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engredasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón".
 

Prefacio

Nosotros te ensalzamos en la gozosa memoria
de san Joaquín y santa Ana,
adorando el amoroso designo con que tu misericordia
ejecutó la redención del género humano.
Tú elegiste con predilección singular
a un pueblo para que fuese tuyo
y estableciste con él desde los tiempos antiguos
una estrecha alianza,
figura de aquella otra, nueva y perfecta,
ofrecida a todos los pueblos de la tierra.
Y cuando llegó la plenitud de los tiempos
diste a los cónyuges que hoy veneramos
una hija purísima y santa,
la virgen María,
que por tu gracia engendraría
al Salvador para la humanidad perdida.

 

 

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