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23 de Julio
SANTA BRÍGIDA, religiosa
(1303-1373)
1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria facultativa de santa Brígida (Birgitta), muerta el 23 de julio de
1373 en Roma, canonizada en 1391 e inscrita en el calendario romano en 1623,
nos presenta la singular experiencia de una escandinava que vivió muchos
años en la corte real, y al mismo tiempo de la primera fundadora de una
orden característica, estructurada en base a los monasterios dobles con
hombres y mujeres residentes en edificios separados, pero con una iglesia
única.
Birgitta, nacida junto a Uppsala (Finstad) en 1303, de un príncipe de Suecia
y de una descendiente del rey de los godos, fue desposada a los catorce años
con el noble Ulf Gudmarsson, de quien tuvo ocho hijos y entre ellos, santa
Catalina, Karin. Fundó con él un hospital, adonde iba a servir a los
enfermos con sus propias manos, fiel a su espíritu de terciaria franciscana.
Después de la peregrinación a Santiago de Compostela junto con su marido,
permaneció viuda (el marido se había retirado en 1344, antes de su muerte, a
la abadía cisterciense de Alvastra, donde tenía a un hijo monje); y así pudo
dedicarse al nuevo género de vida de contemplación en una dependencia de la
abadía de Alvastra en Fonde, en Vadstena.
Con la ayuda del rey Magnus II Erikson de Suecia, en cuya corte había sido
dama de honor, fundó la Orden de San Salvador, compuesta por ochenta y cinco
personas correspondientes al número de los doce apóstoles, de los setenta y
dos discípulos y del apóstol Pablo. Esta comunidad comprendía tanto mujeres
(sesenta monjas) como hombres (trece monjes sacerdotes, cuatro diáconos y
subdiáconos, representantes de los cuatro primeros Padres de la Iglesia) y
ocho hermanos laicos. Su "Regula Salvatoris" (recibida por revelación) fue
aprobada por Urbano V en 1370 tras muchas correcciones sobre la pobreza
común del monasterio; mientras que la probación definitiva con el doble
monasterio (el masculino no era independiente del femenino) sólo se produjo
en 1378, después de su muerte, cuando era abadesa su hija Catalina.
Habiéndose trasladado a Roma, donde participó en el jubileo de 1350,
transcurrió aquí los otros veinticuatro años de su vida monástica en el
palacio Farnese, muriendo a la edad de setenta y un años, tendida sobre una
dura mesa, en la casa que ahora está ocupada por la iglesia de Santa Brígida
en la Plaza Farnese. Más tarde su cuerpo fue llevado al monasterio de
Vadstena en Suecia.
2. Mensaje y actualidad
La "colecta" de la misa, modificada para no autentificar la totalidad de sus
"Revelaciones" recopiladas sin orden lógico ni cronológico por sus
confesores, configura la espiritualidad de esta "princesa", que vivió
durante veinticinco años en el estado matrimonial y como madre ejemplar, con
una frase que subraya cómo "Dios le manifestó la sabiduría de la cruz
mientras meditaba la pasión de su Hijo". En efecto, el recuerdo de la pasión
del Señor fue impreso también por ella en las cinco llamas rojas del velo
monástico, para recordar las llagas del crucificado.
Entre las "Revelaciones" en ocho libros, más un noveno de "revelaciones
extravagantes", escritas primero en sueco, traducidas luego al latín y
divididas en cuatro ciclos (sueco, 1344-1349; romano 1350-1363; ciclo de las
peregrinaciones a distintos santuarios italianos, 1364-1370; ciclo de la
peregrinación a Tierra Santa, 1372-1373), se lee, en el oficio de lectura,
una oración donde se trasluce todo su amor al crucificado ("Amor meus
crucifixus est", era su lema) y donde el estilo es de tipo litúrgico-bíblico
("Bendito seas, Señor"). Esta mujer singular, que les parecía a los romanos,
azotados por las luchas entre familias nobles y por las revoluciones del
pueblo, severa y exigente, hasta el punto de ser denominada la "bruja
nórdica", tenía la humildad de ir a mendigar a las puertas de las iglesias,
mortificando así su orgullo.
También las revelaciones que recibió Brígida en los lugares de Tierra Santa
que visitó en 1372, especialmente sobre el nacimiento y la pasión del Señor,
han tenido cierta influencia sobre la representación de estos misterios. La
Iglesia no ha supeditado nunca la fe de sus fieles a las revelaciones
privadas de sus hijos. Pero cualquiera que sea el juicio sobre las
influencias exteriores y sobre el contenido de estas revelaciones de
carácter espiritual, y sobre todo intelectual, ellas reflejan la fuerte
personalidad de una santa que por su carácter dinámico y práctico supo unir
la contemplación con la acción, y, por su devoción afectiva a la pasión de
Cristo y a la Virgen (ella se identificaba con María hablando de los
sufrimientos del hijo), sintió la influencia de san Bernardo. Se puede decir
que su severidad y perseverancia en el mensaje de una "reforma de la cabeza
y de los miembros" de la Iglesia no pueden atribuirse más que a una
inspiración divina. Por su especial misión romana fue denominada por Cristo
"trompeta sonora" y por el Papa "fistula mea"; en efecto, Gregorio XI
volverá a Roma después de su muerte en 1377; y una revelación suya ya había
delineado gráficamente la ciudad leonina del Vaticano, que dejaba de ser el
"Patriarchium Lateranense".
La "mensajera del gran Señor", como ella se consideraba, es también hoy para
nosotros un estímulo para que este mensaje sea llevado al mundo con idéntica
coherencia y alegría. Y el fruto que se pide en la intercesión de la colecta
es el de gozar. Aunque pasemos por pruebas espirituales parecidas a las que
le acompañaron antes de la manifestación definitiva de su Señor, tengamos la
certeza, a la espera, de la manifestación del Señor resucitado. Como ella,
que fue ratificada en una última revelación, antes de morir, sobre la
conformidad de su misión a la voluntad divina, podemos aprender a esperar
pese a todos los fracasos.
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