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15 de Julio
SAN BUANAVENTURA, obispo y doctor de la Iglesia
(1217-1274)



1. Nota Histórico-litúrgica
La memoria obligatoria de san Buenaventura, muerto entre los Menores de Lyon el 15 de julio de 1274, a los cincuenta y tres años, y canonizado en 1482, celebra al franciscano que fue proclamado "doctor seráfico" en 1588. Buenaventura, que tenía como nombre de familia Fidanza y varios nombres de bautismo, pero así se le llamaba. Se cuenta que san Francisco, al verlo acercarse, exclamó: "Oh, ¡buena ventura!". Nació en Bagnorea, un suburbio de Bagnoregio, junto a Viterbo, en 1218. Entrado en la Orden franciscana, entre otras cosas para cumplir un voto de su madre, que lo recuperó curado tras una enfermedad, por intervención de san Francisco, fue enviado a París para estudiar filosofía y teología, convirtiéndose él mismo en maestro, después de haber sido discípulo de Alejandro de Hales, el doctor irrefragable, comentando el "Libro de las sentencias" en 1253.
La Orden franciscana, que contaba tras cincuenta años ya con unos veinte mil miembros, encontró en Buenaventura a un organizador iluminado, que la preservó tanto de los excesos de los hermanos relajados como de los excesos de los hermanos celosos. Fue nombrado general de los Menores a los treinta y seis años, de 1257 a 1274, convirtiéndose en una especie de segundo fundador de la Orden y promulgando las constituciones de la misma en el capítulo de Narbona en 1260. Después de haber renunciado al arzobispado de York, que le ofrecía Clemente IV, hubo de aceptar el cardenalato y el arzobispado de Albano de Gregorio X, que él había contribuido a hacer elegir en el cónclave, entre otras cosas para preparar el concilio de Lyón en orden a la unión de los griegos, que tuvo la alegría de conmemorar en la iglesia de Lyón el 28 de junio de 1274. A diecisiete días de distancia de la unión, murió asistido por el mismo papa.


2. Mensaje y actualidad
La nueva "colecta" traza el perfil de este contemplativo, que fue también hombre de acción, con dos frases significativas: "Dios todopoderoso, concede a cuantos hoy celebramos la fiesta de tu obispo... la gracia de aprovechar su admirable doctrina e imitar los ejemplos de su ardiente caridad". La doctrina de este teólogo ecléctico y muy conciliador, cuyo lema era: "Soli Deo honor et gloria", ha de ponerse en el contexto de aquel siglo XIII, grande e inquieta para la Iglesia, en el que bullía la contraposición a la doctrina aristotélica, rehabilitada por santo Tomás de Aquino; es decir, a la teología fundada en la racionalidad, además de en la fe, en nombre del espíritu agustiniano, el que Buanaventura prefería. En su obra maestra mística, meditada en el Alverna: "Itinerarium mentis in Deum", donde la pedagogía del amor se apoya en la filosofía y en la teología después de seis grados creaturales para llegar a Dios, declara que "para el paso de las criaturas a Dios la naturaleza nada puede y la ciencia muy poco, ya que hay que dar poco espacio al trabajo de la inteligencia y mucho a la unción, poco a la lengua y mucho a la alegría interior, poco a la palabra y a los libros y todo al don de Dios, es decir, al Espíritu Santo; poco o nada a las criaturas y todo al Creador, Padre, Hijo y Espíritu Santo".
En el fragmento de esta obra maestra mística que se lee en el oficio se siente arder el seráfico ardor que inspira la sabiduría mística sacada de la meditación de la humanidad de Cristo y de su pasión; como aparece en la respuesta dada al anciano hermano Gil: "Es indudable que una pobre viejecilla puede amar mejor a Dios que un doctor en teología. También las demás obras buenaventurianas: "El árbol de la vida", "Le cinque feste del bambino Gesù", que constituyeron las delicias de la Edad Media, están inspiradas en esta doctrina excelsa, donde el deseo está puesto por encima de la inteligencia. Su "Apología de los pobres" está escrita en 1269, en París, para luchar contra aquellos que impugnaban el ideal franciscano en el curso de las controversias sobre la perfección evangélica. Sus "Conferencias sobre el Hexamerón" fueron pronunciadas en París, en 1273, contra el averroísmo latino, que erigía la filosofía en disciplina independiente de la Sagrada Escritura.
Algunos han observado que el modo de vivir de Buenaventura no fue siempre conforme con el espíritu de san Francisco, cuya vida oficial escribió en la "Leyenda maior"; en ella no hace mención del "Testamento" del santo, y realizó cortes en los relatos de los primeros testigos como Tomás de Celano y los tres compañeros: León, Ángel y Rufino; además, las constituciones, promulgadas en 1260, están inspiradas indirectamente en la "Regla" de san Francisco. Pero todo esto confirma el juicio sobre Buenaventura como mediador: fue ardor de llama en sus obras, pero conciliador en la solución entre los espirituales y los franciscanos de la segunda oleada, por el hecho de autorizar, contra la prohibición de san Francisco, la aceptación de dinero; es decir, "usar las cosas indispensables en la medida indispensable". Pero tal mediación no era contraria al espíritu del fundador, ya que Buenaventura afirmó los derechos de la gracia sobre el racionalismo, como leemos en el texto presentado por el oficio de lectura: para que este paso del saber a la fe sea total es necesario que al cumplirlo se eliminen todas las operaciones intelectuales. Pese a ser administrador, por su empeño en anteponer lo espiritual a lo material, Alejandro d´Hales llegó a decir que "no tenía pecado original".
 

 

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