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22 de Julio
SANTA MARÍA MAGDALENA
(siglo X)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de santa María Magdalena, la "mirófora", ya era celebrada en esta fecha en el siglo X, en Constantinopla, en el monasterio de San Lázaro, donde se creía habían sido depositadas sus reliquias, en el año 899, provenientes de Éfeso donde la Magdalena había vivido con Juan. Desde el siglo XI la fiesta se difundió en Roma y Occidente, hasta que en el siglo XIII el misal de Letrán aceptó la leyenda que reunía en la única persona de María de Magdala tanto a María de Betania (celebrada en la liturgia griega el 18 de marzo) como a la pecadora anónima (en el rito bizantino, el 31 de marzo) que, según Lc 8,2, fue librada de siete demonios, es decir, de una grave enfermedad, antes de ponerse al servicio de Jesús. Se ha hablado de un fermento magdalénico del siglo XI, como lo atestigua la abadía de Vezelay (1050); en 1279 se creyó encontrar sus reliquias en St-Maximin (Provenza), según la Vida Apostólica. Existe también una Vida eremítica del siglo IX, que identifica el eremitorio adonde se habría retirado durante treinta años, identificado con la Sainte-Baume (en Provenza en 1173).


2. Mensaje y actualidad
a) Todos los textos de la liturgia eucarística y de las horas con ocho antífonas, diversos responsorios y dos nuevos himnos, se refieren a la Magdalena a la que el Hijo de Dios "confió, antes a que a nadie, ... la misión de anunciar a los suyos la alegría pascual", como dice el texto de la "colecta". María, pues, recibe esta fe como un don del resucitado y la debe llevar a los "hermanos" (este título aparece sólo aquí, en el evangelio de Juan), que asumen una nueva configuración de hijos del Padre, ejercitando así una tarea verdaderamente apostólica: "He visto al Señor" (el verbo griego "orao" indica una visión de experiencia). Esta mujer, que es la primera que ve al resucitado, se convierte en símbolo de todos los creyentes, llamados a ser testigos y apóstoles del viviente, como se expresa la intercesión de la colecta: "anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos".
b) En la "oración sobre las ofrendas" y en la "oración después de la comunión" se subraya otro aspecto: María Magdalena es aquella que busca: "cuya ofrenda de amor aceptó con tanta misericordia tu Hijo Jesucristo" y "aquel amor que le impulsó a entregarse por siempre a Cristo". Estas disposiciones denotan, en el ciclo narrativo del evangelio de Jn 20, el camino de una fe difícil, que anda buscando. En efecto, aún era de noche cuando ella se dirigió, corriendo al sepulcro; lloraba porque el sepulcro estaba vacío; hizo una petición entrañable y crucial al Señor, que le respondió apareciéndosele, como dice san Gregorio Magno en el oficio de lectura: "Al momento lo llama ´Rabboni´, es decir ´Maestro´, ya que el mismo a quien ella buscaba exteriormente era el que interiormente la instruía para que lo buscase". En efecto, María había sido curada de su grave enfermedad (siete demonios) y se había puesto al servicio de Jesús con tal felicidad que ocupa el primer lugar en la lista de las mujeres que acompañan a Jesús (Lc 8,2; Mc 15,47; Mt 27,56) y representa junto a la cruz al pueblo de la nueva alianza (Mc 15,40). Aunque la Iglesia griega haya venerado siempre a tres Marías distintas y la nueva liturgia tienda a aceptar esta distinción (la pecadora de Lc 7 hace la unción en circunstancias diversas que la hermana de Lázaro), el himno de las laudes en el oficio alude a María de Betania, que unge los pies del Señor (Jn 12,1-7), como a la María que está al pie de la cruz y que es la primera que ve al resucitado; mientras que en el himno de las vísperas se refiere a la pecadora (Lc 8,2), liberada de los demonios, y a la María que, en Betania, escucha sentada a los pies de Jesús (Lc 10,38-42).
Por tanto, la distinción entre las tres Marías, que parece corresponder mejor a los datos de la tradición bíblica (la Magdalena no es nombrada jamás junto a la María de Betania), permite focalizar mejor el mensaje de la primera anunciadora del kerigma pascual, que es lo esencial del evangelio mismo. El testimonio de la Magdalena al resucitado sigue valiendo para nosotros, que aún no hemos entendido las Escrituras (Jn 20,9).
 

Prefacio

Tú le encendiste en el corazón
el fuego de un inmenso amor a Cristo,
que le había devuelto la libertad del espíritu,
y le infundiste el valor de seguirlo fielmente hasta el Calvario.
Incluso tras la muerte de cruz
buscó a su maestro con tanta pasión,
que mereció encontrar al Señor resucitado
y ser la primera que anunciara a los apóstoles
la alegría de la pascua.
 

 

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